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El Libro 'Hombres y Rejas'

Este libro nació entre las horas imsomnes de un condenado a muerte, cuya capilla demoró 75 días. El fallo que sentenció a la pena capital por fusilamiento a Juan Seoane Corrales fue dictado el 14 de marzo de 1932 y la Resolución que la conmutó fue expedida el 25 de mayo. En esos 75 días, despidiéndose de la vida cada noche, dispuesto a morir cada amanecer, Seoane comenzó a escribir el libro “HOMBRES Y REJAS”

A los diez años de reclusión penitenciaria, recuperó su libertad. Viajó después al exterior. En 1945 se incorporó al Servicio Diplomático en el que permaneció algunos años. Más tarde, residió durante varios lustros en Europa y América del Sur. La obra literaria de Juan Seoane abarca también el cuento y el teatro. La crítica latinoamericana ha calificado a Juan Seoane como el “Dostoievski contemporáneo”.

En las líneas que siguen reproduzco lo que escribió Juan Seoane en las páginas 288 y 289 del libro “Hombres y rejas” del que fue autor:

“Han pasado muchos meses y han sucedido muchas cosas. Se desglosan los días y a través de las rejas de nuestros calabozos seguimos leyendo el libro negro de la vida. Se fue el dolor y la inquietud se fue también. La sujeción de las rejas no doblega: educa. Frena la desesperación. Quince meses aislados en las celdas; sentir despeñarse los días cargados de sucesos. La angustia, algo a lo que debe parecerse la agonía, temblaba a veces en nosotros, y nunca pudimos salir al encuentro de una noticia, ni calmarnos en la precipitación de ir a buscar más lejos la verdad de cada acontecimiento. Todo ha tenido que esperarse con la paciencia encadenada a la celda. Han sucedido muchas cosas y nuestras manos se han quedado tranquilas sin siquiera crisparse en los barrotes. No otean ya nuestros ojos la cruz púrpura y negra del corredor. La soledad me arroba a veces. Soy el completo dueño de mi mismo, me meto en mí, me gozo casi; medito, siento. Y sé que nadie ha de venir a interrumpirme y que la reja me aísla de la tiranía de toda posible tentación. En la impotencia de realizarlo, no siento ningún otro deseo que no sea éste de estar solo conmigo. Tal vez por esto, por este hábito de la soledad que ahora se me arraiga, me cuesta tanto escribir. Contento estoy de mi vida hasta cuando me siento triste, y a pesar de esta satisfacción, hay un deseo de muerte que me tienta.”

 


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