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Edición 1859

03/Feb/2005
 
 
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Un Chancho en mi Meditación

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Hija, qué he hecho yo para merecer esto. Me voy como todos los años a mi meditación al ashram de Sai Baba en Samaracartamandabara, pucha, pero esta vez el programa incluía una inmersión en el Ganges, chola, que es algo así como lavarte la cara en la misma agua donde Jackie Beltrán se dio baño de asiento. Cómo te explico que mi misticismo empezó a declinar cuando el maestro nos empezó a tirar agua a las que estábamos en la orilla y no nos atrevíamos a entrar y te lo juro que yo me sentí una Karinah’s cualquiera en el Agua Dulce preparándose para el arroz verde con pollo y la sopa en botella de Kola Real, cuando quién crees que se aparece. Te lo defino por aproximaciones a ver si caes.

Alto pero jorobadón, polo blanco apretado para que los tres mondongos le caigan como embutidos Popeye en degradé. Blue jean escopeta, hija, es decir, ancho arriba y apretado en la pantorrilla, con el talle de babero, una correa de plástico color burgundi horrorosa, zapatilla blanca... ¡sin media!, y las piernas más patizambas que nunca, al punto que mi amiga argentina Agustina, que ya no baja a tierra ni para alimentarse de lo meditativa que se ha vuelto, volteó donde mí y me dijo, “che, mirá ese forro cómo lleva las bolas entre paréntesis”.

Bueno, me imagino que ya acertaste: era ni más ni menos que el Cóndor Indoamericano del Alan, que como ya no tiene nada que hacer, pucha, decidió venirse hasta la India para arruinarnos el recorrido por el Cordón de Plata, no te puedes imaginar. Me lo tuve que soplar una semana en el ashram y fue una tortura china, cómo te explico. Para comenzar, tú sabes que el ashram es un hospedaje precario, ¿no es cierto? O sea, unas cabañitas de madera medio tirifilas de paredes delgadísimas, que yo las aguanto porque de eso depende mi reencarnación, pero nada más. Bueno, el Chancho Mayor se tiraba en la suya unos cuescos de tal magnitud que la segunda noche vino mi swami Cachaparada preocupadísimo a preguntarme si yo estaba preparada para un tsunami del mismo rango que el del sudeste asiático, no sabes.

Nada te digo lo que eran las sesiones de meditación. Por ejemplo, pucha, el ayudante de Sai Baba nos hacía ponernos en la posición Serpiente Negra, que te hace fluir las energías desde el peroné hasta la cadena de huesecillos del oído medio, para lo cual tienes que poner en clinch tu mejilla derecha con tu glúteo izquierdo, ¿ya? Bueno, para que el Porcino Señero siquiera pudiese sentarse en el petate era un martirio, caía como un zapallo loche levantando un polvo horroroso y resoplando como una búfala en cuarto día de celo, y como no podía ponerse en Serpiente Negra, terminaba quejándose de que todo era una campaña antiaprista que había empezado con el libro de Toño Angulo precisando que Haya era un ñoco de mantón de Manila, y ahora esto, “antiaprismo oligárquico, señores”. “Sí, oligárquico te voy a dar pero por atrás”, se escuchó decir a Sai Baba desde su trono, y eso que el hombre es de hablar poco.

El último día, sin embargo, todo se aclaró regio para mí, porque es el momento en el que Sai Baba te dice el mantra donde se sintetiza tu vida, ¿ya? A mí en mi turno, cómo te explico, Sai que nunca pasa de cuatro palabras seguidas, me dijo algo así como “avecilla, azucena, rosa, mariposa, leguas de enhiestos tulipanes te saludan (ya ves, Diego, y tú que te creías la última chupada del mango), la humanidad se inclina ante ti”, y se volvió a quedar mudo el huevón, sin que me entere si me voy a casar alguna vez. Pero, ¿sabes qué le dijo a Alan?, un mantra bien fácil: “aaaaaag”. Chau, chau. (Rafo León)

 


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