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11/Ene/2007
 
 
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La muerta de Saddam Hussein fue también el fin de las barreras éticas de los mass media.

La TV en La Horca

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Más allá de su significado político (nueva demostración de brutalidad de la desvirtuada invasión norteamericana a Irak), la muerte de Saddam Hussein, snuff video grabado en celular y propalado mundialmente en Internet, ha servido para que TV y prensa escrita constaten lo obsoleto de sus manuales de ética (los que los usen) y vuelvan con sorpresa a aquello que en las clases universitarias llaman deontología. O mejor, ¿qué valor tiene la “seriedad” asumida como restricción antisensacionalista en épocas en las que el individuo on line, recientemente canonizado por ‘Time’ como “hombre del año”, sacia domésticamente su apetito sin preguntarse mucho nada (luego, a un click de distancia, cabalga en el mar la Cicarelli)?

Los conservadores que intenten una respuesta compasiva dirán que, propalando las imágenes de la ejecución del tirano, la prensa asume una posición respecto a la administración Bush (y ese malhadado compinche que aniquiló a la izquierda británica apellidado Blair).

Los liberales, como Richard Woodward de ‘The Wall Street Journal’, aseguran que es mejor ir acostumbrándose a vivir “sin límites visuales”, en lo que el influyente diario inglés ‘The Guardian’ ha dado en llamar “el fin del control editorial”.

En Perú pasó algo parecido respecto al hijo de Alan García, asunto que, a pesar de ser aireado por César Hildebrandt en ‘La Primera’, no fue tratado por los medios de comunicación masiva hasta que los blogs se encargaron de darle un tratamiento que, por intenso y desorbitado, resultaba inocultable al ciudadano. La prensa escrita y la audiovisual han pasado a ser así dependientes del libertinaje bloguero para poder justificar sus intromisiones en temas espinosos sobre los cuales, por flojera, cinismo o conveniencia, no se dan el trabajo de reflexionar. Basta entonces que las bitácoras en la web, que no responden al modelo de responsabilidad social pues no son periodismo –aunque eventualmente usurpen sus funciones–, den el pistoletazo de inicio para que su existencia sea el descargo que se trae abajo cualquier refrenamiento ético.

Penosamente, esta coartada es también su derrota: nada más impropio para un medio periodístico que tener que renunciar a la primicia y aceptar un lugar de altoparlante de lo que otros dicen.

La TV, entonces, deberá asumir el fin de la primacía que asumió por décadas. Y el periodismo deberá replantearse respecto al periodismo ciudadano, los blogs, y todos aquellos fenómenos que ponen en cuestión sus obsoletas reglas de juego (los medios de comunicación no se excluyen, se complementan).

El ahorcamiento de Hussein ha sido apenas el último tirón de un proceso largo y rastreable (uno de los primeros hitos fue el informe Starr, en el caso Clinton-Lewinsky) en el que la conectividad es lo que define al hombre moderno. El cambio es radical: ya no importa tanto (la ilusión de) estar informado, sino (la ilusión de) estar conectado.

¿Son éstas buenas noticias? No necesariamente, al menos de cara a lo que a periodismo respecta. (A lo que no, el cambio es apenas una ironía: Wilde se burlaba de la moral victoriana jugando con la doble vida de un hombre en ‘La Importancia de Llamarse Ernesto’; ahora, con el Chat, los blogs y ‘Second Life’, quien no lleva una doble vida es poco menos que un idiota). La verdadera paradoja es que Internet no parece haber democratizado la información realmente; y tampoco ha popularizado la generación y consumo de contenidos originales. Estudios del Dr. Chris Paterson, de la Universidad de Leeds, determinan que “las viejas fuentes de información mediática continúan siendo los privilegiados relatores de la mayoría de noticias que circulan en el mundo”. Lo asegura porque su estudio ha detectado que cuando alguien busca una noticia con un ‘agregador’ (el tipo de software con el que funcionan Google News y demás), el 85% de los resultados referirá o tendrá como sustento principal un cable de Reuters o AP, las centenarias agencias de noticias.

Conclusión: estamos más conectados, somos más audaces y menos responsables; pero rutinariamente consumimos cada vez más lo mismo. (Jerónimo Pimentel)

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