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30/Nov/2006
 
 
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Literatura Nicolás Yerovi se burla de sí mismo en nuevo libro mientras se prepara para escuchar absurda sentencia.

Robos y Monadas

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Nicolás Yerovi en pose de angelito. “El humor hace patente, de la forma más agradable, todo lo desagradable. Y es garantía de salud mental”.

A estas alturas de la vida, la carcajada estentórea de Nicolás Yerovi ya suena a símbolo. De la convicción de que la historia del Perú ha sido y seguirá siendo escrita en clave de tragicomedia; de que, por lo tanto, la única alternativa es reírse, no por resignación, sino para evitar volverse loco –de ahí que los extremistas y fundamentalistas no tengan sentido del humor, dice él–. En concordancia con tal pensamiento, y mostrando su mejor sonrisa frente a una feroz y dilatada persecución penal que está por convertirlo en reo contumaz, Yerovi, 55 años, risueño novelista, poeta, periodista, dramaturgo, creativo publicitario y eximio ejecutante del tubófono parafínico cromático (instrumento musical que quien escribe no puede siquiera imaginar) ha terminado un nuevo libro: ‘El Perú de Yerovi’ (Planeta, 2006), que trata exactamente lo que dice el título. Es una interpretación de la peruanidad desde su propia vida, o una doble tragicomedia, para usar términos más cercanos al autor. Él se ríe nomás.

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“Lo que le ha pasado al Perú ha sido registrado por ‘Monos y Monadas’ desde que mi abuelo Leonidas N. Yerovi la fundara, en 1905, y por mi padre Leonidas Yerovi en su programa radial (‘Yo Soy el Público’, irreverente clásico), que se mantuvo al aire durante 30 años. Y digamos que yo tomé la posta en 1976 al refundar ‘Monos’”. Cuando Nicolás habla de registro, se refiere a esa manera desgarradoramente divertida de abordar la problemática nacional, patentada y puesta en práctica por el abuelo Yerovi con gran éxito –‘Monos y Monadas’ tuvo 111 números mientras que ‘Amauta’ llegó a 16 y ‘Colónida’ no pasó de la quinta entrega– y continuada por su padre en la prensa escrita y radial.

“Lo que a mí me interesaba era la poesía. La poesía y las muchachas, lo demás no existía, ni siquiera el país, a mí qué me importaba. Pero ya en la universidad comprendí que el país también existía. Entonces empecé a apreciar la colección de ‘Monos’ que mi padre me había enseñado cuando yo era niño”. Tenía 24 años cuando decidió seguir con la tradición. “Morales Bermúdez quería volver a la democracia y estaba autorizando diversas publicaciones. Toño Cisneros y yo nos pusimos de acuerdo en que para reflejar lo que estaba sucediendo no podía haber nada mejor que una revista satírica, porque esto era de risa”. Tomaban sol en Punta Negra cuando decidieron que lo más conveniente sería refundar ‘Monos y Monadas’, “porque para una revista nueva tardaría más el trámite que para una que ya tenía historia”. El trámite corto duró exactamente 608 días, y cuando al fin hubo licencia, los descuentos de mantenimiento del banco habían dejado la cuenta de la naciente empresa con saldo negativo (más risas). La reaparición de ‘Monos’, en el 78, fue una bomba. El primer y segundo número se agotaron, y ahí nomás entró Silva Ruete, severo y en blanco y negro, a anunciar el primer paquete económico de la historia del Perú, que incluía la clausura de las revistas independientes. Por segunda vez en su cortísima resurrección ‘Monos’ volvió a quebrar. Así empezó su insensata historia bajo el mando del nuevo Yerovi, tan insensata que durante el primer gobierno de Alan, con la inflación por los cielos y el terrorismo, la revista anunció que se iba a volver semanario y encima bajaba de precio. “Era parte de la demencia”, se excusa Nicolás.

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De todas las historias absurdas que conforman ‘El Perú de Yerovi’ (y la vida de Yerovi), la última, la que para él no es más que “la constatación de la tragicomedia”, es una que todavía no termina. Y es también la más significativa, porque delata la seriedad y compromiso que siempre se ha ocultado entre tanta carcajada. En 1999, Nicolás Yerovi y Editorial Peisa denunciaron a Alberto Álvarez Calderón por el plagio de la novela ‘Más Allá del Aroma’ ante Indecopi. El plagiario reconoció su falta y se comprometió a “no publicar ni comercializar” la obra, quedando solo por discutir el monto de indemnización que tenía que pagar a las partes afectadas, como consta en acta firmada. Pero quince días después, Indecopi cambió la figura y convirtió a Nicolás Yerovi, que por entonces ejercía con pasión su rol de incomodísimo burlón opuesto al régimen fujimontesinista, en plagiario y a Álvarez Calderón en plagiado, prohibiéndole al verdadero autor publicar su novela y dando inicio a un calvario judicial que no ha estado exento de amenazas y atropellos, incluido el embargo de sus cuentas bancarias (“me voltearon la tortilla en una típica jugada abyecta del pelón que ahora está en la Base Naval macerando su seborrea”). Lo increíble es que, caída la dictadura, el proceso ha seguido por vía penal, y el humorista acaba de recibir una citación para escuchar su sentencia este 22 de diciembre, bajo amenaza de emitirse orden de captura en su contra si es que no se presenta. La jueza Sonia Salvador Ludeña, de la Tercera Sala de la Corte Superior y quien tendrá la última palabra, ha explicado a los abogados de Yerovi que para ella “existen elementos a tener en cuenta”. Sí, Nicolás. Es tragicómico.

“Ocho años de persecución ya me han quitado el humor. Es demasiado tiempo”, dice él. Y se le escapa la risa otra vez, a él, el único periodista que miente con franqueza. Así espera Nicolás Yerovi. (Giomar Silva)

 


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