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Fidel y la Mordaza

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Mejore o no mejore esta vez, Fidel Castro se aproxima a la muerte con la certeza de que pocos latinoamericanos proyectarán una sombra como la suya en la historia de su tiempo. Eso no es elogio ni vilipendio sino constatación de la evidencia del efecto seísmico que tuvo Castro sobre cuarenta años de la historia de Latinoamérica y sobre semanas decisivas en la historia del mundo.

Pocas personas también habrán despertado mayor rango de pasiones. Desde el entusiasmo extático en la izquierda joven de Latinoamérica de los años sesenta y setenta hasta el odio puro de las decenas de miles de cubanos que se sintieron robados de su suelo, de su heredad y de su futuro.

Seguirlo o combatirlo hizo nuestra historia. Cuarenta años de guerras internas en América Latina, desde Argentina hasta México; medio millón de muertos, desde campesinos atrapados en la ruta de la guerra hasta poetas atrapados en los sueños que los llevaron a esa ruta. Democracias precarias, que pudieron haber sobrevivido si no hubieran sido despreciadas y atacadas por su intelligentsia, derrocadas luego por dictaduras contrainsurgentes que hicieron una filosofía del asesinato y la cámara de torturas.

El marxista Fidel Castro es la mejor prueba del efecto del líder en la historia. Tanto durante el ímpetu conquistador cuando joven, como en su terco atrincheramiento de viejo, cuando los genes gallegos parecen acercarlo en longevidad, en tozudez, en supervivencia política y agarre firme del poder, a su cuasi paisano Francisco Franco.

Tendemos a admirar al caudillo, y mucho más a aquel que supera la provincia y proyecta su sombra sobre un continente y una era. Pero no deberíamos. Una cosa es admirar al ciudadano que se hace héroe para servir a su pueblo, y otra al caudillo que se sirve de su pueblo aunque sea con intrepidez y cuyo superlativo egoísmo es considerado luego glorioso por quienes no escucharon quejarse a las víctimas.

Lo más probable es que el juicio histórico sobre Fidel Castro no culmine nunca en una sentencia unívoca, aunque es casi seguro –viendo lo que pasó con Lenin, con Mao– que algún tiempo después de muerto su imagen quede marcadamente devaluada. Pero luego, dependiendo del curso de las cosas, surgirán revisionismos en pugna, para revaluar esa imagen o para tratar de consignarla en la infamia definitiva.

Sin embargo, no creo que el juicio sobre Castro se suspenda en ciclos y relativismo. Aún tomando en cuenta el atrincheramiento frente a Estados Unidos, está claro que la represión interna en Cuba fue consistentemente excesiva; que se hizo daño gratuito a mucha gente, por rencor y no por nada que se asemeje a la necesidad. Que gran parte de las víctimas ulteriores fueron antiguos compañeros, y que si la diferencia abierta de opiniones no era permitida, la desilusión y el desengaño eran atacados con saña intimidatoria. Que en la isla del hombre nuevo que se pretendía en los primeros años de la revolución no solo no se permitió libertad de prensa sino ni siquiera libertad de pensamiento. El año 2003, Reporteros Sin Fronteras calificaba a Cuba como la mayor cárcel de periodistas del mundo.

En julio de 2003, yo viajé a Cuba en una misión encubierta del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, su sigla en inglés), para establecer contacto con varios de los familiares de los 28 periodistas encarcelados tres meses antes en una oleada represiva que llevó a la cárcel a más de 75 disidentes.

Hubo que llevar a cabo ese viaje en forma disimulada, porque los intentos inmediatamente anteriores por realizar abiertamente la misión habían terminado en forma expeditiva en el arresto, confiscación de notas y grabaciones y expulsión del país de los comisionados de la solidaridad.

Entré como turista, pasé unos pocos días en Varadero y luego viajé a La Habana, donde después de aprender a moverme por la ciudad, busqué inopinadamente a los familiares de los presos, transmití el mensaje de solidaridad que se me había encargado y me informé con detalle sobre las circunstancias de los presos y sus familias, para transmitirla luego al CPJ y las organizaciones de derechos humanos.

El zarpazo represivo había sido desgarrador. De un solo golpe fue destrozada, por lo menos por un tiempo, la precaria prensa independiente en Cuba. Faxes, computadoras, impresoras fueron confiscadas y exhibidas en el proceso stalinista que se siguió poco después como evidencias criminales.

Quizá lo más extraño en ese proceso –y que indicó hasta dónde estaba dispuesto a llegar el gobierno cubano– fue el hecho de que algunos veteranos periodistas hubieran aparecido en el juicio como testigos para confesar que eran agentes de la Seguridad del Estado castrista. Néstor Baguer, por ejemplo, fue mostrado con orgullo por el canciller cubano en un videotape, en el que declaraba: “Mi nombre es Néstor Baguer. Soy un periodista pero también trabajo para Seguridad del Estado”. Baguer contó que él era en realidad el “agente Octavio” y que lo había sido por más de 40 años, incluso cuando fue presidente de la asociación de prensa independiente. Hubo muchas sorpresas así, muchos agentes que salieron del closet y demostraron cuán penetrado, cuán controlado por los espías del gobierno es cualquier intento de prensa independiente.

Los familiares de los principales periodistas y dirigentes encarcelados eran caso tras caso de conmovedora entereza moral bajo el hostigamiento permanente de un Estado con poderes aplastantes.

Buena parte de ellos había sido antes, y hasta hace no mucho tiempo, partidarios y funcionarios del gobierno de Castro. Lo había sido, por ejemplo, Óscar Espinosa Chepe, preso y gravemente enfermo entonces; y también lo fue su esposa, Miriam Leiva, una de las más decididas y enérgicas familiares (y por eso mismo, acosada). Raúl Rivero, el poeta y periodista también arrestado en la razzia represiva, había sido partidario del gobierno castrista. Pensar con independencia lo había llevado a la prisión.

La campaña internacional tuvo un efecto. Raúl Rivero fue liberado y salió de Cuba con su valiente esposa, Blanca Reyes. Cuando la entrevisté, ella me contó cómo el gobierno de Castro, con crueldad calculada, la había separado de su familia y la había condenado a un alejamiento definitivo de los suyos. En medio de la vigilada Habana, esta mujer a quien no escuché hablar en voz baja en ningún momento, me dio su opinión sobre Fidel Castro: “Solo siento desprecio por ese hombre”, me dijo.

No sé si Raúl Rivero relativiza más su sentimiento o no. La lejanía del exilio no ayuda a hacerlo. Óscar Espinoza recobró también la libertad y lo último que supe es que permanecía en La Habana, con Miriam Leiva, en la dura vida de la disidencia. Todos ellos vivieron en algún momento el sueño de la revolución y se emocionaron con la despedida y el canto a la muerte del Che Guevara. Sintieron que ese sacrificio marcaba el inicio de la ruta hacia la libertad.

Les tomó un tiempo ver y reconocer cómo ese camino hacia la libertad había terminado en la granja de Orwell.

 


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