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25/Nov/2004
 
 
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Mientras más pasa el tiempo que uno vive en el extranjero, empiezan a aparecer por allí, no sé si por nostalgia (a la que por lo general no soy muy adicto), viejos fantasmas o recuerdos, imágenes que uno cree haber dejado atrás pero que reaparecen sin siquiera haber sido convocadas, que llegan expresamente del Perú a hacerse presentes aquí en Madrid. El otro día, por ejemplo, entre el público que asistía en la Casa de América a escuchar a Mario Vargas Llosa presentar su último libro, La tentación de lo imposible, vi sentado unas filas detrás de mí a Paco Igártua. Era él mismo, su fantasma o su sosia, un poco reducido si se quiere, es decir más bajo y menudo que él, pero era Paco mismo, incluido el bigote y los anteojos. No me acerqué a él porque no soy afecto a fantasmas, pero una amiga común que me acompañaba me dio la razón: era él o alguien igualitito a Paco. Asimismo, todos los sábados que salgo por mi barrio a caminar y a comprar el periódico, me cruzo con un Héctor Cornejo Chávez con algunos kilos de más pero Cornejo Chávez casi sin duda. Tampoco me he acercado a él porque pienso que quizá esté gozando de un exilio autoimpuesto luego de su triste y vergonzosa actuación durante la dictadura de Velasco. Dos peruanos se me han aparecido. ¿Con cuántos más me encontraré?



Los peruanos que emigran a España traen sus hijos, sus esposas o sus novias. Y sobre todo sus esperanzas de una vida mejor. Y también la pasión por el ceviche, el caucau, la papa a la huancaína y otras delicatessen nacionales que ya han instaurado en los muchos restaurantes peruanos que hay en Madrid. Pero con ellos traen también sus devociones y prácticas religiosas, que no olvidan pese a la distancia y que se dan maña para practicar en el medio y a veces salir en procesión por algún barrio de la ciudad. Es así que cada octubre, como ya he mencionado, no menos de cuatro cofradías del Señor de los Milagros recorren en procesión y en competencia diversos barrios de la capital de España; una de ellas, la de Ascao, tiene no menos de diez años de fundada . Y también están los cofrades y devotos de la Virgen de la Puerta de Otuzco y los de San Martín de Porres (a quien algunos rezan para que haga el milagro de reunir las cofradías del Señor de los Milagros en una sola). Y no tardarán otras devociones en aparecer. ¡Bendito sea Dios!


Regresión. Eso es lo que me parece está sucediendo en el Perú: estamos –mal verbo este que invento- regresionando. Es decir caminando para atrás. Las masas se toman la justicia en sus manos, o ciegamente creen hacerlo cuando asaltan locales municipales y linchan al alcalde; igual los pobladores de pequeños barrios, que ahora apalean hasta la muerte o queman vivo a un delincuente por haberlo capturado cuando robaba un radio transistor. No es el África primitiva y perturbada, es el Perú milenario. Volvemos al comienzo de la historia, al hombre de las cavernas que garrote en mano creía defenderse matando. Da la impresión de que la civilización está dando muchos pasos atrás en el Perú. Estamos regresionando (con perdón del verbo). Yo regresiono, tú regresionas, él regresiona, nosotros regresionamos, vosotros regresionáis, ellos regresionan.


Es que ahora tienen voz algunos subversivos. No los que están presos sino personas incalificables como la congresista Martha Moyano, que intenta desprestigiar al jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el impecable conductor de las elecciones pasadas, Fernando Tuesta Soldevilla, a quien esa congresista, que mancha la memoria de su hermana, la sacrificada María Elena Moyano, ha acusado de favoritismo en algún nombramiento. Yo creo que ningún fujimorista como la aludida tiene capacidad moral de recusar a nadie, y menos a una persona de la probada solvencia y eficiencia de Tuesta Soldevilla. Martha Moyano contra Tuesta Soldevilla ¡qué escándalo!


Después del cerro Quilish ha sobrevenido, con violencia inusitada, el ataque al campamento minero de La Zanja, como una demostración indubitable del propósito de hacer imposible la futura inversión minera en el Perú. Empezó como jugando (“Ya no va a haber ceviche”) con el caso de Tambogrande, que impidió definitivamente la explotación minera en esa zona (que tengo entendido no iba a impedir en modo alguno que allí se siguieran cultivando limones). Muy poco tiempo después: Quilish, que incluyó un vergonzoso mea culpa de la empresa. Y ayer nomás La Zanja. Caso cerrado. Así llegaremos a ser el país de la inversión cero. ¿O ya lo somos?

 


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