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08/Mar/2007
 
 
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Fronteriza

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Obra de Nicole Franchy en Vértice.

La segunda muestra de Vértice es una colectiva que por diversas razones –me temo que no deliberadas– resulta modélica para revisar las funciones del curador dentro del proceso de producción y distribución artística. La mayoría de los invitados son respetables, por lo menos el 80% de lo presentado tiene un alto nivel y la desatinada inclusión de obras que no debieron presentarse no llega a opacar a las demás. ¿Entonces, por qué falla FRONTERAS, habiendo podido ser simplemente una refrescante y nada petulante colectiva de verano? Precisamente por plantear una actividad con parámetros que no ha logrado alcanzar. Para explicarlo sólo hay un diagnóstico posible: narcisismo curatorial.

¿Tiene remedio el problema? Por supuesto. Prescripciones infalibles: 1.- Eliminar al curador. 2.- En caso de no poder descartarlo, hacerlo que al menos LEA un par de libros fundamentales sobre sus responsabilidades y limitaciones. Medicina 1.- FOCI: ENTREVISTA A 10 CURADORES INTERNACIONALES. Medicina 2.- VADEMECUM PARA UN CURADOR. De nada.

Acotación final: Me merecen infinito respeto aquellas galerías, que como Vértice, apuestan por lo nuevo y arriesgan. Que haya un resbalón en sus inicios no impide que tenga un resto de año espléndido. Es preferible asumir el riesgo y quedarse en la frontera del no-lugar, como ha ocurrido ahora, que seguir la corriente de esquizofrénica modorra de esas galerías que durante todo el año su factotum tiene la mente puesta en Asia mientras trabaja para Lima. Así no vale.

Por eso, esta muestra fallida por enfoques curatoriales, me permite admirar más aún la línea marcada por Charo Wenzel para su galería. Necesitamos más vértices en este espacio.

Imprescindible

El año anterior en el Museo de la Nación se presentó la muestra de mayores dimensiones que alguna vez hayamos visto sobre arte contemporáneo del Perú. Allí se abarcaba nuestra producción artística de 1980 a 2006 y constituía una valiosísima recopilación, no sólo de las artes visuales, sino también de la música y de la arquitectura.

Si bien hubo algunas opiniones discrepantes, entre las que no se incluye la mía, fue el primer intento de hacer, de manera muy orgánica, un recuento absolutamente coherente de las raíces de nuestra contemporaneidad, una especie de antecedente de ese museo de arte contemporáneo que algún día, confío, llegaremos a tener.

En esta tarea trabajaron Jorge Villacorta acompañado por Augusto del Valle y alguno de los curadores jóvenes más talentosos y mejor dotados que me haya tocado ver en todos estos años: Sharon Lerner y Miguel López acompañados por Paulo Dam y Luis Alvarado, cuya juventud, no me cabe la menor duda, ha permitido esa enorme apertura a todas y cada una de estas manifestaciones posibles en el campo del arte.

Unos seis meses después se edita un catálogo que constituye la mejor publicación sobre el arte peruano de nuestros días. Es en realidad un libro cuyo contenido es infinitamente superior a lo que nos acostumbran algunas instituciones encargadas de hacer libros para exhibir sobre la mesa. En cambio este es un libro para leer y releer, consultar, enseñar y aprender, y por cierto para ver.

Los seis capítulos que contienen sobre Signos de historia y representaciones culturales; Identidades globales, Lugares, No-lugares; Imaginarios en tránsito; De la materia a la memoria; Cuerpos políticos y poética del territorio, constituyen los mejores ensayos que haya leído desde que Mirko Lauer publicara su libro sobre la Historia del Arte Peruano.

El libro se acompaña de tres CD sobre música en Urbe y arte, siguiendo una tendencia internacional inaugurada por Diego Otero en “La grabadora”. Es un trabajo brillante, que cuenta con el diseño de Arturo Higa, a quien considero el más creativo editor de nuestro medio. La conjunción de talentos ha dado como resultado un libro indispensable para conocer mejor lo que hemos sido capaces de hacer y lo que tenemos pendientes de hacer después.

 


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