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16/Feb/2006
 
 
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Uno suele fiarse de conceptos tradicionales que a veces, con el paso del tiempo, cambian. Como aquello de creer, como siempre lo hice, que el cambio de las estaciones lo anunciaban el calendario, el latido del corazón (siempre que está a punto de llegar la primavera), las hojas de los árboles cuando caen o reverdecen u otras manifestaciones, pero ahora recién me entero que el cambio de las estaciones, como en estos días en Madrid, lo deciden o anuncian las vitrinas de los comercios, como en esa tienda que queda justo abajo del departamento o piso en el que habito, que anuncia: Precios de Primavera. Ya no cabe, pues, la menor duda. Se acerca la Primavera, que aquí es digna de escribirse así, con mayúscula.



Me ha producido profunda depresión la cobardía de mucha gente, periodistas y políticos y demás yerbas, que vienen pidiendo perdón a los desaforados islamistas que han atacado con violencia tan inusitada como irracional las sedes de las embajadas de Dinamarca, Suecia y Noruega en esa suerte de países que mal se llaman Irak, Líbano, Irán, Palestina y otros. Y me preocupa también la cobardía o lasitud de quienes se dejan sobrepasar así por un aberrante extremismo religioso-político y que parecen avergonzarse de ser cristianos, ateos o simplemente laicos, y de pertenecer a una civilización que en estos casos en particular demuestra ser superior, mal que esto les pese a los condescendientes y los entreguistas o simplemente vergonzantes. Y me complace la actitud desafiante de algunos periódicos franceses, que se han lanzado a replicar a los vándalos con más caricaturas de Mahoma. ¿Quieren guerra?: ¡Tomen guerra!


La cobardía es una claudicación, por eso creo que lo que se debe hacer en occidente, en Europa en particular, es salir a las calles a manifestar ante las embajadas de los países que los representan, sin violencia, claro, a favor del humor, del derecho a la irreverencia (como otros tienen el de ser reverentes), y decirles claramente a esas hordas de energúmenos que han atacado las embajadas de esos países modélicos que son Dinamarca, Suecia y Noruega, que estamos en contra de esa violencia irracional, y que apoyamos algo que ellos no conocen (y por eso probablemente actúan como lo hacen), es decir la libertad. Me avergüenza, repito, la actitud de los condescendientes ante la barbarie.


Cambiando de tema: aquí en España la prensa deportiva tiene la desconcertante costumbre de mencionar el resultado, o score, de los partidos de fútbol en forma a mi parecer totalmente equivocada. Por ejemplo, dicen el Real Madrid perdió frente al Zaragoza 1-6, cuando lo que deberían poner 6-1, y así por el estilo, la cifra más abultada, la que dice todo en verdad, la ponen al final. El equipo tal ganó 0-1, etc. Y así también lo mencionan los narradores deportivos en radio o televisión. ¡Nadie gana 0-1! Gana 1-0, simplemente. Será probablemente una mala costumbre y nada más, pero que es mala es mala.


Hace tiempo que vengo autocalificándome de agnóstico, porque lo soy, pero a veces me gustaría volver a ser cristiano, como cuando el Papa Benedicto XVI, al que todo el mundo no consideraba cristiano, por haber sido el Cardenal a cargo del Tribunal del Santo Oficio e inspirador de la separación del seno de la Iglesia de los sacerdotes incursos en la Teología de la Liberación, como un duro, ha hecho pública su primera encíclica con un nombre que borra de un plumazo todos los falsos cálculos a los que me he referido. Dios es amor. No la he leído, pero sí los numerosos comentarios que se han hecho sobre ella en los diarios más afines a la religión católica aquí en España, en particular el ABC. Y la verdad es que una encíclica con ese nombre viene a pelo en un momento en que el mundo se debate entre la violencia y la muerte. No la he leído, pero sé que está escrita en una forma diáfana y casi perfecta, razón por la que la iré a buscar en alguna librería. Siempre es bueno leer sobre el amor, y no me refiero solamente, en este caso, al espiritual, sino también al carnal, al que soy particularmente afecto. El amor en todas sus formas, vamos. Benedicto XVI me perdone.


Cerró ARCO 06, la gran, inmensa feria de arte contemporáneo de Madrid, que celebró en esta ocasión 25 años de creada. Lamentablemente, desde que estoy aquí, es la primera vez en que el Perú no ha estado presente. Ni Forum ni Lucía de la Puente, las dos esforzadas y prestigiadas galerías limeñas concurrieron con sus artistas como en años anteriores. Símbolo del Perú, país en crisis cultural permanente, sin duda. Lástima.

 


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