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Edición 1966

08/Mar/2007
 
 
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Lo que el Verano Se Llevó

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Tal como algunas personas, el único signo de vida de los erizos son sus espinas. No miran ni escuchan, yacen en el fondo del mar a la espera que alguien los pise para hincarlos en correspondencia, preguntándose por qué la vida es así.

El domingo un erizo atravesó la bota de neoprene. O, al revés, el domingo la bota de neoprene aplastó un erizo. Una de sus púas se clavó en el pie izquierdo como último acto de honorabilidad. El honor de un clavo venido a menos. El mar registraba una de las pocas crecidas de este verano, ya liberado del contraproducente viento norte aunque manteniendo el tono cargado y tibio propio del aguaje. Mejor un mar así, erizos y aguas turbias ahuyentan a los asquientos. Los que orinan en las piscinas y lo niegan.

El erizo tiene púas como mecanismo de defensa. No son retráctiles, pero sí pueden variar su ángulo de ataque según la conveniencia de docilidad. Esta debe ser mínima, pues los erizos no son muy populares como mascotas domésticas. Algunas de sus púas inoculan un veneno que si bien discreto produce al menos un cosquilleo inoportuno. El resto de ellas son armas menores, gestos punzocortantes. Tras años de alimentarse de basura el erizo limeño debe inyectar una sustancia de toxicidad experimental, mutante. Posiblemente produzca cierta dispersión sensorial. El domingo el mar estaba grande y tenía que concentrarme en las olas. Pero la púa clavada llevaba a pensar en cosas que ya no estaban ahí ni en ninguna otra parte.

En la motito matchbox de metal. No era más grande que un fósforo y yacía estacionada en la cumbre de una endeble fortaleza de arena en la playa de Villa. La minuciosidad de la juguetería inglesa la había dotado de un parador en perfecto estado de funcionamiento. Minúscula y majestuosa, lucía sus carburadores inexistentes frente al Océano Pacífico. Eso bastó para que el mar de Villa, con su habitual hostilidad, la desapareciera de un solo espumón.

No se veía pero sabía que la moto estaba ahí entre la arena mojada. Era un niño y empecé a buscarla con desesperación, ignorando que la pérdida se alimenta de quien se aferra a ella. Al rato resultó obvio que mientras mayor fuera el esfuerzo por encontrarla más rotunda sería su desaparición en la arena. Solo quedó despedirla. No hacer nada es a veces la mejor manera de hacer las cosas.

En la mamá de Brian F. Además de facilitar la estrecha familiarización con el idioma, educarse en un colegio inglés permite acceder a uno de los tesoros más preciados de la cultura británica: La excentricidad inglesa. La mamá de Brian F. nos llevaba a la playa en un Volkswagen escarabajo organizado hasta para los olores. El hueco detrás del asiento trasero que fungía de maletera albergara aromas a hot dog cobijado por papel platina, a pan Pyc con mantequilla y jamón de bodega aún húmedo. El límite entre el asiento delantero estaba demarcado por un intenso y agradable aroma a Coppertone combinado con el olor a eficiencia del panel de instrumentos del VW alemán. Este campo aromático era indesligable del exquisito acento británico de la Sra F. , que conversaba sin cesar con su copilota, una mujer a la que el tiempo ha extraviado la cara. La playa no era escenario para la excentricidad de la Sra F. Esta se manifestaba al regresar a la ciudad, una casa en la Javier Prado cerca al cruce con Salaverry. Con absoluta naturalidad y sin dejar de hablar ni oler a Coppertone, la Sra F. llenaba una tina conforme se iba quitando el bikini como quien se saca un curita. Luego se metía a la tina ante el desinterés de su hijo que jugaba con la motito de metal de su amigo, mientras este último quedaba absorto en explorar visualmente las partes del cuerpo femenino habitualmente prohibidas a la vista. El agua dulce las limpiaba de culpa. Ya no era la mamá de nadie. Era un souvenir. Una sirena inglesa. Piel mojada que olía a mar y se lo había llevado de recuerdo.

En Asia cuando no había casas ni gente blanca. Solo especies marinas de verdad, incluidas en estas los pescadores, curtidos, sonrientes y silenciosos. El horizonte de arena era eterno y los dominios del mar una fuente de relatos fantásticos protagonizados por el tío Augusto, un Neptuno familiar. Mantarrayas voladoras habían sobrevolado intimidatoriamente el Zodiak del tío Augusto. Pulpos superdotados se habían aferrado con sus ocho brazos a las hélices del motor Evinrude. Un pelotón de lenguados habíanse ubicado bajo la cubierta e intentado volcarlo con un aletazo sincronizado. El mundo marino tenía una confrontación permanente aunque leal con el tío Augusto. Los niños satélites en torno a este universo acuático, ajenos a la protección solar por principio, nos calcinábamos bajo el sol ensayando disparos de arpón ante muy muys sin escapatoria. Pero la confrontación real estaba signada por severas reglas y códigos de comportamiento indispensables para poder reclamarle un hijo al mar. (v.g., el cazador siempre ha de ser más humilde que su presa.) En reconocimiento a esto el mar hacía de sus derrotas una felicidad compartida: chita a la sal, cebiche de machas, pulpito a la parrilla. Todo en la arena, con arena, compartiendo comida y color de piel con los pescadores, aprendiendo a sonreír sin hablar por el puro gusto de ver caer el sol.

A los que conocimos esa playa antes de ser lo que es ahora solo nos queda pedirle disculpas. Por tanto electrodoméstico. Por tanta sandez. Por Asia.

El mar seguía movido y las imágenes se arremolinaban en la cabeza: el lobo de mar atrapado en una red que salía a llorar durante el último fenómeno del Niño, los OSNIS1 de la Gramita un año nuevo, una moto surcando la vetusta carretera de Vichayito tratando de ganarle al sunset sabiendo de la derrota con feliz resignación. La imágenes desaparecieron cuando la púa se hundió en el pie, quebrándose dentro, al pararme sobre la tabla. Bicho nefasto. A fin de cuentas se trataba solo de recuerdos desordenados.

En realidad quienes mejor dan cuenta del verano son los niños, el cuerpo de las mujeres y los erizos que lo sobreviven.

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1 Objetos Submarinos No Identificados.

 


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