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Edición 1937

10/Ago/2006
 
 
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Por la falta de costumbre, dejé pasar en la edición anterior desear a los lectores el conocido y olvidado: ¡Feliz 28!, que creo que en esta ocasión coincide con las esperanzas de la mayoría de los peruanos. Será ya un poco tarde, pero ahora sí, amigos(as): ¡FELIZ 28!



Cada vez me acerco más a Lima, en donde estaré la próxima semana, así es que tendré que quitar ese “desde Madrid”. Me alegrará regresar, porque creo que el Perú está en franca mejoría.


Me da mucha pena la mezquindad y retaceo con que ha sido despedido Toledo, que al final de cuentas le ha tendido, mal que bien, un puente de plata a Alan García.


Alguna vez escribí sobre el extraordinario comportamiento de los grupos asistenciales de la policía y de salvamento para con los emigrantes que llegaban, y siguen llegando, de África a las costas españolas. Todos los días llegan dos o tres pateras o cayucos, como los llaman ahora, que son botes primitivos de madera en los que se apretujan de ochenta a cien personas, algunas de las cuales mueren en el intento por alcanzar España y a Europa. Pues lo que ocurrió el otro día ha sido absolutamente conmovedor: una de esas precarias embarcaciones arribó, por casualidad porque suelen ir a la deriva, a una playa llena de veraneantes, chicos jugando a la pelota, papás y mamás bañándose en el mar, lindas chicas en mínimos bikinis, tangas o topless, naufragando ante ellos, que en gesto admirable y conmovedor, que dice mucho de la admirable solidaridad y humanidad de los españoles, acudieron todos, dejando su gozo veraniego a ayudar a estos pobres y miserables náufragos, sucios, malolientes, hambrientos y víctimas de hipotermia, por haber pasado la noche entera en esa improvisada embarcación que los había traído a tierra firme. Todos los allí presentes acudieron en su ayuda, cubriéndolos con sus toallas, procurándoles alimentos, auxiliándolos en definitiva, sin importarles su estado menesteroso. Algunos de esos náufragos llegados del África habrán resucitado al contemplar a algunas de las bañistas con mínimos bikinis que los ayudaban, y creído haber llegado al cielo.


La vicepresidenta del gobierno socialista de España, Teresa Fernández de la Vega, acaba de firmar un acuerdo con la Real Academia de la Lengua para encomendarle su apoyo en la redacción correcta, clara y precisa de las leyes que proponga el parlamento español. Esa es una tarea que debería propiciar nuestra ínclita académica Martha Hildebrandt, que creo que alguna vez se ofreció para ayudar a sus colegas a escribir bien las leyes (difícil cometido). Antes que empiecen a dictarlas ahora, deberían obtener el apoyo oficial de la Academia Peruana de la Lengua. Hace falta.


Durante el tiempo en que he estado fuera en el Perú ha surgido el término otorongo, que se aplica con agobiante insistencia, creo, a algunos congresistas. No estoy enterado de su real significado, pero me parece un abuso con los otorongos, que finalmente no han hecho mal a nadie, que se sepa. Hay otras especies de la fauna que se les aplicaría más exactamente, sin necesidad de ofender a los animalitos mencionados.


¿La estupidez será contagiosa? Digo esto porque recién llegada de la Casa Blanca, es decir de despachar con Bush en Washington, la secretaria de estado Condoleezza Rice desplegaba una amplia sonrisa al llegar a Israel en plena crisis. No sé a qué la sonrisa, habiendo tantos muertos de por medio.


Ido Toledo pienso que varios diarios van a tener que cerrar, porque ya no tienen a quién cargarle la tinta. ¿O seguirán atizándole al cholo? Bueno, siempre queda Eliane.


Aún aquellos, como quien esto escribe, que ya no comulgamos más con Fidel, porque 47 años en el poder absoluto son demasiados, no dejamos de reconocer en él a un hombre paradigmático, con estilo propio. El último de los grandes dinosaurios. Ha empobrecido a su país, pero ¡qué bien lo ha hecho!


No conozco comentarista internacional más famoso y desacertado que Andrés Oppenheimer, que hace quince años pronosticó la inminente caída de Fidel. Y digo caída, no fallecimiento, porque esto le ocurre a cualquiera. Hasta a Fidel.


La afición le perdonó inmediatamente a Zinedine Zidane el cabezazo que le pegó a Materazzi. Es que fue un golazo, sorpresivo y contundente. Nada deportivo, pero qué efectivo. Full contact.

 


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