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Edición 1850

25/Nov/2004
 
 
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Justicia con las Propias Manos

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Ay hija, yo ya venía intuyendo mi inmersión inconsciente en el nuevo Perú pero no me imaginé que estuviera tan zambullida, no te puedes imaginar. Resulta que me fui a abrir la casa a Kapalapa, ¿ya?, porque pucha, entre que están parchando las pistas en la avenida El Golf y la Jessikah’s Jesseniah’s que ya me llegó al chopin, pucha, iba a terminar loca reloca en el momento menos pensado, así que me dije, “China, contacto con la naturaleza”. Pasé por Maripí Pinillos, nos alzamos con un par de botellas de vodka para la edad madura, y a la playa.

Chola, no sabes, llegamos y me llamó la atención que en la garita no estuviera el Jefferson Airplane (JA) Chumbiauca, que es más cumplido que un reloj suizo, y algo me comenzó a oler mal. Le dije a Maripí que sacara su paralizer y yo esgrimí hecha una partisana un aparato que lanza electricidad y es capaz de detener a Diego después de un retiro con los trapenses. Bueno, como un comando palestino, hija, nos acercamos de puntitas a la casa y ocurrió lo que suponía.

Pucha, en la terraza estaba el JA amarrado a una silla de ratán tailandesa que la adooooro y yo casi me muero de verlo así y claro, la mercantilista de la Maripí voló a desatarlo “porque China, esas sogas te van a malograr el ratán y después qué te haces”. Bueno, pero eso no era nada, adentro de la casa había un caballero, pucha, con un costalillo en las manos, alzándose con todo lo que iba encontrando a su paso. Hija, mi primer impulso fue chapar celular y llamar a la comisaría de Asia, y qué crees, le cuento todo al comisario, con la voz entrecortada, para escuchar como respuesta, “oe, línchalo nomás pe, ¿no ves que no tengo efectivos?”

Bueno, manos a la obra. Agarré un murano seventh’s que me regaló Dionisio para mi santo y le dije a Maripí que se quedara callada como congresista de provincia. Hija, hecha una gata silenciosa me paré detrás del choro y le zampé tal florerazo en la cabeza que hasta a mí me dolió, de puro sensiblera social que soy. Cuando lo vi privado (y lo observé y te confieso que el joven no estaba nada mal), pucha, llamé a Maripí y entre las dos lo arrastramos hasta el poste de luz de la casa de Maribé Bentín, en el momento en que ella y el amante salían a airear el polvo a su terraza. Pucha, les pasé la voz y les dije que hicieran lo propio con toda la gente que fueran encontrando, pero solo GCU, porque tampoco era cosa que nos sacaran en Cuarto Poder junto a las esposas de los pescadores, hija, pidiendo justicia, que para democracia basta con el Acuerdo Nacional, ¿no te parece?

Bueno, al choro le sacamos la ropa y yo ya quería que hasta el calzoncillo, no sé qué me pasó, pero Maritú Tudela, que vive pegada a la televisión, me dijo que siempre se los dejaba en trusa, y si es roja, mejor todavía. Bueno, en ese momento el desalmado marginal recuperó la conciencia y empezó a pedir perdón, pero hija, estábamos todos tan enardecidos que decidimos llevar el linchamiento hasta las últimas consecuencias. “¡A quemarlo, a quemarlo!”, gritaban Pocotón Díaz Ufano, las hermanas Van Ginghoven, los Dasso, la loca De la Piedra, Maritú, Maribé y Maripí, y la cosa era encontrar gasolina, porque ninguno de los ahí presentes, como te podrás imaginar, tenía la menor idea de lo que pasa en la zona de los garages de las casas. Maripí, que a veces le da permiso a la neurona, tuvo una idea regia: nos mandó a todos a traer perfumes de las casas para incinerar al antisocial, y a los veinte minutos el joven del calzoncillo rojo era un solo de Kenzo, de Miyagui, de Van Cleef, de Saturnal y de Saudade que te lo juro, o sea, ni Jackie Beltrán para su debut con el doc en la piscina. Pucha, cuando Pocotón se acercaba con el fósforo, a mí me dio una crisis atroz de Derechos Humanos y propuse cambiarle el castigo: devolverlo así, semicalato y empapado en perfume a su casa, para que la gorda de la mujer se encargue de masacrarlo, y así fue, hija, regia es la justicia de las propias manos, no te la pierdas. Chau, chau. (Rafo León)

 


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