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Edición 1850

25/Nov/2004
 
 
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“Eva del Edén” y las telenovelas.

Eva de Epoca

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Eduardo Adrianzén y Michel Gómez han conformado, desde hace ya más de una década, la dupla más interesante en cuanto a producción de telenovelas y miniseries se refiere. Las características de este combo han sido francas: abordar la problemática social (“Los de Arriba y los Abajo”, “¡Qué buena Raza!”), apostar por actores no necesariamente conocidos pero con talento histriónico, y a la vez articular productos narrativamente funcionales que empatan con el gusto del televidente. Es bastante más, vale decirlo, que el facilismo por el que optan muchas productoras concentradas en mujeres siliconadas y la importación de galanes de segundo nivel. En este sentido, “Eva del Edén” se presentó como una apuesta muy original: una novela de época con ribetes de superproducción financiada a través de un mecanismo, digamos, democrático (los actores invertían su trabajo a ser redituado cuando la telenovela genere ganancias). El primer escollo fue superar el rótulo “superproducción”. La relativa austeridad en la propuesta invita a extrañar el ostentoso glamour con el que muchas series mexicanas y brasileñas resuelven la ambientación histórica. De otro lado, el uso de arcaísmos, destinados a crear verosimilitud, fue tomado por algunos como un elemento que generaba resistencia en un público poco acostumbrado a los “vuestra merced”. Finalmente, desde las canteras académicas, surgieron críticas que apuntalaban el poco rigor histórico que mantenía “Eva...”, juzgándola como si fuese una coproducción de Inictel y el INC, en vez de entenderla como un producto comercial y artístico que puede y debe tomarse licencias (al menos las que se estimen correspondientes). A pesar de esto, “Eva del Edén” va repuntando en el rating, plantea una problemática sobre la identidad cultural solapeada detrás de una historia de amor, reivindicaciones y despojos, y ofrece una gama de aciertos nada desdeñables: un guión que si bien empezó un tanto frío ha llegado a generar una dinámica de plots y subtramas muy efectiva, así como un nivel de actuaciones parejo con no pocos picos. Ahí destacan Sonia Seminario, Alberto Isola, Leonardo Torres, Rafael Santa Cruz y Carlos Tuccio, y entre los menores, Franklin Dávalos. Tal vez el casting no ayudó a cuajar mejor los protagónicos: Mónica Sánchez aparece un tanto desencajada en un papel imaginado para alguien más primaveral, y Diego Bertie reitera un porte sufrido harto conocido (y cansino) para quien lo haya visto en las tablas como Segismundo y Edipo. Pero en líneas generales “Eva del Edén” es la mejor propuesta en cuanto a telenovelas que deja el 2004, y la recepción del público parece estar refrendando de a pocos este mérito (Jerónimo Pimentel).

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