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Edición 1894

06/Oct/2005
 
 
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Ciencia-Ficción

1894-culturales-10-c.jpg
Esa mañana, Julio Viccina había salido de su casa mirando ansiosamente a derecha e izquierda. Iba rumbo al nuevo fumadero clandestino de Barranco.

Cuando llegó, tocó tres veces, luego dos, luego una en la puerta de verde descascarado hasta que ésta se abrió con un leve chirrido.

–Pase –murmuró un gordo seboso.

Julio entró. Ingresó a una gran sala donde, sentados, de pie o reclinados en un sofá desvencijado, hombres y mujeres casi invisibles entre el humo, consumían cigarrillos y puros sin marca, liados a mano y de un olor casi insoportable.

Julio se sentó en una silla crujiente, pidió un cigarrillo, pagó sus tres euros, encendió y dio su primera, temblorosa chupada. Sacó de su chaqueta un periódico y al ver la fecha –2 de setiembre de 2010– exclamó:

–¡Mierda! ¡Me traje el de ayer!

Desde que se había prohibido totalmente el tabaco, en 2008, bajo el gobierno del general retirado Aquiles Díaz Corcuera –siguiendo, como era habitual, el ejemplo de los Estados Unidos–, Viccina había sido uno de los centenares de miles de fumadores clandestinos del país. Habían proliferado como un siglo antes los “espic-isis” durante la prohibición del alcohol en los EE.UU. Entre violencia y sobornos, habían surgido nuevas mafias y, poco a poco, el consumo de tabaco crecía a más del doble, envuelto en un aumento de la criminalidad.

De pronto se escuchó una voz estentórea:

–¡Redada!

Se abrió una puerta al fondo de la habitación. Daba a un callejón y por ahí comenzó la huída. Pero ya los esperaba también allí la Policía Antivicio (PA). Julio Viccina, resignado a esta, su cuarta redada, se dejó llevar al camión y se preparó para otra noche en la comisaría y una nueva multa de cien euros.

Dio una última chupada a su horrible cigarrillo (Dios sabe qué contenía, además de mal tabaco), y avisó a su mujer y a su oficina. Ya estaban acostumbrados a esas llamadas, suyas y de otros.

 


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