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El Zen y el Arte de la Presidencia Piñata

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Gustavo Gorriti, uno de los periodistas mas reconocidos del país y un verdadero guerrero de la democracia, vuelve a escribir en CARETAS. Así se renueva con carácter de regularidad una relación profesional que se inició en 1981, cuando Gorriti ingresó a la planta de redacción de la revista para cubrir temas de alto riesgo: la insurgencia terrorista y el tráfico de drogas. En el intervalo, Gorriti ha hecho muchas cosas más, aquí, en Estados Unidos y en Panamá, y ha ganado un manojo de premios, desde el María Moors Cabot de la Universidad de Columbia hasta el del Rey de España.

EL otro día estuve conversando con el presidente Alejandro Toledo. Como yo acababa de dejar mi trabajo y como él está a punto de terminar el suyo, pudimos hablar con la mutua confianza que propicia el desempleo.

Ni él dejó de ser político, ni yo periodista. Pero el término de un ciclo largo y los signos ominosos que preludian el que viene, sirvieron para salvar la tentación de las a veces corteses y otras veces cortantes esgrimas que marcaron nuestras conversaciones en estos cinco años.

Toledo ha envejecido en sus años en Palacio. Se habla mucho de la vitamina P y de sus efectos feromónicos y de autoimagen, pero no se dice que a la vez es una aceleradora de geriatrías. El presidente se ve físicamente desgastado, envejecido. Uno pudiera pensar que esa es la cosecha de la aprobación de un solo dígito que por tanto tiempo ha sufrido, pero no es así. El poder envejece a casi todo aquel que se lo toma a pecho. Y claro está que, dado que la relación de Toledo con el poder ha sido como la del boxeador Rocky Balboa con el nocaut, no solo ha tenido que tomárselo a pecho, sino resignarse a acabar con moretones, canas y contusiones.

Y sin embargo, no recuerdo haber visto a Toledo tan contento y seguro de sí desde los mejores días de la campaña del año dos mil. Igual que Rocky Balboa, agarrándose de las cuerdas, picoteando la lona, a punto de ser noqueado en los primeros ocho o nueve rounds, y recuperándose para vencer y curarle el insomnio a su rival en los últimos asaltos, así Toledo siente que termina su gobierno, levantándose y derribando la adversidad, con éxito y creciente reconocimiento.

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Es que ahora las encuestas le suenan a música. Ha pasado ya cómodamente los veinte puntos y muchos calculan que terminará con 35 o 40 por ciento de aprobación. No será mucho para lo conseguido por otros, no siempre meritorios mandatarios, pero para Toledo, después de los años de sufrir el dígito huérfano, esos son números celestiales.

No solamente eso. Toledo siente que esa percepción de éxito en su gestión se irá extendiendo y acentuando con el tiempo. Los aplausos que ahora le empiezan a dar, todavía tímidos cuando son espontáneos, se irán haciendo mayores con los meses, la distancia y los probables escenarios por venir. El consumado sobreviviente de Cabana, el resultado de una compleja fórmula de suerte y perseverancia, la persona que enmascaró sus profundas inseguridades tras las frases hechas y los tonos engolados, siente que al final tuvo éxito y que su vieja ambición, la de ser presidente, no solo se coronó con el cargo sino finalizó con el renombre. Y que el cholo de Ferrer no será recordado solo como presidente sino sobre todo como estadista.

¿Tiene razón en sentirse así? Muchos dirían que sí. En comparación con otros presidentes, Toledo lleva clara ventaja. La economía ha crecido como no lo había logrado en decenios. El crecimiento no ha estado predicado tampoco en una o dos actividades principales, sino bien repartido en varios sectores de la economía y ha sido descentralizado. Además, eso se ha logrado en democracia, en medio de conflictos efervescentes que han sido enfrentados con excepcional tolerancia. Quizá con muy poca autoridad, pero con uno de los niveles de costo social más bajo que se pueda recordar. El único gobierno que compite en ese aspecto con el de Toledo es el muy breve de Paniagua.

No hay duda de que, en términos de crecimiento de la economía, en términos de oportunidad y libertades, terminamos con un país mucho mejor del que existía hace cinco años. Desde ese punto de vista, Toledo podrá decir que gobernó golpeado y salió aplaudido. Podrá también decir que si se dan otros dos períodos con indicadores parecidos a los del suyo, el nuestro será otro país. Más fuerte, importante, mejor.

¿Hay entonces una cierta sabiduría zen en el arte de la presidencia-piñata? ¿Ha sido Toledo realmente exitoso?

Quisiera poder decir lo opuesto, pero desde mi punto de vista, me temo que la respuesta es no. Ha sido mejor que otros, sí, pero no lo suficiente como para lograr éxito a la altura de la exigencia que el destino le puso por delante.

El éxito del estadista no debe ser yermo. Parte central del arte del buen gobierno es hacer posible su continuidad. ¿Y no hay acaso un cierto carácter pírrico en crecimientos y progresos que terminan nutriendo a demagogos y fascistones? ¿De qué sirve crecer si la primera curva orilla el abismo?

Hay una pregunta que Alejandro Toledo encontrará difícil responder aún en medio de las previsibles charlas que dará sobre las virtudes de enseñar a pescar y no dar pescados aunque te revienten a insultos. La pregunta es: ¿Por qué la gente que votó por Toledo cinco años después lo hizo por Humala? La misma gente, las mismas regiones, las mismas comarcas, los mismos pueblos. El 2001 por Toledo, el 2006 (algunos puntos menos, es cierto) por Humala.

Junto con eso, otra pregunta: ¿Cómo es posible que una de las ciudades que corrió, que expulsó a Fujimori el año dos mil, Ayacucho, haya compartido masivamente su voto entre Humala y Fujimori?

Las respuestas son poco gratas, pero reales. Incluyen en parte la brecha inevitable entre expectativas y realidades que se da en toda economía en crecimiento. Pero esa es solo una parte pequeña de la respuesta. La gente sintió que elegía a uno de los suyos, que venía de tan arriba en el cerro como el de más arriba, y de tan abajo en la vida como el de más abajo, pero que tenía el entendimiento y la fuerza como para guiarlos y la compasión como para no olvidarlos.

Y eso faltó. Autoridad y compasión. No digo compasión en el sentido de caridad sino en el de identificación y empatía. Faltó la mano firme que impusiera la autoridad democrática y el mandato de quebrarle los huesos a la estructura mafiosa del montesinato y establecer el gobierno limpio y austero que la gente reclamaba. Y extrañaron verlo entre los pobres, ejerciendo la autoridad que le dieron para no solo mejorar lo general sino solucionar lo particular, con el ejemplo, el gesto, que tanto significa en la política.

Así que no hay zen ni hay arte en la presidencia piñata. Toledo fue mejor presidente que otros, y por eso muchos lo extrañarán. Pero no fue lo que debió ser y lo que pudo ser. Por eso, él se irá recordando sus logros y nos dejará enfrentando nuestras realidades. (Gustavo Gorriti)

 


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