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Historia Los discursos inaugurales de los Presidentes enseñan hasta qué punto ellos son protagonistas y a veces víctimas de la historia.

Mensajes Con su Historia

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Riva Agüero, 1823: 23 líneas ó 3 minutos.

EL primer Presidente del Perú, José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, tenía 30 años de edad cuando fue designado por el Congreso, el 28 de febrero de 1823, al partir San Martín de estas tierras.

En su mensaje inaugural Riva Agüero dijo: “No nos queda más que elegir entre la muerte y la libertad”. Cinco meses después era destituido y acusado de traidor por haber disuelto el Congreso y elegido entablar turbias negociaciones con los españoles. Simón Bolívar le dirigió, el 4 de setiembre de 1823, una carta en que le decía: “Usted no debe esperar más que maldiciones de América…”.

Parecido destino tocó a nuestro segundo Presidente, José Bernardo de Tagle, marqués de Torre Tagle, que, espantado por el radicalismo de ciertos independentistas, corrió a entregarse como prisionero de los realistas. Murió de escorbuto en el Real Felipe. Cuando asumió la presidencia había dicho: “El cielo es testigo de la sinceridad de mis promesas; el cielo me castigue si falto a ellas”.

Ambos hubieran podido decir lo que Abraham Lincoln expresó en su mensaje presidencial de 1862: “No podemos escapar de la historia (…), no podemos escapar de nosotros mismos”.

Una cosa notable en casi todos los mensajes inaugurales peruanos de la época es su brevedad. El de Riva Agüero tiene 29 líneas. Se puede leer en tres minutos. El de Torre Tagle es aún más parco: once líneas.

El mensaje del presidente provisorio gran Mariscal Agustín Gamarra al Congreso reunido en Huancayo, el 15 de agosto de 1839, está cargado de historia y tumulto. Da cuenta de la disolución de la Confederación Perú-Boliviana debida a una invasión chilena estimulada por peruanos emigrados.

Ramón Castilla era presidente provisional cuando dirigió, el 1 de julio de 1845, su primer mensaje inaugural. El gran guerrero observa allí “que tal vez no se encuentre, en nuestras leyes orgánicas, sino muy pocas adaptables a las necesidades presentes y a las circunstancias constitucionales que el Congreso y el Gobierno han invocado”. Un eco familiar hay en eso.

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La Violencia en la Historia

El mensaje de Ramón Castilla ante la Convención Nacional, el 14 de julio de 1855, es uno de los más trascendentes de toda nuestra historia. En él recuerda que en 1851 dejó la presidencia en busca del “reposo de que harto tiempo estuve privado”. Dice que, en vista de que la nación seguía camino hacia la ruina, ofreció, peinando canas, su colaboración al presidente. Su oferta fue mal interpretada. Se suscitó una insurrección popular en Arequipa, Huancayo, Ica, Huaraz, Moquegua y Puno.

“En esa época”, sigue, “el ex Presidente Echenique se gozaba, feroz, haciendo degollar por centenares a los vecinos de Huaraz y aprisionando a cerca de mil que, encerrados en la fragata Mercedes, fueron sepultados en las aguas de la Roca Negra”.

En medio de lo que puede ser considerada una crónica viva de la guerra contra “la mentira y el robo”, Castilla recuerda que, tras la victoria de Ayacucho, “el 5 de julio fue el día de la justicia, de la libertad y la igualdad para el pobre indio; en ese día fue abolido el tributo”. Señala también el proceso de abolición de la esclavitud de los negros.

En Pocas Palabras

Llama también la atención la parquedad del mensaje inaugural en agosto de 1872 de José Pardo y Lavalle, fundador del Partido Civil, elevado al poder después de una conmoción cruenta en Lima. Son apenas cuatro páginas en las que sólo destaca la promesa de “la República práctica”, “la República de la verdad”.

Mariano Ignacio Prado lee, en su calidad de Presidente constitucional, el 2 de agosto de 1876, un mensaje de tres páginas en que se ensalza: “Sin jactancia os digo que difícilmente encontraréis un hombre con más decisión que yo en la defensa de la patria”. Cuando estalló la guerra con Chile, su decisión fue salir del país.

El general Andrés Avelino Cáceres, el héroe de la Breña, el que con un ejército de indios desarrapados resistió a los chilenos, leyó el 28 de julio de 1886, ya en calidad de Presidente constitucional, un mensaje de apenas página y media.

Piérola da la Sorpresa

Después de la lucha armada exitosa contra el régimen crecientemente dictatorial de Cáceres, segundo período, Nicolás de Piérola, fundador del Partido Demócrata, es elegido a la presidencia el 8 de setiembre de 1895. Su mensaje tiene sólo veinte líneas de extensión y termina con esta frase: “Yo no puedo deciros a vosotros, como a todos los hijos del Perú, sino esta sola palabra: ¡A la obra! Confiando en que en ella cada cual cumplirá con su deber”.

Del mensaje de José Pardo ante el Congreso el 24 de setiembre de 1904 se extrae esta frase típica: “El gobernante que persiga como objetivo de su política la justicia y como procedimiento de su Gobierno la ley, contará con el apoyo de sus conciudadanos”.

También decepciona el mensaje presidencial de Augusto Bernardino Leguía, primer período. Frase de advertencia: “Lo que distingue a la fuerza que crea de la fuerza que destruye es la disciplina”.

Billinghurst: Nace una Época

El presidente Guillermo Billinghurst Angulo, apodado ‘Pan Grande’. marca una nueva etapa en el Perú. Elegido en 1912, se sitúa en los días en que avanza la Revolución Mexicana y se vigoriza la lucha por la jornada de ocho horas.

Es hombre que ha labrado su fortuna con esfuerzo en el salitre del sur, posee además una cultura humanista que le permite traducir a Shakespeare. Además, es ajeno a los círculos del poder tradicional. De allí que en su discurso plantee la cuestión obrera desde el punto de vista de un capitalista moderno. Idea actual es la que exige “la publicidad de los ingresos y egresos fiscales”.

Derribado Billinghurst mediante golpe que encabeza el coronel Oscar R. Benavides, toca un nuevo turno a José Pardo. El eje de su mensaje es “la formación de un Presupuesto sincero”.

Leguía retorna al poder el 24 de setiembre de 1919. Su mensaje inaugural trasunta la atmósfera de cambio creada por rechazo al Partido Civil. Propone una nueva Constitución y la creación de gobiernos regionales. Nadie hubiera adivinado que buscaba perpetuarse en el poder.

En 1930, Leguía es finalmente derrocado y encarcelado por el coronel Luis M. Sánchez Cerro. Después de unas elecciones cargadas de pasión y violencia, en las que apareció la candidatura del joven Haya y de la recién nacida Apra, Sánchez Cerro recibió en 1931 la investidura constitucional. Claves de su texto inaugural son estas palabras: “la seguridad del Estado (está) amenazada por el desarrollo de peligrosas ideas políticas, económicas y sociales”.

Fue esa una época crucial. En 1929 se había producido el crash de la Bolsa de Nueva York, que determinó un colapso en la economía mundial. Las ventas de minerales y otras materias primas del Perú se vinieron abajo. En Lima, recuerdan algunos veteranos sobrevivientes, hasta se buscaba cáscaras de plátano para comerlas.

El historiador Heraclio Bonilla acaba de recordar en su libro ‘La trayectoria del desencanto’ que, al conjuro de la crisis, algunos países de América Latina iniciaron un proyecto de crecimiento hacia adentro por medio de la industria. El Perú, en cambio, persistió con su modelo de exportación de materias primas. En ese trance, Sánchez Cerro se convirtió en defensor del viejo orden y fue cruelmente represivo. Murió asesinado el 30 de abril de 1933.

Época de odio y violencia.

En ese momento asumió la presidencia de la República el ya general Benavides. Su mensaje ante la Asamblea Constituyente fue lacónico. Cuatro de sus 21 líneas fueron: “Mis primeras palabras permitidme que sean para execrar el horroroso crimen que se ha perpetrado hoy en la persona del que fue Presidente de la República, el general Luis Sánchez Cerro”.

La Paz y la Guerra

En 1939 fue elegido presidente Manuel Prado y Ugarteche. Su discurso inaugural, el 8 de diciembre, expresó confianza en la paz en el mundo y en América. Al poco tiempo, sin embargo, se iniciaba la II Guerra Mundial y la contienda entre el Perú y el Ecuador. En su discurso, Prado reafirmó su fe en el panamericanismo. El Perú fue el primer país latinoamericano en romper relaciones con Japón después de Pearl Harbor.

Terminado el conflicto mundial, en el Perú se instaló, estimulado por la victoria de la democracia, un régimen realmente apoyado por la mayoría del pueblo: el presidido por José Luis Bustamante y Rivero. Dijo éste en su mensaje: “La vida de los pueblos no se cuenta por años, sino por siglos; el ritmo de su avance se traduce mejor en el paso menudo y cauteloso que en el salto brillante o audaz”.

Dedicó un párrafo de encomio al Apra, que saliendo de las catacumbas había aportado el caudal mayor para su elección: “El Partido del Pueblo viene a integrar el organismo del Estado con un fuerte bagaje de juventud e iniciativa. Llega a la función pública pleno de emoción social, de dinamismo constructivo y de inquietud renovadora”.

Pero allí estaba el germen de la discordia. El aprismo no se avino al paso menudo. A los tres años, el Perú se debatía en una crisis política, cuya cúspide fue el levantamiento de la marinería aprista en el Callao, el 3 de octubre de 1948. El resultado fue la ilegalización del Apra y, poco después, el golpe de Estado que encabezó el general Manuel Arturo Odría.

El poeta Martín Adán pronunció entonces la frase memorable: “Por fin volvió el Perú a la normalidad”.

En su mensaje a la Nación, el 27 de octubre de 1948, Odría tuvo el cuajo de condenar a Bustamante por una “lenidad inexcusable” que permitió “que se complotara libremente”.

Pasó luego revista a quejas castrenses de este calibre: “El Gobierno del señor Bustamante no ha hecho un solo cuartel”. “Para arreglar los techos del cuartel de Huancané, se ha disminuido el efectivo del batallón N° 21 de 900 a 500 hombres”.

Las cárceles se llenaron no solo de apristas y se sumaron los destierros y hasta los asesinatos.

Democracia Otra Vez

Gracias a movilizaciones y luchas ciudadanas, tanto en Arequipa y Cusco como en Lima, Odría abandonó el poder entre gallos y medianoche en julio de 1956. Manuel Prado volvió a Palacio, gracias a un acuerdo de restablecimiento de la legalidad del Apra. En su mensaje inaugural llamó a mantener la “convivencia en los planos de la ponderación y la cordura”.

Fernando Belaunde Terry ascendió a la primera magistratura en el oleaje de una voluntad renovadora del país. CARETAS 272 registró extensamente los rasgos de un mensaje inaugural singularmente vibrante y apoteósico. Duró alrededor de 45 minutos, y FBT lo pronunció a capella, sin un papel en la mano.

Comenzó prometiendo que “los últimos serán los primeros”, convocó cabildos abiertos en todos los distritos y provincias del país como paso previo a elecciones locales y partió volando al día siguiente como un hermano Ayar hacia Paccarectambo, Cusco. En el camino planteó reivindicaciones como la reforma agraria, la recuperación de La Brea y Pariñas y el impulso del mercado interno.

Después sobrevino el golpe militar que encabezó Juan Velasco Alvarado. La Fuerza Armada reaccionaba no solo ante las frustraciones de un gobierno minoritario en el Congreso, sino a las guerrillas foquistas de De la Puente y Lobatón, y a la incursión del ‘Che’ Guevara en Bolivia.

El régimen militar duró 12 años pero la proclama inaugural de Velasco no fue gran cosa. En una accidentada ceremonia en el Salón Dorado de Palacio ese 3 de octubre de 1968, el general prometió “sudar, sudar y sudar” – en una versión tropical de la “sangre, sudor y lágrimas” con que Churchill galvanizó a Inglaterra durante la guerra.

El último mensaje del ‘Chino’ Velasco causó mas impacto: anunció la confiscación de los diarios. Esto generó serios disturbios, inaugurando un período de conmoción callejera que duró hasta que fue defenestrado por el general Francisco Morales Bermúdez en 1975.

La Memoriosa Elocuencia

Cuando Belaunde retornó a la presidencia gracias al desagravio del voto popular, el 28 de julio de 1980, los constituyentes, recordando su memoriosa elocuencia, ya habían establecido que el Jefe de Estado debía presentar su mensaje a la Nación por escrito. FBT entregó un texto e hizo una síntesis oral sin leer. Tenía esta vez una mayoría propia en las cámaras.

El inaugural de Alan García, en 1985, fue quizás el más resonante y brillante de la historia, y según parece el más largo. Durante 107 minutos mantuvo en vilo al país y a otros en el resto del mundo. Su popularidad superó los 90 puntos y le duró más de un año, pero después el ‘Mesías’ de entonces empezó a pagar las consecuencias de sus anuncios unilaterales.

Y así se llegó a Alberto Fujimori quien en su mensaje inaugural señaló para comenzar que “heredamos un desastre”. Reiteró su consigna de “honradez, tecnología y trabajo” y denunció al “Palacio de la Injusticia” apuntando hacia el Paseo de la República. Pero la expresión que más se recuerda de Fujimori es ese “disolver, disolver” con el que anunció el autogolpe de 1992.

Luego de su fuga lo sucedió Valentín Paniagua quien, en 15 minutos y perfecto castellano, tomó las riendas del exitoso gobierno de transición.

En su discurso del 28 de julio de 2001, Alejandro Toledo habló de “dedicar cada minuto de mi vida y de mi gobierno a sostener una guerra frontal contra la pobreza”. Prometió aplicar un 30% del presupuesto a la educación, lo que no alcanzó. Propuso una Ley de Retorno para que los peruanos residentes en el exterior regresaran al país y, “una inmediata congelación de la compra de armas ofensivas”, lo que sí hizo. Demoró 57 minutos.

El último mensaje de Alan, con sus 96 minutos de duración, es, en otras palabras, el segundo más extenso del que se tenga registro.

Discursos Históricos

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En www.caretas,com.pe se encuentra la mayoría de los mensajes anuales y discursos presidenciales de la historia, compilados por Fernando Ayllón, el director del Museo de la Inquisición y el Congreso.

 


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