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Edición 1873

12/May/2005
 
 
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Edgar Saba dirige y adapta bíblicos versos en El Cantar de los Cantares.

De Amor y de Sombras

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En el último de los libros sapienciales se inspira la obra que se estrena el 19 de mayo en el CCPucp (Camino Real 1075, San Isidro).

Lanzarse en la búsqueda de la historia de amor más grande de todos los tiempos, aquella que refleje el dolor, sacrificio e ilusión que viven todos los amantes del mundo, puede resultar una labor más que titánica. A Edgar Saba, esta empresa lo acercó primero a la tragedia romántica de Romeo y Julieta, los adúlteros Tristán e Isolda e incluso a los amores exiliados de Adán y Eva. Pero fueron los versos de un poema bíblico los que, finalmente, lo condujeron a lo que para él representa el relato de amor más hermoso y completo, y que ahora lleva a las tablas en una singular versión de El Cantar de los Cantares.

El último de los cinco libros sapienciales del Antiguo Testamento es uno de los más leídos de la Biblia, y a la vez, uno de los más difíciles de entender. Sus páginas, que se han prestado a diversas interpretaciones, describen el amor entre el Rey Salomón y la princesa Sulamita. Pero más allá del clamor religioso que ve en estos apasionados versos la relación entre Yahvé y el pueblo judío, o la de Cristo y la Iglesia, esta obra, escrita por Saba y Alfonso Santistevan, rescata su sentido profundamente humano.

La obra presenta la historia de una familia conformada por Tirsa de Magdala (Milena Alva), sus hijos Justo (Carlos Victoria), Tamara (Els Vandell) y Elías (Santiago Magill) y su cuñado interpretado por Rafael Santa Cruz. En su huida a través del desierto, alejándose de la masacre ordenada por el Emperador (Carlos Tuccio), van rememorando e interpretando la historia de amor entre la joven Tirsa (Mónica Sánchez) y su esposo ahora muerto, Nathan de Amarí (Christian Thorsen), que no es otra sino la referida tan febrilmente por el texto bíblico.

Así como la búsqueda del amor se encuentra arraigada en la esencia misma del ser humano, lo está también su necesidad de poder. Y es que el hombre puede ser corrompido tanto por los encantos sensuales como por las ansias de dominio. ‘Es una lucha constante entre el amor en todas sus formas y la autoridad que el hombre busca tener sobre los otros’, explica el director. ‘Cuando un pueblo se autodefine como el elegido comienza el imperio: eso pasó con los romanos, con los alemanes, y podría estar pasando en la actualidad con el gobierno de Bush. En este momento nos encontramos ante dos posibilidades: u optamos por un nuevo renacimiento, o estallamos todos’, concluye Saba.

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