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07/Abr/2006
 
 
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¿Votas o Botas?

Esto es como predicar a los conversos proponiendo un Credo elemental.

La mayoría de los lectores de CARETAS, gente informada y consciente, seguramente no piensa votar por Ollanta Humala Tasso, ni aunque se disfrace de Pachacútec.

No es porque crea que Ollanta es una suerte de “amenaza roja”.

Sus críticas al “neoliberalismo” económico son, al fin de cuentas, un lugar común.

Medio mundo piensa hoy que hay que ajustarle las clavijas al fundamentalismo conservador de los años 90.

Tanto la socialdemocracia como el socialcristianismo se suman a los varios matices subsistentes de izquierda en la búsqueda de una mejor distribución del desarrollo.

Y, Basadre incluido, ¿cuántos no subrayan aquí que el cisma social que aún divide al Perú debe ser encarado con más énfasis?

El problema consiste en encontrar las formas efectivas para remontarlo, y eso no se logra solo con pronunciamientos altisonantes ni minando el futuro.

Por otro lado, las alusiones “nacionalistas” de Humala se escuchan estridentes en las plazas pero suenan a bolero cuando las explican sus voceros en privado.

En suma, este oficial de artillería no habrá inventado la pólvora, pero el sancochado improvisado de su movimiento está redescubriendo la escopeta tradicional de dos o más cañones.

Y eso crea una inevitable zozobra.

Al principio, a Ollanta se le veía como una curiosidad.

Un apuesto y afortunado agregado militar al que, por el solo hecho de haber protagonizado una rebelión simbólica pero diminuta, le metieron en la cabeza que estaba destinado a fundar una Nueva República desde el sillón presidencial.

Y de un solo salto.

La cuestión es que, a medida que ha ido avanzando la campaña, el tono de su candidatura se ha vuelto más verde que rojo y el color más de hormiga.

Si alguna vez se creyó en su buena fe cuando marcó distancias con su histérico y violento hermano Antauro, ahora, bajo presión, Ollanta amenaza con un andahuaylazo nacional si gana Lourdes Flores.

Si antes explicó sus elogios a Velasco Alvarado como un gesto sentimental hacia los campesinos que salieron del medioevo con esa reforma agraria de hace cuarenta años, ahora, en su plan de gobierno, justifica con el lenguaje de entonces el modelo absolutista del control “cultural” de los medios de comunicación.

Y si antes se pensó que sólo una coincidencia vinculaba al levantamiento de Locumba con la fuga de Vladimiro Montesinos en esa misma noche del 2000, ahora al cúmulo de indicios se suman testimonios sobre un enlace actualizado.

Es decir, si Ollanta Humala no fue un peón de Montesinos en la década pasada, ahora es un alfil flanqueado de sus piezas.

Lo único que faltaba.

Nuestro país es propenso a la confusión.

El actual gobierno culmina con un éxito económico que no tiene precedentes en muchos años, pero, gracias a la volatilidad de un electorado cargado de desposeídos, allí está Humala encaramado en las encuestas y apoyado por la prensa montesinista.

Todo indica que ganará en la primera vuelta, pero da la impresión de que la mecha no le alcanza para la segunda.

¿Quién puede derrotarlo?

CARETAS se saca el sombrero ante Lourdes Flores de Unidad Nacional, que ha luchado como una leona en un proceso salpicado de agresiones.
¿Pero puede su candidatura penetrar en los sectores populares donde parece haber prendido Humala?

¿Es posible, por otro lado, que presencias tan respetables como las de Valentín Paniagua y Susana Villarán den una sorpresa y desmientan los sondeos?

La posibilidad es francamente remota (aunque, por cierto, gane quien gane, se necesitará sumar fuerzas democráticas para confrontar la segunda vuelta y, sobre todo, el próximo quinquenio).

Ahora bien, Alan García del APRA da la impresión de haber perdido cierta serenidad y dejado de modular con más precisión sus planteamientos sobre “los ricos”, arriesgando espantar a parte del abanico de su potencial electorado.

Pero García, acompañado de la trayectoria de lucha de su partido, parece tener más posibilidades de abatir por el flanco izquierdo el desvarío histórico que encarnaría nuestro Hugo Chávez sin petróleo, el ex ‘Capitán Carlos’ de Madre Mía.

Así que esta vez hay que votar con la cabeza y no botar el corazón en las urnas.

 


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