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Recuerdos de El Frontón

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La nota sobre El Frontón de Caretas 1963, la semana pasada, me llevó a recordar tanto aquel reportaje de hace 25 años como otro, cinco años después: el del motín, la batalla y la matanza. Cuando pienso en ambos reportajes, lo que emerge, antes que rostros, es la imagen del Pabellón Azul, aquel edificio tornado en símbolo sangriento que el Estado construyó, perdió y destruyó.

En octubre de 1982, cuando visité El Frontón, se sabía muy poco sobre Sendero, pese a que ya había matado mucho y sufrido no pocas muertes también. Los senderistas ya habían tomado la prisión de Ayacucho y liberado cruentamente a sus presos; Edith Lagos había muerto en una carretera apurimeña, y su entierro había movilizado a una multitud en Ayacucho bajo las banderas rojas y los símbolos senderistas. Abimael Guzmán no era todavía “el presidente Gonzalo” para el senderismo sino “el camarada Gonzalo”, un hermano mayor orwelliano pero aún no divinizado; y sus lucubraciones dentro de la escolástica leninista y maoísta no eran llamadas todavía el “Pensamiento Gonzalo” sino “el pensamiento-guía del camarada Gonzalo”. En la tradición del stalinismo y el maoísmo, se ascendía al culto de la personalidad a través de un escalafón que envidiaría la burocracia más formalista.

Excepto diversas áreas en Ayacucho, Sendero no provocaba todavía el terror que suscitó años después. Parecía actuar del otro lado de la cordura. Por eso, al navegar aquella mañana de 1982 a la isla, acompañados por empleados del Inpe, algunos guardias republicanos y taciturnos abogados de senderistas, esperaba tener la oportunidad de ver de cerca y, de ser posible, entrevistar a los senderistas detenidos. Las circunstancias hicieron posible eso y más.

En el patio del Pabellón Azul, al escuchar las consignas senderistas, sus cantos, el rígido protocolo de su agitación, tuve claro de que ahí había una disciplina fanática, un integrismo excluyente y violento que iba a llevar, como llevó a tantos peruanos, a cruzar “el río de sangre” senderista. Decenas de comarcas asoladas por la guerra habrían de encarnar –y desangrar– esa metáfora con desgarros e intensidades que Lima, aún hoy, ni siquiera imagina.

En 1982, Sendero ya controlaba el Pabellón Azul, aunque todavía no las áreas adyacentes que después hizo suyas. Los presos comunes y los senderistas arrepentidos, purgados o caídos en desgracia, como Luis Kawata, se agrupaban en “El Chaparral”, al otro lado de los edificios administrativos. Más allá del Pabellón Azul estaban las celdas de “Playa 1” donde compartían espacio senderistas militantes con presos políticos que nada tenían que ver con ellos, como Pastor Anaya.

¿Eran senderistas convencidos y fanáticos todos los internos del Pabellón Azul? Mi impresión es que no. Actuaban como tales, sí, por el rígido control y vigilancia de los comisarios. Pero, pese a eso, más de uno se acercó para musitar un pedido por su caso personal, a contrapelo de la desafiante actitud de sus jefes. Eran combatientes cautivos, una de las categorías más antiguas en la historia militar, sin esperanza de salir, a menos que se abriera una puerta inteligente, que no se abrió sino luego de muchos años después.

En la circunstancia de esos años, sin embargo, la distinción entre terroristas convencidos e involuntarios, era ociosa. Porque si algo no cesa de sorprender es la esquizofrénica incompetencia del Estado entonces para hacer frente a la amenaza senderista. Sin claridad en el diagnóstico y menos en el entendimiento, los gobiernos de la década del 80 fluctuaron entre los ciegos ramalazos represivos en el campo (que solo en Ayacucho produjeron más muertes en dos años, 83 y 84, que todas las que sufrió, por ejemplo, Chile bajo la dictadura de Pinochet) con una virtual abdicación del control de prisiones, que pasaron a ser unas virtuales bases de apoyo con cerco perimétrico.

En esas condiciones me tocó cubrir el motín de los penales en junio de 1986. Yo acababa de retornar de una beca que me tuvo un año fuera del país, pero la sección a la que volví ya era muy experimentada y treja. José González Manrique, Laura Puertas y los fotógrafos que trabajaban con nosotros tenían fuentes, conocimiento, intuición y reflejos, de manera que logramos cubrir lo fundamental de la acción mientras ésta ocurría, pese al cerco informativo militar. Así, logramos entrevistar al rehén sobreviviente de Lurigancho apenas llegó, conmocionado por el horror, a su casa. Ahí supimos de la aniquilación de todos los senderistas (menos uno, que se ocultó y logró sobrevivir) rendidos y tuvimos claro, como todos en Caretas, el deber de revelar la matanza.

Lo de El Frontón fue diferente. En el motín simultáneo de los senderistas en las prisiones donde estaban recluidos, el Pabellón Azul era su ciudadela, en la que podían y estaban dispuestos a atrincherarse y resistir, bajo la premisa de que una dura resistencia les iba a dar una victoria política aunque fueran finalmente doblegados.

En perspectiva, el gobierno aprista tuvo el derecho de utilizar la fuerza para doblegar a un enemigo amotinado, con rehenes, armado y bien parapetado en el Pabellón que había convertido en reducto gracias a la blandura previa de ese mismo gobierno y el anterior. Pero el hecho es que la decisión en sí fue apresurada, exaltada y sin la supervisión precisa sobre las Fuerzas Armadas, entonces mucho menos sometidas al poder civil que ahora. Para los “duros” de las FF.AA., que venían de ensangrentar Ayacucho y otras áreas con una estrategia tanto ciega como brutal, sofocar el motín representó una oportunidad. Sus servicios de “inteligencia” creían entonces que el mando senderista estaba en las prisiones y que su aniquilación representaba la aniquilación del movimiento. Por eso pasó lo de Lurigancho.

En El Frontón, la resistencia senderista y el propio desarrollo del combate le dieron un jaez claramente diferente a lo de Lurigancho. Como escribí entonces: “Después de 24 horas de lucha, el saldo: Tres marinos y un rehén muertos, y media docena de efectivos heridos de bala. Entre los reclusos: 138 muertos, decenas de ellos bajo los escombros. 30 sobrevivientes.

Aquí, aunque enormemente desproporcionado, sí hubo enfrentamiento. Pero, ante la pavorosa cantidad de muertes, queda por lo menos claro que, entre las alternativas de acción abiertas en ese momento, se eligió la más cruenta. El número de muertos fue el resultado”.

A veces, las órdenes obedecidas pueden tener peores consecuencias que los rezos escuchados. Ese fue el caso con un gobierno inexperto que sobrerreaccionó luego de largos meses de subreaccionar. Hubo, sin embargo, una batalla en la que el Estado tuvo, como queda dicho el derecho de emplear la fuerza hasta sofocar el motín.

Pero lo que queda por dilucidar judicialmente es otro asunto: las ejecuciones producidas cuando el enemigo ya estaba sometido y rendido. Aquello es combate y esto, asesinato. Esa es toda la diferencia.

 


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