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Derechos Humanos Desde España Karen Llantoy cuenta el trance por el que pasó.

Aborto Terapéutico:
‘Nunca Derramé Tantas Lágrimas’ (VER)

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“Al cabo de un año decidí irme a vivir con mi padre y empezar de nuevo en un lugar en donde nadie me conocía”.

CARETAS narró la semana pasada el caso de Karen Llantoy (22), a quien el Estado se negó a practicarle un aborto terapéutico cuando era menor de edad, a pesar que el feto era anencefálico (carencia de cerebro y cráneo) y se sabía que moriría poco después del parto. El Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas recomendó al Perú indemnizarla y una serie de medidas para corregir el daño. Hoy, un documento recién aprobado podría cambiar para siempre la faz del aborto terapéutico en el país.

Karen Llantoy decidió despercudirse de las iniciales que la identificaban en la edición anterior de esta revista. A través de sus abogadas del Estudio Para la Defensa y los Derechos de la Mujer, DEMUS, comunicó su disposición para hablar de este caso sucedido hace cinco años. Llantoy se vio obligada por el Estado a continuar con el embarazo y dar a luz una niña anencefálica que amamantó y murió a los cuatro días. Las consonantes llegan hasta hoy y son tan emblemáticas como para merecer reacción de Naciones Unidas, el Consejo Nacional de Derechos Humanos, el Ministerio de Justicia, el Colegio Médico del Perú y las asociaciones que velan por los derechos de las mujeres. Pero toda esa espiral desemboca en el punto de partida: la historia de una jovencita.

–¿No pensó en algún momento en someterse a un aborto clandestino?
–Claro que sí, pero yo era muy joven y sentía que eso no era lo correcto. Además tenía mucho miedo de hacerlo de esa manera. Si mi bebé hubiese venido en buenas condiciones ni siquiera hubiese pensado en esa posibilidad, pero por desgracia no era así. Pensar en el aborto clandestino me hacia sentir muy culpable.

–¿Cuáles fueron los daños psicológicos que le produjo este episodio, antes y después del parto?
–Tuve muchos trastornos psicológicos. Fue la etapa en la que más lágrimas derramé. Tenia muchas interrogantes sin respuestas y sobre todo siempre tuve ese sentimiento de culpa que hasta hoy no puedo quitármelo de encima.

–El primer informe del Centro de Derechos Reproductivos menciona que el embarazo sí ponía bajo riesgo su vida. ¿De qué manera?
–Yo llevaba una bebé y no sabía hasta cuando iba a vivir. Siempre tenía que estar al tanto de sus movimientos dentro de mí. Pero en realidad creo que el mayor riesgo era la parte psicológica. No sentía ganas de vivir y mis días eran absolutamente nublados en todo aspecto. No sé como he logrado salir de todo eso. Me alegro de que sea así.

–¿Cómo es que el doctor Ygor Pérez recomienda en primera instancia un legrado uterino y luego el director del hospital lo niega? ¿Eso quiere decir que nunca antes se había presentado un caso de esas características?
–Pues supongo que no. Porque el doctor Pérez me recomendó el legrado con la seguridad de que era lo correcto y el mismo día que me lo iban a hacer llegó el informe con la negativa del director del hospital.

–¿El personal médico que se negaba a autorizar el aborto le ofreció en algún momento una solución alternativa?
–No. La única solución que me daban era esperar al término del embarazo.

–¿Cómo se decidió a denunciar el caso?
–En la desesperación de no saber qué hacer, con la incertidumbre de desconocer lo que podía ocurrir, y por recomendaciones de personas cercanas a mí, decidí hacerlo público con la esperanza de que alguien me ayudara a resolver la situación con el hospital.

–¿Cuándo optó por salir del país?
–Después del parto pasé muchos meses en estado de depresión, luchando contra ello y cayendo una y otra vez más. Al cabo de un año decidí irme a vivir con mi padre y empezar de nuevo en un lugar en donde nadie me conocía. (E.CH.)

 


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