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28/Dic/2006
 
 
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Con final de suspenso, la premiación del Cuento de las Mil Palabras arrancó con literario discurso de Raúl Vargas aquí reproducido.

Mascarada Literaria

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Galardonados Carlos Luque, Luis Torres en representación de su hijo Miguel Ángel, Elsa Vértiz, Giancarlo Cappello, Jorge Harten, Manuel Cornejo y Santiago Merino. En cuclillas, Renato Pita y Augusto Effio.

Se descubrió el misterio. Con final de suspenso, la premiación del Cuento de las Mil Palabras convocó el pasado miércoles a los emocionados finalistas del concurso en el restaurante Al Grano, donde Raúl Vargas fungió de maestro de ceremonias, ofreciendo un motivador discurso que bien vale la pena reproducir aquí. A la celebración de la vigésima segunda edición de esta fiesta literaria organizada por CARETAS asistieron, entre otros, Constantino Carvallo, destacado director de Los Reyes Rojos, figuras del mundo literario como los escritores Oswaldo Reynoso, Nicolás Yerovi y José Adolph, y la editora general de Santillana, Mercedes González, al igual que destacados periodistas como Mirko Lauer, ilustre miembro del jurado.
En medio de una reunión bien “rociada” y con notario de por medio, los ganadores Miguel Ángel Torres Vitolas (representado por su padre), Giancarlo Cappello y Santiago Merino, recibieron sus respectivos cheques por la nada despreciable suma de dos mil, mil y quinientos dólares. ¡Salud!

Sólo el hecho de haberme convertido en un hablantín –a diario mil palabras sin cuento– puede explicar el que inicie este circunloquio dedicado a premiar la palabra, en este concurso de mil cuentos de mil palabras; el viejo vicio que aproxima al periodismo con la literatura, y a ambos, con la cotidiana pelea del hombre y la maraña selvática, indomable, de las palabras.

Con la persistencia y terquedad que caracterizan a Enrique Zileri, el tentador concurso del Cuento de las Mil Palabras ha cumplido ya 22 años y han desfilado por él los más desiguales y pugnaces luchadores, forzudos y tembleques, sedientos de gloria o tímidos en extremo, dando buena señal de que en el Perú la vocación por la palabra es, al fin de cuentas, una tarea de salvataje, redención, sostén y malabar de vidas y conciencias.

Sea que hablemos de griegos o latinos (“¿Qué dicho se te han ido del cerco de los dientes?”, pregunta siempre Homero; “res non verba” exclama el realismo práctico y casi comercial de los latinos, aunque no debiéramos olvidar esa condena expresada por Horacio: “la palabra dicha no se recoge”), sea que pensemos en cristianos o árabes (“De toda palabra ociosa darán cuenta en el Juicio Final”, exclama vaticinante San Mateo, y el árabe Rachid Eddin sentencia para siempre “el hombre está oculto bajo su palabra”), sea que busquemos en poetas malditos o autores teatrales (“palabras, palabras, palabras”, Shakespeare, o “¿Y si después de tanta palabra, no sobrevive la palabra?”, de César Vallejo), siempre encontraremos el estremecimiento del hombre frente al mundo y la mediación salvadora de la palabra. No son los sentidos, es la palabra la que le da al hombre la posibilidad de conocer, avizorar y crear nuevos horizontes que lo hagan olvidar su triste finitud y su animal limitación.

No puedo sustraerme a la tentación de mirar a dos escritores radicalmente literarios, como es el caso de Sartre y Borges, que cegatones y de una extrema debilidad frente al mundo exterior sólo encuentran en la palabra y en el texto consuelo y vuelo para trascender su pequeñez y llegar a la cima del placer y la creación. Sartre empieza su feroz biografía con un tomo al que tituló, precisamente, “las palabras”, donde explica que no le quedaba otro consuelo en su infancia zaragatera y triste que refugiarse en inventar cuentos –chicos, grandes, feroces, tristes, bobos, nobles–, en copiar descaradamente autores, cambiando nombres y fechas, en hacer trizas de las cosas y los hechos por el imperio solitario y omnisciente de la palabra.

Borges es aún más metafísico, pero su homenaje mayor para un escritor es llamarlo, como lo hace con Shakespeare y con Quevedo, “más que un hombre es una compleja y dilatada literatura”.

En síntesis y para finalizar, el hombre es humano gracias a la palabra. Se funda –fundamenta– en la palabra y puede con razón decir a lo Arquímedes: dadme una palabra y crearé un mundo. A los nuevos y a los persistentes autores de esta última versión mítica y mágica de las mil palabras (no es lo mismo mil que dos mil, quizás por la influencia de las mil y una noches) suerte y concordia en el azaroso confín de forjar mundos en y con palabras, humanísima cuestión como lo recordara César Vallejo: Quiero decir muchísimo y me atollo/ no hay cifra hablada que no sea suma,/ no hay pirámide escrita sin cogollo”. (Raúl Vargas)

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