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De Entre los Muertos

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La muestra de Ricardo Wiesse en la sala Luis Miró Quesada Garland es de extremo interés para todo aquel que desee hacer un análisis sobre la obsolescencia de los lenguajes del arte. Como no tenemos un Museo de Arte Contemporáneo, esta obra pudiera ser considerada anacrónica por los no iniciados, acostumbrados a una pintura que va desde el epidérmico minimalismo hasta un pop cada vez menos achorado. Por eso, tal como está planteada, la exposición luce anclada en los años 80, tiempos en los que por unanimidad Ricardo Wiesse era considerado el artista más destacado de su generación. Para quien escribe, continúa siéndolo, a pesar de considerar a esta obra como una transición entre la materia de antaño y procesos nuevos escultóricos.

Si todo resulta hermético –lo que hubiéramos aplaudido de ser deliberado– se debe a la desconexión entre los nuevos que ignoran cuál ha sido el camino que ha conducido a la obra actual de Ricardo Wiesse, pues estos recortes aparentan ser más bien reciclajes resultantes de un laborioso proceso. El problema es que los detalles nunca llegan a integrarse, que las texturas visuales producto de las esterillas resultan demasiado evidentes y que las zonas planas, que constituyen la principal innovación, no llegan a destacarse en la medida requerida.

Hay piezas sobresalientes, como ese díptico con “clavos” sobresalientes casi al final del recorrido, pero la muestra, planteada como una gran instalación, peca de un exceso de obras. Ocurre que aquí el espacio es un factor preponderante y no es necesariamente lo que se privilegia. A esto se añade un prescindible objeto central cuyas dimensiones, para decirlo con un término en boga, se vuelven liliputienses, a tal grado, que luce desapercibido en ese suelo gris que debió tener el mismo color de la pared, para encerrar al espectador en un espacio, paradójicamente, abierto.

Soy de quienes creen que cada lenguaje tiene un tiempo y que a pesar de lo que la posmodernidad enseñara, el arte que no es contemporáneo no nos representa. Por eso es que recursos como los de Esther Vainstein, usando piedras en Lucía de la Puente, y los de Ricardo Wiesse de decorar con arena el piso, constituyen soluciones devaluadas que hacen que las comparaciones se vuelvan inevitables y que los planteamientos caduquen.

Ricardo Wiesse es un artista con una carrera coherente cuya antológica en el Museo de Osma con figuraciones de paisajes desérticos –donde se encuentran los muertos– pudiera considerarse más de acuerdo con los tiempos que corren. Sin embargo, sería banal decir que esta muestra es una oportunidad desperdiciada. Todo lo contrario. Respeto los retrocesos de artistas serios porque significa que están lejos de la complacencia y están asumiendo un riesgo que el futuro se encargará de juzgar. Se podría ser un cínico y decir como Lampedusa que toda obra cambia para quedarse igual, pero sigo considerando a Wiesse como uno de nuestros artistas más respetables y que merece tener un mayor reconocimiento de un medio ensimismado en su frivolidad.

- Laura Sánchez (foto) marchó hace un lustro a París, donde reside. Ahora presenta en Artco sus “Reliquias Humanas”, una muestra extraordinaria que trabaja sobre soportes no tradicionales, dibuja el aire con cabellos humanos y arma esculturas con uñas, haciendo de este modo una suerte de homenaje a la muerte, utilizando los residuos que nuestro cuerpo elimina y que otorga a su muestra un carácter que ella define como arqueológico. Dice Sánchez: “…Estos residuos, desprendidos de su propietario, convocan de una manera fetichista a la persona ausente. De esta forma, mi trabajo revela una voluntad de rememoración. Las piezas fabricadas con cabellos remiten a las mujeres que han tejido durante miles de años. La delicadeza de la técnica que alude a una actividad tradicionalmente femenina contrasta con la repugnancia provocada por estos desechos humanos que nos remiten al ancestro animal. Mi obra cuestiona la frontera que existe entre la atracción y la repulsión. Gracias a la manipulación de la materia orgánica sacralizo el residuo al límite del disparate, otorgándole un toque de preciosismo”. Visión indispensable.

 


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