sábado 20 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 1921

20/Abr/2006
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre PolíticaVER
Acceso libre Elecciones 2006VER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Jaime Bedoya
Sólo para usuarios suscritos José B. Adolph
Suplementos
Sólo para usuarios suscritos Aviación Aerocomercial
Acceso libre Gran BretañaVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Fértil Abril en el Perú

La jornada electoral del 9 de abril pasado deja, por su propia naturaleza, un sabor ya sin sabor, parafraseando a César Vallejo.

No se define netamente un ganador, se crea un cruel compás de espera que desembocará en una febril y encarnizada segunda vuelta y, sin embargo, se configura la composición de un congreso unicameral y se obliga a la lectura de los mensajes tácitos, manifiestos y crípticos que ha dictado un electorado paradojal y desconcertante.

La gran novela de suspenso de las decisiones electorales del Perú empieza a conocerse por tramos, capítulos y dosis catatónicas.

Para algunos sorprende la capacidad de olvido y la nostalgia del autoritarismo que delata el ciudadano peruano: se reviven los pasados férreos del velasquismo, el fujimorismo y del alanismo de la primera etapa (siendo que AGP más que autoritario semejó un caudillo antojadizo).

Desde que se venciera al terrorismo enfermo de Sendero y el MRTA, el Perú, a través de muchísimas voces –la principal después será la de la Comisión de la Verdad– convino en que la gran reparación histórica consistía en hacer un profundo y persistente esfuerzo de justicia social que suponía superar la desigualdad, mejorar la situación del 50 % de nuestra población, administrar justicia, paz y fraternidad, empeñarse en educación, salud y nutrición para nuestro pueblo postergado, mancillado, ignorado por el sector moderno y privilegiado.

Bien pronto se olvidaron esos propósitos y se volvió a ese peligroso escenario en que conviven y desafían opulencia y miseria, grandeza y pequeñez, egoísmo y solidaridad, centralismo y provincia letárgica.

La política ciega muchas veces a los políticos, constreñidos a escenarios que la ciudadanía desdeña por repetitivos, inconducentes, superficiales.

El gran teatro de la política se trastorna en un vaudeville de egoísmos, en una farsa degradada, y la comunicación, las instituciones, los actores síguenle la cuerda a esta carrera que olvida que construir ciudadanía y democracia es algo muy serio y fundamental en el Perú.

No toda la clase dirigente, ni los sectores influyentes han cumplido con su deber de demostrar que la democracia es suficiente, posible y certera en nuestro país.

Lograr que la democracia sea carne y hueso en la ciudadanía plantea primero la obligación de trabajar con lucidez y empeño en ese propósito desde la trinchera en que se esté.

Incluso construir economía es también algo más serio que inversiones, ganancias, crecimiento, sujeción a la globalización y los grandes centros de poder internacional.

Hablamos de los 5 años de Alejandro Toledo, cuyo resultado electoral se ha plasmado este 9 de abril, descartando las opciones que parecían tan alentadoras, entre ellas las de la continuidad neoliberal a rajatabla.

El modelo no fue suficiente y por ello el renacimiento de fuerzas que proponen viejas recetas para antiguos males: nacionalismo, estatismo, autoritarismo, populismo.

Se mira al pasado, puesto que el presente no satisface. El chorreo ha sido nulo en lo social, y en consecuencia, también en lo ideológico y político. Cuando se grita, no se conoce matices, por eso se prefiere la rotundidad de un verbo : “refundar”, “fusilar”, “erradicar”, “instituir”, “revolucionar”.

Esta primera vuelta ha tenido la virtud de graduar con precisión que se quiere el cambio en profundidad sin que ello signifique ni el suicidio de la democracia, ni el salto al vacío, ni el aventurerismo improvisado.

Hay quienes leen solamente que este mensaje está, en principio, contra Ollanta Humala. No es así. Está contra las viejas maneras, contra el inmovilismo y la liviandad que ha desacreditado nuestra incipiente democracia.

Cambio es sustitución de la clase politica tradicional, cambio para una nueva dinámica social que implica intenso trabajo en pro de la igualdad de oportunidades y la mejora de las condiciones de vida de la inmensa masa que está en la pobreza y la pobreza extrema. Por eso el voto favorable hacia Humala, hacia el fujimorismo, hacia el Apra (aunque en menor medida).

¿Qué harán las opciones de centro, las de la izquierda congelada, las de los demócratas formales al estilo finisecular? No han desaparecido, pero tienen por delante la ingrata tarea de mirarse al espejo y confesar que el tiempo ha transcurrido y se precisan nuevos ingredientes de rejuvenecimiento más que de maquillaje.

Ojalá esta lectura del 9 de abril nos ilumine para la segunda vuelta que no será –basta de simplismos y maniqueísmos– la del bien contra el mal, sino la del aprendizaje colectivo de cómo se puede construir el cambio del Perú, que es lo que determina la contienda entre los dos triunfadores de la primera vuelta, y hacer democracia con justicia social plena, revitalizante y efectiva.

Nada de estos meses electorales ha sido inútil. Nos ha enseñado lo suficiente para actuar en consecuencia.

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista