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14/Abr/2005
 
 
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Alguien Tiene que Ceder

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Conversando con un artista joven cuya obra aprecio le mencioné algunos artistas que tuvieron su punto más alto de aceptación en los años 80. Cuando me tocó tratar sobre David Herskovitz me preguntó con saludable impudicia ¿Y quién es él? Sólo conocía a Ricardo Wiesse por su maltrecho mural en el zanjón y me limité a explicarle que lo ocurrido con ellos también iba a pasarle a él, por la carencia de una institución responsable de mantener y mostrar nuestra contemporaneidad.

Ante la pregunta de un joven inteligente le pregunto ¿qué ocurre con artistas como Alberto Dávila, Cristina Gálvez o, retrocediendo, Ricardo Grau? La respuesta fue frustrante. No creo posible solucionar el problema sin un Museo de Arte Contemporáneo que albergue las manifestaciones de los últimos 30 años. Por eso resultan penosos los problemas de quienes se embarcaron en la alucinatoria aventura de crear un Museo en Lima, con peripecias sólo posibles en un ambiente en el cual lo maravilloso –en su sentido más absurdo– es simplemente real. Su azarosa historia pudiera explicar nuestro fracaso como país más integrado, con capacidad para comprendernos entre nosotros mismos. Todo ha resultado tan absolutamente difícil para algo tan elemental que sólo se puede concluir que una empresa de esta naturaleza constituye una quimera en el Perú.

Tuve mis primeros, contactos los empeñados en la creación del Museo durante la segunda gestión de Bedoya de Vivanco. En ese entonces se llegó al acuerdo de ceder el terreno en el que posteriormente se erigiría Larco Mar. Luis Miró Quesada Garland hizo la maqueta respectiva, pero existía un problema de difícil solución entonces: El espacio estaba alquilado al Rincón Gaucho y se requería un proceso judicial para su desalojo. Era la época de García, y el dinero recaudado tenía que ser depositado en soles, los que cada hora se devaluaban a una velocidad sólo comparable a la de la Alemania prenazi. La plata se hizo polvo, y dos años después, cuando la Municipalidad logró el desalojo, el Alcalde prefirió dejar al restaurante en su sitio sin cumplir con lo acordado.

Cuando entra Andrade I ofreció al Museo el local que hoy ocupa el horroroso C.C. Ricardo Palma. Nuevamente LMQG hizo una maqueta memorable que los hechos la volverían utópica. Otro terreno fue cedido en el Malecón donde se objetaba, entre otras razones, el peligro de la humedad y la sal para las obras de arte, lo que no habría sido tomado en cuenta en el Parque Salazar. De allí derivaron al subsuelo de un parque en San Isidro, una encorsetada zona limeña que hubiera terminado por volverse esquizofrénica.

Finalmente se llegó a un acuerdo con la Municipalidad de Barranco para que parque y laguna fueran sede de un Museo de cuya necesidad no tengo la menor duda. Si bien estoy de acuerdo con parte de las diatribas contra Martín del Pomar, los problemas delatan la existencia de conflictos al interior de la organización, entre otras razones por la limitación de recursos y la ausencia de miembros que apoyaron desde los inicios.

Por eso me cuestiono si no será una tozudez no utilizar temporalmente las instalaciones del Museo de la Nación –previa mudanza de la burocracia del INC– para hacer allí un gran eje cultural. Es cierto que todo termina por ser permanente, pero luce que en las condiciones actuales un proyecto de esta envergadura resulta una utopía sin una decidida voluntad política y eso no existe en el Perú.

Estoy convencido que puede haber soluciones más pragmáticas que construir ahora un Museo con recursos que aparentan estar muy lejos de lograrse. Desamparados o el Correo Central también serían sedes excelentes. Son espacios viscontianos que pudieran prestarse como espléndido contrapunto entre presente y pasado. Posiblemente su acondicionamiento termine siendo más caro que la construcción de un nuevo edificio, pero los beneficios para la ciudad serían incalculables. Basta tener un Alcalde con capacidad para meditar en torno a ello.
Lamentablemente, como esa vieja película que Marilyn nunca llegó a terminar y se embutió de nembutal, ya sea el gobierno, la alcaldía, los señores del Museo o nosotros mismos, pero al final alguien tiene que ceder.

 


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