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03/Ago/2006
 
 
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La verdad sea dicha: pocos gobiernos en el Perú se han inaugurado con tantas expectativas como este último que acaba de asumir Alan García, que afronta su segunda presidencia con un caudal de esperanzas enorme, casi gigante (como él y su ministro de defensa, Allan Wagner, valgan verdades). Incluso, antes de las elecciones, hubo quien lo comparó en ese momento con el segundo periodo de Nicolás de Piérola, aquel que lo puso definitivamente en la historia del Perú. Lamentablemente hay que considerar también que ese cúmulo de esperanzas y la gran cantidad de necesidades hasta hoy irresueltas pueden encaminar muy pronto a una frustración desencadenada de consecuencias imprevisibles. Al acecho, como lobos hambrientos, estarán las eternas fuerzas regresivas de una izquierda que depende de esas frustraciones para seguir con vida.



Por eso me extraña ese titular de un importante diario en el que reclama a García un giro a la izquierda, como si esa fuese la panacea. Miren nomás lo que le sucede a Venezuela, ese riquísimo país petrolero que, según me indican, marcha hacia el desastre por haber dado un giro, digamos que una voltereta, hacia la izquierda.


He visto la lista de los nuevos ministros, incluyendo las del género femenino, y compruebo que el nombrado por García es un gabinete variopinto, por lo que no sé si felicitarlo o preocuparme. La sorpresa del día fue el nombramiento de Allan Wagner Tizón en la cartera de Defensa. ¿Un diplomático en Defensa?, se preguntaron muchos. Pues yo creo que la elección ha sido muy acertada, porque un punto neurálgico de la defensa peruana mira al sur, de donde provienen siempre las suspicacias, que suelen ser estimuladas por los patrioterismos de un lado y del otro. Creo que con un diplomático al frente la defensa estará, si se quiere aceptar la redundancia, mejor defendida.


Al respecto, cabe mencionar lo que leí: la presidenta Michelle Bachelet contó que ella había vivido en Arequipa, en donde su abuela le decía con cariño: Vales un Perú. Bueno, esa frase tan conocida y repetida en el mundo –aquí también en España– habría que resucitarla, porque es el mejor eslogan que alguien pueda haber concebido sobre un país y que parece que el Perú lo hubiera puesto en desuso desde hace años. “Vale un Perú” debería estar impreso en todas las etiquetas y cajas de los productos que nuestro país vende en el mundo entero, desde el pisco a los espárragos, continuando con los textiles, las paltas, las chirimoyas y la gran cantidad de productos que en los últimos años el Perú ha venido colocando en todo el mundo. ¡Qué mejor! Los productores deberían considerar como una obligación, en su propio beneficio, poner ese eslogan en todo lo que venden en el extranjero. Entonces no haría falta poner o aclarar que el pisco es peruano. ¡Gracias, presidenta Bachelet!


Y si los productores no lo hacen, habría que hacerlo obligatorio mediante una ley. Sin ese logotipo, ese eslogan, no se debería exportar nada. En todos los productos, digo, menos en las camisetas que usen los equipos peruanos que jueguen en el exterior, porque si no el eslogan se devaluaría en el primer gol en contra.


Para satisfacción personal, ya lo he contado, en los primeros días de julio volví a París después de una casi larga ausencia. Allí retorné a lugares que he amado y sigo amando, como la Place des Vosges, la más bella de París. Y conocí –yo que estuve casi para la inauguración del Centro Cultural Georges Pompidou, el Beaubourg como también lo llaman, que fue construido por el presidente Jacques Pompidou con el mismo afán de los faraones de perennizarse– al novísimo Musée du Quai Branly, que alberga las viejas colecciones antropológicas del antiguo Museo del Hombre, que es una estructura extraordinaria creada por el célebre arquitecto Jean Nouvel, y que es la última de las creaciones narcisísticas de los presidentes de gobierno francés, esta vez levantada a honra y prez del presidente Jacques Chirac. Es, como todas esas obras producto del afán de grandeur francés, estupenda, y alberga una completísima muestra de las culturas de los países de cultura primitiva, de África y Asia a Oceanía, pasando por las Américas. Pero, en mi corta visita tuve la impresión de que el Perú, que tiene tanto pero tanto que mostrar en lo que a cultura antigua se refiere, está allí mal representado. Es una verdadera lástima, porque el Branly es un museo extraordinario que será visitado por miles y miles de turistas de todo el mundo.


Ya nada parece horrible en el mundo hoy en día. Por eso hay quien se acostumbrará lamentablemente a la destrucción y muerte que impera hoy en el Líbano e Israel. Yo no.

 


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