martes 16 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 1958

11/Ene/2007
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre EditorialVER
Acceso libre EducaciónVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Salud y BienestarVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Sólo para usuarios suscritos José B. Adolph
Sólo para usuarios suscritos Cherman
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Olor a Colusión

1958-gorriti-1-c.jpg
Es un olor que transita con apuro hacia el hedor. La actual campaña del gobierno de García para culpar al gobierno anterior por las consecuencias de una masacre perpetrada por el fujimorato, no tiene otro fin que la colusión con éste. Ese contubernio es, aparte de indigno, un insulto a los apristas que en su momento lucharon con valor contra la dictadura como parte de la oposición democrática.

Los ecos recíprocos entre García y el fujimorismo se reiteran en forma que excede largamente la coincidencia. Da la impresión que hubiera una ósmosis apenas solapada entre la dictadura de anteayer y el gobernante que, según tristemente parece, aprendió a través de la persecución a admirar a sus perseguidores.

Ya he parado de contar las veces en las que los portavoces fujimoristas, sobre todo Keiko Fujimori (persona, quiero decirlo, cordial y agradable pero que no puede eludir el karma filial), intervienen para respaldar iniciativas de García. Quizá la que exprese mejor los ecos y efectos de esa metamorfosis política sea Lourdes Alcorta (ya sé que no es formalmente fujimorista, pero hace que hasta Martha Chávez parezca moderada) quien, en su característico estilo hiperventilado y devastador de gramáticas, le escribe a García: “Posiciones claras y firmes, y todos detrás de usted”. El paso de ganso es, por ahora, opcional.

Ya La República ha recordado con precisión que el Apra –representada por Jorge del Castillo– estuvo entre los partidos de la oposición democrática que se opusieron en forma tajante al retiro de la competencia de la Corte Interamericana por parte de la dictadura de Fujimori y Montesinos en 1999. Y Fernando Rospigliosi ha analizado en Perú.21 las razones que llevaron a Montesinos y Fujimori a ordenar la matanza de Castro Castro en mayo de 1992: justificar el golpe de estado y la nueva dictadura.

“A muchos nos indigna” escribe Rospigliosi “que el Estado tenga que pagar indemnizaciones a familiares de criminales terroristas. Pero ese hecho no debe hacer olvidar que si hemos llegado a esa situación, es por exclusiva responsabilidad de quienes ordenaron y realizaron una matanza: Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.

Eso es lo que pretende ocultar la gritería de quienes ahora claman contra la CIDH y, a la vez, intentan reivindicar subrepticiamente a los cabecillas del corrupto y nefasto gobierno de la década pasada”.

Pero en lugar de responsabilizar a la dictadura cleptócrata, el gobierno de García utiliza la burda retórica del montesinato para echarle la culpa al gobierno de Toledo (y de refilón al de Paniagua) por haber devuelto el país al ámbito de los tratados y la protección internacional de los derechos humanos. Si de algo hay que acusar más bien a Toledo es por no haber sido lo suficientemente severo en la investigación, juzgamiento y castigo de la dictadura y sus cómplices.

Pero todo eso ya ha sido dicho y demostrado, a veces hasta la saciedad y otras hasta la náusea.

Lo que, en cambio, no ha sido rebatido con la claridad y contundencia necesaria es el argumento implícito de que para derrotar al senderismo hubo que considerar las torturas, los asesinatos y las matanzas como necesidades de la guerra. Y que, por ende, denunciar esos hechos e intentar llevar a la justicia a sus perpetradores significa apuñalar por la espalda a quienes combatieron y derrotaron al brutal enemigo senderista.

Esa es la principal falacia y finalmente el peor insulto a la inmensa mayoría de las víctimas de la guerra interna. Bajo ese concepto, Martin Rivas y su grupo Colina terminarían siendo los héroes preteridos de la lucha contra el senderismo en lugar de los documentados asesinos de víctimas indefensas que sabemos son.

Cuando una democracia se defiende de una insurrección fanática, totalitaria, su mejor arma es la legitimidad democrática. El británico Robert Thompson, uno de los mejores contrainsurgentes del siglo pasado, lo escribió con claridad. El segundo de sus cinco principios de contrainsurgencia sostiene que “el gobierno debe funcionar de acuerdo a la ley”.

“Funcionar de acuerdo con la ley” añadió Thompson en su famoso libro sobre cómo derrotar las insurrecciones comunistas (Defeating Communist Insurgency), “es un precio pequeño a pagar por la ventaja de ser gobierno (…) un gobierno que no actúa de acuerdo a la ley renuncia a su derecho de ser considerado como tal”.

Renunciar a la legitimidad es automutilarse. “Si el gobierno no adhiere a la ley”, escribió Thompson, “… fracasa en cumplir su obligación contractual con el pueblo (…) Bajo tales circunstancias, hay tan poca diferencia entre los dos lados que no existe ninguna razón especial para que el pueblo apoye a su gobierno”.

Por eso, concluyó Thompson en un párrafo totalmente pertinente a lo que se discute hoy, la decisión de aplicar la ley “pone la tortura y la ejecución de terroristas capturados en el lugar que les corresponde: por más grande que haya sido la provocación, ambos son crímenes, y el último es asesinato”.

En el Perú, la guerra se ganó cuando ciertos grupos aplicaron los principios de Thompson. El GEIN de la PIP, la unidad dirigida por Benedicto Jiménez y Marco Miyashiro, cuyas hazañas fueron el factor decisivo para vencer al senderismo, no mató ni torturó y, en toda su espectacular campaña, solo disparó dos veces, una de ellas por accidente. Y el GEIN fue para el Perú en la guerra contra Sendero lo que la RAF para Inglaterra en la guerra contra los nazis.

Los líderes populares que enfrentaron a Sendero, los jefes militares (como el legendario capitán “Amador” en Sivia) que supieron hacerse querer por los pueblos que defendieron, aplicaron, a veces por intuición, otras por conocimiento, los principios que Thompson enunció tan lúcidamente. Ellos ayudaron a ganar la guerra. Los torturadores, asesinos y a veces también ladrones, estuvieron a punto de hacerla perder.

Quienes produjeron al grupo Colina y a la corrupción sin límites de la que ahora intenta zafarse Fujimori, (el mismo que dijera en su momento que “pongo las dos manos al fuego por el doctor Montesinos”), son quienes tienen que responder por las consecuencias de lo que perpetraron en Canto Grande.

Entre tanto, mecernos con campañas estúpidas, hacer ver que en lo de la CIDH se juega la dignidad o la seguridad del país; y promover por eso una acusación constitucional contra un presidente, Toledo, que no fue ni mucho menos lo que debió ser, pero que en comparación está resultando mejor de lo que tenemos ahora, parece orientarse solo hacia un fin: la colusión con el fujimorismo a través del gobierno de la viveza, la criollada, o, para utilizar en su significado peruano la palabra que usó el nuevo amigo venezolano de García, la pendejada.

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente

Artículos relacionados:
Caricatura de Investigación (Caretas 2315)
La Guerra Jubilada (Caretas 2314)
Periodistas de a Pie (Caretas 2313)
De la Cárcel al Pentagonito (Caretas 2312)
Daño Colateral (Caretas 2311)
El Almirante Invisible (Caretas 2310)
Avionetas en el VRAEM (Caretas 2309)
Cuestión de Toxinas (Caretas 2308)
El General Giap (Caretas 2307)
En la Rotonda de Columbia (Caretas 2306)
Grandes Reportajes (Caretas 2305)
Pavlov y el Control Remoto (Caretas 2304)
No se Exige Nada, se Espera Todo (Caretas 2303)
El Fallo de Velásquez (Caretas 2302)
Defensa de la Megacomisión (Caretas 2301)
Armas Legales, Normas Kafkianas (Caretas 2300)
Julio Arbizu y Alejandro Toledo (Caretas 2299)
¿Es Tan Difícil Pensar con Claridad? (Caretas 2298)
Los Actores y sus Historias (Caretas 2297)
La Acción y sus Actores (Caretas 2296)
¿Campesinos o Narcosinos? (Caretas 2295)
Cutralibros (Caretas 2294)
Límites de lo Pragmático (Caretas 2293)
Entre el Macartismo y los Narcovuelos (Caretas 2292)
Personalidades Constitucionales (Caretas 2291)
Atestados y Coartadas (Caretas 2290)
Las Tajantes Estridencias (Caretas 2288)
Los Superagentes del ‘Parque del Amor’ (Caretas 2287)
Prehistoria de un Espía (Caretas 1986)
El Problema del Centro (Caretas 1985)
La Extradición en Peligro (Caretas 1984)
¿Cobarde, Valiente o Todo lo Contrario? (Caretas 1983)
El Año Incierto de García (Caretas 1982)
La Computadora y la Libreta (Caretas 1981)
Camisea ¿Cómo Sea? (Caretas 1980)
Identikit del Gorila (Caretas 1979)
Periodistas y Espías (Caretas 1978)
Cachito y el tío Eduardo (Caretas 1977)
La Guerrilla Poshistórica (Caretas 1976)
¿Un Futuro Privatizado? (Caretas 1975)
Tenet y el Submarino (Caretas 1974)
Sucedió en Durango (Caretas 1973)
El Ministro que Debe Salir (Caretas 1972)
El Buzo y los Topos (Caretas 1971)
La Defensa del Tonto (Caretas 1970)
Corazón del Cielo (Caretas 1969)
No Enfrenta sino Infiltra (Caretas 1968)
Doblemente Informado (Caretas 1967)
El Fin de los Medios (Caretas 1966)
Estridencias y Calumnias (Caretas 1965)
Recuerdos de El Frontón (Caretas 1964)
Plutócratas y Petrócratas (Caretas 1963)
Alan, Allan, el Debate y el Secreto (Caretas 1962)
Caviares y Conchas (Caretas 1961)
Historias de Haití (Caretas 1960)
La Petroizquierda de Hugo Chávez (Caretas 1959)
Búsqueda | Mensaje | Revista