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Edición 1845

21/Oct/2004
 
 
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Pucha, Pobre Jessikah’s Jesseniah’s

1845-cchi-p
Ay hija, estaba escribiendo mi análisis político semanal para Caretas sobre la paradoja existencial que se da cuando madame Carrot declara cual Lunática Inflamada que vivimos en un país racista y, pucha, o sea, su concuñada Juana entrando a la Carceleta que es como para hacerlo dudar al propio Nelson Mandela de sus convicciones más firmes, cuando me interrumpe la Jessikah’s Jesseniah’s en mi escritorio, cosa que no le aguantaba ni al mismísimo Diego, que a veces se me presentaba sin tocar la puerta en calzoncillos y yo igualito lo devolvía al cuarto a que busque petróleo un rato mientras terminaba con mi trabajo, que es para mí la cosa más seria que existe en este mundo.

“Ay señorita China, como tú curas locos, quiero que me ayudes pues” y juá, hija, se me lanza a llorar en un lamento novoandino que a mí me rompió el corazón en cuatro pedazos, no sabes. La senté, le di agua, le hablé de las nuevas técnicas psicoterapéuticas diseñadas para la horda primitiva, hija, esa que no aguanta veinticinco años de diván porque no tiene tolerancia a la frustración y le recomendé que sintonice a Maestre en RPP, porque, pucha, o sea, no creo que el sueldo le alcance para pagarse un análisis de cuatro veces por semana y la verdad que no estoy como para aumentarle.

Hija, lo que vino sobrepasó todo lo imaginado. Para hacértela corta, o sea, la Jessy conoció en una pollada a un joven al que ella describe como “gordo chancho, señorita China, pero con cara de billetón”, quien primero le invitó una Kola Real y después empezó con la cervecita por acá y la cervecita por allá y resultó que el “gordo chancho” había sido ni más ni menos que el congresista Pacheco, hija, ese que usa bastón porque vivió diez años en España y a mí la verdad que cuando lo veo me parece más un cholo gordo con bastón que un caballero asturiano, para decirlo sin rodeos, ¿ya?

“Harto hemos bailado, bien chénguere señorita China, como se movía el gordo con los cantos de la Abencia Meza, que dicen que le da duro a la torta pero a mí qué me importa”, siguió verbalizando la paciente, hija, en un despliegue de rima gongorina que no dejé de registrar. La cosa fue que, como era de esperarse, el “chancho gordo” se la llevó a un jato en San Borja (“qué lindo, señorita China, unos espejazos en el techo que a mí me hacían sentir que el mundo se había puesto patas arriba”) y, ¡aaaaaaaaggggg!, pasó lo que tenía que pasar.

Bueno, te digo, hasta ese punto del relato, o sea, compartí plenamente el sentimiento expresado por la paciente, aunque si hubiera sido mi caso, pucha, yo no paraba sino hasta el santuario de Lourdes donde me hubiera bañado en las aguas milagrosas con esponja y Ayudín, pero como no podía interferir en las emociones de la chica, pucha, la dejé nomás. La esencia del drama, hija, no fue sin embargo el desacomodo existencial que tendría que haberle producido soportar encima a un sajino enardecido, sino que, o sea, guiada por el pragmatismo de las nuevas generaciones de los emergentes, lo único que le importó fue la posibilidad de salir encinta. Habló con una amiga ahí nomás, botica en la esquina, píldora del día siguiente y sanseacabó. Hasta que vio a Judith de la Mata en la televisión diciendo que la tal píldora era abortiva y ahí entró en trompo.

Hija, supuse entonces que había que hacerle a la Jessy una explicación racional y demostrarle que esa es una opinión sin fundamento, y me mandé con que la ovulación, el implante del huevo, el inicio de la existencia según Santo Tomás, los derechos reproductivos de la mujer de hoy, y hasta le conté un poco sobre la última Nobel de Literatura, hija, que tiene un nombre más complicado que las sinapsis de la Zanahoria Rayada, pero lo único que conseguí fue que la Jessy me mirara como si la loca fuera yo. En la mitad de mi interpretación me paró en seco y me preguntó a boca de jarro: “¿Y qué hago si la señora Mata esa se me presenta en la noche y me jala las patas” Pucha, ahí me di cuenta de que la vida es demasiado complicada, le di su Xanax, la mandé a su cuarto y de ahí he escrito esta huevada. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

 


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