miércoles 17 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 1893

29/Set/2005
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre SeguridadVER
Acceso libre Elecciones 2006VER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Salud y BienestarVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Jaime Bedoya
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Un Viaje a Europa (fin)

El Idiota Que Viaja

1893-mal-1-c.jpg
No había nadie en la carretera. El Mini Minor negro viajaba adherido al asfalto con toda la Costa Brava para sí solo. Pareciera que no, pero las máquinas se dan cuenta de estas cosas (el motor ronroneaba). La desolación vial, una buena noticia en pleno verano europeo, acabó propiciando la impresión de estar siendo conducidos por un animismo sin destino, con pusilánime vegetación de testigo no solicitado. Todo de frente, huyendo de la manada sin parar, hasta que al carro eventualmente se le ocurriera detenerse. Eso es viajar. Así parecía al menos.

Los autos no comen, la gente sí. Pasada la hora de almuerzo pero aún muy temprano para cenar, el Mini Minor reposaba hipócritamente frente a la iglesia de Tossa del Mar al lado del cartel de prohibido estacionarse (Eso es viajar II.). Aquí empezaron las sospechas. No había nadie en la carretera porque todos estaban ahí, en Tossa. Una caleta preciosa violentada voluntariamente por una masa insolada y dichosa de sus coincidencias vacacionales, con marcado hincapié en el uso de sandalias con medias. Esta turba clónica de sí misma encajaba perfectamente dentro de la subespecie analizada en un ensayo intitulado, con precisión meridiana, El Idiota que Viaja.1 Nosotros, obviamente, éramos viajeros, otra cosa.

Empezó a llover cuando se sirvió una paella simplificada. Entiéndase por eso un hacinamiento de mariscos refritos, sentido homenaje culinario para con la aglomeración circundante. Eso es viajar III. No era almuerzo, no era cena, y el fin de un día de verano manifestaba una polaridad invertida: el sol no se ponía en el mar, sino en la costa, detrás de las montañas que había detrás de la gente.

La oscuridad se ceñía sobre Tossa y sobre el último rezago de individualidad. Insistiendo en el error se procedió a la otra mirada, la opción panorámica. Vista desde lo alto, junto a una torre medieval que había vigilado días mejores, la caleta recuperaba bríos si se desenfocaba la vista, lo que a su vez agudizaba el oído, provocando circularmente el que la ilusión se hiciera añicos: brotaba de un bar el melifluo tono vocal de un escaso universal, Julio Iglesias, idónea banda sonora para el pastoreo de ovejas. No quedaba sino fluir entre la dispepsia y la enajenación, hermanados en un civilizado intercambio de pedos entre otros tetudos en vacaciones. La noble convivencia humana.

La noche fue aliviada por un evento falazmente extraordinario. Digamos la última esperanza. Consistió en hacerse de un mapa detallado de las calas próximas, brevísimas y vírgenes ensenadas teóricamente ajenas al pie humano. Poseídos por el Síndrome de Armstrong2, mapa en mano, dejaríamos atrás al turismo. Se concilió el sueño hablando del Apocalipsis, cuando toda esa gente habría de ser juzgada. Toda esa gente, por cierto, en esos momentos se iba a dormir cogiendo el mismo mapa.

El resucitado Mini Minor negro devoraba las curvas de la infame Costa Brava queriendo decir –ahora lo entiendo– no os detengáis. Pero la primera parada estaba más cerca de lo previsto. El nombre debió haber sido una advertencia: Cala Bona. Había que dejar el auto a un lado del camino y bajar un largo acantilado en busca del Mediterráneo ignoto. Hospitalaria familia del lugar acababa de llegar, uno de ellos decía que venía de abajo y la cala estaba espectacular –¡vacía!–, pero que no podían bajar pues llevaban un niño en brazos, envuelto y del tamaño de una sandía. El descenso, agreste e inclusive riesgoso, aumentaba la expectativa de aislamiento.

La realidad, o Esto es Viajar IV: Cala Bona medía 6 metros, 4 de ellos ocupada por una familia francesa culturalmente antipática, que yacía al sol en una orilla de aguas aceitosas cuando no cubiertas de bolsas. Que fluya tu tía.

Volver a subir tomó diez minutos. Ver la roca del tamaño de una sandía con la que habían roto la ventana del copiloto del Mini Minor, tres segundos. La coima, expeditiva y realista transacción tercermundista, se hizo extrañar en una comisaría ajena al paso del tiempo, donde varios de los del intercambio nocturno de gases hacían turno para, al cabo de dos horas de trámites, recibir un papel en calidad de souvenir o idónea alternativa en casos de higiene fisiológica de carretera, en donde además constaba que les habían robado por tetudos.

La sabia vuelta en u. El Mini Minor enrumbó inmediatamente hacia Barcelona, ciudad deshabitada, envuelto en una desesperación muy agradable. Sus ocupantes llegaron a una plaza vacía y se sentaron a mirar un árbol.

_________________
1 Del antropólogo francés Jean-Didier Urbain. Publicado en 1988, fue descontinuado por aguafiestas.

2 En referencia Neil Armstrong, primer hombre en pisar la luna. Dícese de la impresión –factualmente improbable en la actualidad– de llegar antes a dónde nadie ha llegado.

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista