miércoles 19 de junio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 1900

17/Nov/2005
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre Elecciones 2006VER
Acceso libre CorrupciónVER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Tauromaquia
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Sólo para usuarios suscritos Quixote se Bvsca
Sólo para usuarios suscritos Tecno Vida
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Jaime Bedoya
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Sólo para usuarios suscritos José B. Adolph
Suplementos
Sólo para usuarios suscritos Logística
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Ni Humala ni Fujimori podrán malograr el pastel.

La Hora de los Partidos Democráticos

No se precisaba ser muy zahorí para prever el crecimiento en las encuestas de Ollanta Humala y Alberto Fujimori (o el fujimorismo) y que, incluso, se refuercen las tesis catastrofistas.

El gran desafío de las elecciones de abril reside, precisamente, en si la población opta por un radicalismo que en el fondo aspira a suprimir la democracia –el uno, Fujimori, ya está acostumbrado a hacerlo; el otro, Humala, lo intentó antes y lo intentará no bien tenga una pizca de poder– o, por el contrario, se coincide en la necesidad de unir esfuerzos por parte de las agrupaciones democráticas que hoy aún están a la cabeza del favor popular presidencial.

Se ha hablado de ensalada rusa –despecho de un gordito que de pronto está a dieta–, de arroz con mango, de “pan con pescao” y, por cierto de sancochado, para ver si se puede recomponer un cuadro político recurriendo a nuestra vocación de paladeo cocineril. La expresión francesa pot pourrit (“Olla podrida”) podría ser más convincente si se cae en ese pesimismo que muchos alegan está latente en el lánguido y poco crepitante proceso electoral. La verdad es que las cosas pueden, por el contrario, irse perfilando con relativo optimismo. Fujimori en su vuelo alevoso no provocó las oleadas de adhesión que debía esperarlo según le hicieron creer sus correos en su refugio tokiota. Ha quedado como un wantán pasado y sin relleno.

Y con pocas probabilidades de librarse de la justicia en Santiago y menos en el Perú y si bien muchas de las acusaciones que le preparan en sendos cuadernillos pueden ser débiles, habrá no menos de cinco que le serán letales. Por lo demás permanecerá “callao boca” por un buen tiempo, precisamente en el momento que su chillona demagogia podría ayudarlo a fortalecer a sus tres agrupaciones, hoy soldadas con babas y con miembros que se miran pero no se pasan. Fujimori difícilmente podrá verse libre o incluso sin extradición –como suelen rogar sus seguidores– antes de las elecciones de abril.

En el caso de Ollanta Humala no hay duda que recolecta seguidores en el sur, pero sobre la base de una prédica de reclutas: es decir, ejercicios, marchas, disciplina, reivindicación milenarista, y un laberinto mental muy propio de quien ha dado un salto súbito de la milicia a la inteligencia. Deplorable ante las cámaras o los micrófonos, uno se pregunta de qué le valieron los años en el Franco-Peruano y en la Francia de las ideas.

Conseguirá congresistas pero serán golondrinos o, en todo caso, hijos del oportunismo que canta y baila según le convenga.

Los llamados partidos democráticos tienen, pues, ventajas innegables si es que pudieran vertebrar algunas estrategias y conceptos que vayan a dos cosas: garantizar la continuidad democrática –que mal que bien es digerible aun en las condiciones del toledismo decepcionante– y construir una plataforma de ideas y acciones que promuevan una política social concorde con los principios de igualdad y justicia que están en el fondo de la impaciencia popular. Somos a cada rato testigos de que, donde hay trabajo, las presiones populares tienen un tono y una dirección distinta. En una tarea cotidiana de convencimiento, la economía permite que las clases medias respiren un tanto más y que el empleo sea menos escaso que en los finales de los 90’s. “La democracia no se come” dijo Manuel Apolinario Odría y se repetirá hasta el cansancio esta frase, pero si uno mira con detalle lo que vienen diciendo los tres principales candidatos democráticos, puede tener la esperanza que hay en ellos una mayor racionalidad frente a los desafíos del Perú, las tareas sociales y económicas y el uso de la prudencia como la mejor arma.

En estos cinco años el Perú pudo ser una caldera destructiva, como lo hemos visto en los avatares de Argentina, Bolivia, Ecuador e incluso Venezuela. No ha ocurrido tal por una razón de la que debemos felicitarnos: no queremos repetir ni la violencia ni la dictadura, que con el manto de un paternalismo conservador y anticuado ocultaba la más vil de las corrupciones. Es decir, el ciudadano sabe distinguir la paja del grano, salvo minorías desavisadas que son la base de Humala y Fujimori, principalmente porque Toledo ha representado una frustración en la fe de un renacimiento democrático e indigenista.

Los que tienen que ponerse las pilas son estos partidos tradicionales que no aguzan mucho el sentido, se asustan con las encuestas y temen comprometerse con deslindes ideológicos y principistas. Nada más clamoroso que el cuidado que ponen en hacer un distingo entre el fujimorismo –al fin y al cabo eventuales votos– y Fujimori, a quien por lo demás no quieren ver ni en fotografía, abismado en un cuarto de gendarmería en el Mapocho.

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista