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Leonardo Gourmet

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Con motivo de su aniversario el colegio Leonardo Da Vinci organiza en el Museo de la Nación la muestra “...Tras las Huellas del Maestro” que ha tenido como curadora a Patricia Villanueva, una chica maravilla, que no sólo ha realizado algunas de las propuestas más inteligentes de la nueva generación, sino que sabe sustentar muy bien sus experiencias.

La convocatoria además tuvo carácter de competencia, que resultó lo más estimulante. Ganó Sol Toledo quien leyó, cocinó y decoró los platos de esas recetas que Leonardo legara en plan de gourmet..Al final las fotografió para exhibirlas. El resultado es memorable pues rompe las barreras entre las artes (la cocina, que también lo es, la fotografía y la pintura, entendida como el predominio del color) para presentar la obra más original que hayamos visto en los últimos tiempos en Lima. Por su parte Giancarlo Vítor presenta un contrapunto de reproducciones digitales para marcar el paso del tiempo y recordar la androginia de la Mona Lisa. Quizás muchos hubieran preferido su pintura, pero su propuesta no admitía otra solución.

Los artistas respondieron con creatividad a un reto nada fácil, porque poco se puede aportar a todo lo trabajado en torno a Leonardo. La lección es que al interior de nosotros siempre hay algo distinto que decir. Por eso, como dice la curadora, la exhibición es en realidad una celebración no sólo de una institución que lleva 25 años “....enseñando a todos los sentidos y pregonando que “el no saber es formidable”, ya que esta ignorancia invita a la exploración y al conocimiento, si no también una celebración del ser humano y su capacidad imparable para aprender, explorar, inventar y cuestionar el mundo que lo rodea”. El resultado es tan positivo que se convierte en un ejemplo a ser imitado por muchos colegios que no comprenden que no existe mejor herramienta que el arte para estimular el pensamiento y la creatividad.

En los márgenes del centro Santiago Roose registró sus experiencias que ahora exhibe en la Sala LMQG, convirtiéndose en una de las muestras más complejas que allí se han realizado. El espectador se encuentra con un collage de fotocopias donde se aprecian a emigrantes deambulando por de Fuencarral o Casa de Campo, o tomando la calle, ya sea con carteles o locales populares; trabajando o vendiendo sexo para sobrevivir. Las imágenes se plantean emblemáticas y hay en este discurso una ubicación imprecisa que de no ser por los títulos se convertiría en un emblema del desarraigo universal.

Muchos podrán salir defraudados de la muestra y considerarán innecesaria la proyección del video. Pero este desconcierto es precisamente uno de los factores que más me atrae de la propuesta de Roose. Optar por una fotocopia perecible, que posiblemente el próximo año sea un papel blanco –dependiendo del tóner usado– es otorgar ‘nivel artístico a un medio hasta ahora precario entre nosotros.

En un ensayo hacia inicios de la posmodernidad, Douglas Davis se cuestionaba sobre la fotografía como un medio cultural y proponía la siguiente hipótesis: Si uno toma una fotografía –o fotocopia– a un original y luego vuelve a copiar, y repite la operación hasta que el tiempo y la paciencia se agoten, se pueden obtener cientos de copias. ¿pero qué ocurriría? Al inicio la imagen estará ligeramente desenfocada, luego las líneas se comenzarán a romper, los hombros, brazos y piernas gradualmente se integrarán a los fondos y las caras serán rápidamente irreconocibles, porque en el proceso de copiado los rasgos terminan transformándose en un mar de puntos blancos y negros donde poco queda por reconocer.

Algo similar ocurre con la muestra de Santiago Roose, en la cual, como Douglas Davis, nos preguntamos cuál es el contenido de este trabajo final, cuál es la relación de estas imágenes abstraídas con su original. Por eso es que en tiempos en los cuales la fotografía ha alcanzado una aceptación sin precedentes, la muestra sobre la reproductibilidad de la imagen (Benjamin) tal como la plantea Roose, termina por confirmar que la fotografía, en el mejor de los casos, es el producto del mundo que vivimos y no esa ventana a través de la cual pretendemos ver al mundo reproducido.

 


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