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Hija, se me Pegó un Enfermo

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Hija, acabo de regresar de la Prefectura, tuve que ir a pedir resguardo policial, chola, y me atendieron maravilloso, con decirte que he llegado a mi edificio y ya hay dos efectivos de lo más buenmozones con todo y perro, pero no sabes qué perro, divino, soñado, un mastín napolitano que te lo juro, cuando lo vi lo primero que pensé fue en cambiárselo al policía por cualquier labrador, que lo podía comprar donde Eduardo Rondón, y nadie se daba cuenta; pero después hice insight: esos perros están adiestrados para detectar droga, no podría ni asomarlo a la playa porque se comería a la mitad de mi grupete, qué compliqué, ¿no te parece?

Pero bueno, el tema de fondo, ¿por qué una muchacha de vida sencilla y buenos sentimientos como yo, tuvo que taconear como loca en la Prefectura para que le dieran resguardo policial? Es que chola, se me pegó un mañoso, a mí. Todo empezó con un mail que tenía como destinador, una clave rarísima: Cáceres. Yo de los Cáceres conozco sobre todo a Jaime, y descarté de inmediato que un hombre tan fino me mandara una corronchada como la siguiente: “Madre mía, quiero hacerte la paja rusa, ya no aguanto más. No me desaires porque para mí las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones.

Ya te llamo para estrategizar el operativo”. Como te digo, que fuera Jaime resulta impensable, también porque mi pobre amigo debe estar hecho un locón con la ley esa de la desafiliación de las AFP, me quiero morir, qué retroceso, pobre Marcela.

Pero chola, si no era Jaime, ¿quién podía ser? Además, eso de la paja rusa, no sé, me sonó a algún productor de arroz en San Petersburgo, o algo así, aunque creo que allá hace demasiado frío para cultivar eso, ¿no te parece? Pero bueno, no le di tampoco mayor importancia al asunto, hasta que sonó el celular, con esa huevadita de RESTRINGIDO en la pantalla, y creyendo que era Cecilia Blume para chismearme cómo había sido de verdad lo de Ivcher, pucha, hecha una pánfila, contesté. La persona se demoró en hablar pero al fondo se escuchaba como cuando los soldados corren por la Costa Verde gritando “¡No me canso ni un instante de amar a mi país, al primero que la ofenda me lo bajo en un tris?”, ¿captas?, solo que en este caso cantaban: “A la gorda engordaremos, al caballo loquearemos, al enano aplastaremos, ¿alguien me dice que no? ¡Laaaa puta que lo parió!”.

Hija, me quedé paralizada, no atiné ni a cortar la llamada y me tuve que soplar a un grosero horroroso que me dijo: “Madre mía, te quiero rapar la cabecita, mamita, te quiero llevar a un vivac y después de hacértelo bien rico, quiero que me prepares el rancho para la siguiente maniobra, te quiero de rabona”. Pucha, cuando reaccioné no solo corté la llama sino que tiré el celular por el balcón con tan mal suerte que le cayó en la panza al jardinero y ahora al pobre Guércheman le tengo que pagar unas pastillas para el dolor del costado, que es lo que siempre les duele a ellos, ¿te has fijado?

Pero hija, casi muero cuando el martes pasado me llega al consultorio un arreglo floral con globo plateado, peluche, hecho de gladiolos y geranios de jardinera y una tarjetita escrita...¡en un francés argelino!, echa pluma: “Ma mere, je veux te faire la soupe et toi me ferai a moi la cornette, horreux journé de Saint Valentan”. Chola, ahí sí que me asusté, por más que le puse toda mi inteligencia y mi atención libre flotante al temita, nada, no encontraba ni una pista. Lo único que le sonaba a mi inconsciente era eso de madre mía, me daba la impresión de haber estado leyéndolo y escuchándolo en los medios con frecuencia últimamente, pero nada, chola, nada de nada. Hija, lo que rebalsó la copa fue otro mail, que también venía de Cáceres: “Madre mía, si me dices sí, dejo a Nadine al toque y tú y yo juntitos no paramos hasta Palacio”. Pucha, ahí dije, este está más loco que una manada de cabras agarradas de la mano, y me fui a la Prefectura. Hija, estoy angustiadísima, si se te ocurre quién pueda ser, please, escríbeme, ¿si? Chau, chau. (Rafo León).

 


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