miércoles 17 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 1964

22/Feb/2007
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre NacionalVER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Acceso libre CulturaVER
Acceso libre CineVER
Acceso libre Ojo al CineVER
Acceso libre PublicacionesVER
Acceso libre ConcursosVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Salud y BienestarVER
Sólo para usuarios suscritos Tecno Vida
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Sólo para usuarios suscritos José B. Adolph
Sólo para usuarios suscritos Cherman
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Ojo al Cine “El Laberinto Del Fauno” o la sublevación infantil ante la guerra.

Los Cuentos Sádicos

1964-ojo-al-cine-1-c.jpg

Seria candidata al Oscar a Mejor Película Extranjera.

Algunos afirman que Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo Del Toro, los directores mexicanos que dan la hora, forman una oleada. Sólo son coincidencias tangenciales. En el tema, se parecen. Iñárritu se ancla en el presente, Cuarón salta al futuro, y Del Toro ajusta cuentas con el pasado. Los tres punzan sobre la esquizofrenia ideológica, pero difieren en tratamiento visual. En “Babel”, Iñárritu convierte lo importante en embuste técnicamente inflamado, y si de insania globalizada se trata, mejor apuntar a Asia, a cineastas como Jia Zhang-Ke o Hong Sang-Soo. En “Niños Del Hombre”, Cuarón hace lo contrario y Kubrick hubiera aplaudido de pie: lo importante pasa a ser sapiencia fílmica, con planos secuencias bélicos en los que tangibilidad humana y efectos digitales se acoplan hasta lo imposible en un mundo incapaz de procrear. Encima, conserva el tenor british y se ríe dentro de la debacle. Del Toro, en “El Laberinto Del Fauno”, no llega a esos picos, pero es el que más se despega del realismo y tuerce un cuento de hadas en metáfora de guerra, urgido por preservar la nobleza de la burbuja infantil.

Más que baluarte de lo fantástico, “El Laberinto Del Fauno” es españolísima. Ambientada en el franquismo, la niña Ofelia (Ivana Baquero) viaja con su madre encinta a una residencia rural al encuentro de su padrastro, un militar fascista que combate a los maquis resistentes. El desahogo de Ofelia será su imaginación, que la contactará con el milenario fauno del título.

Españolísima porque “El Laberinto Del Fauno” es el lado B de “El Espíritu de la Colmena”, el clásico de Víctor Erice protagonizado por Ana Torrent. Los ojos de la niña Baquero, al igual que Torrent, resaltan sin inquietarse, y esa falsa impermeabilidad esconde una ebullición estática ante un entorno incomprensible, o acaso sea la vorágine fantasiosa desesperada por hallar una salida.

Españolísima porque Torrent, además, protagonizó “Cría Cuervos” de Carlos Saura, y Baquero, a semejanza de ella, contempla cómo el útero y la sangre materna conforman el último bastión de un orden en disolución bajo dictadura. La carnicería del capitán Vidal (Sergi López) superará cualquier laberinto alucinado por Ofelia.

Y españolísima porque amplifica los bosquejos de “El Espinazo Del Diablo”, la anterior cinta ibérica dirigida por Del Toro que transcurre en la Guerra Civil. No hay industria fílmica hispanohablante con tanta producción fantástica como la española. Del Toro se la juega por el género, se sabe autor, aunque esa impronta haga extrañar el desparpajo de “Blade 2” o “Hellboy”, sus incursiones en Hollywood.

En efecto, abundan los guiños en el filme. Hadas y monstruos configuran un horizonte ya trazado. Pero Del Toro lo renueva a punta de climas tenebrosos, sin que se resientan las alegorías políticas. Y lo renueva porque, sobre todo, confía en el poder de la infancia. (J. Tsang)

Llantos Africanos

1964-ojo-al-cine-2-c.jpg
Academicismo
exagerado de “El Último Rey de Escocia”.

Una vez más, la trampa de “basada en hechos reales”, aunque en los créditos figure que el guión es adaptado. “El Último Rey de Escocia” narra la alianza entre el dictador de Uganda, Idi Amin, y un joven médico escocés con menos calle que Bruno Pinasco. La barbarie acecha, el exotismo también, entonces los insumos dramáticos están a flor de piel. En la primera mitad del metraje no ocurre nada odioso, la narración es un tour sobre convencionalismos seguros, y los valores de producción (escenarios, vestuario, extras) indican cuánta plata tiene Hollywood. Pasada la hora, la reincidencia comienza a mostrarse penosa: suceden infidelidades cantadas (el médico le pone los ‘cachos’ a Amin con una de sus esposas), el complot político deriva en ginecología, y el lenguaje fílmico pasa a la sobredimensión: los primeros planos machacan, la banda sonora satura, y el montaje se atropella. La actuación del gran Forest Whitaker (principal candidato al Oscar a Mejor Actor) como el dictador obedece al manual de la Academia: desplegar los recursos de dentro para fuera, cual mono con metralleta. A ver su mejor actuación en “Ghost Dog”, de Jim Jarmusch.

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista