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09/Set/2004
 
 
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¿Estamos Maduros Para Darnos una Nueva Constitución?

Ha comenzado nuevamente el debate sobre la reforma constitucional, bajo el supuesto que ahora la ciudadanía está interesada en el tema, cosa contraria a la de un año atrás, cuando se consideró una exquisitez bizantina hablar de los principios fundacionales mientras las bases concretas demandaban dinero, comida, seguridad.

Por eso hablamos de supuestos. En realidad los preocupados intensamente con el asunto son todos aquellos que van viendo se acerca la hora de la contienda electoral y hay que crear condiciones propicias para labrar vocaciones personales, acomodos de grupo, “sacrificarse por la Patria” como suele decirse.

Nuestra historia legalista acredita que las constituciones republicanas difícilmente hallaron terreno fértil para fructificar por obra del consenso; han sido y probablemente lo seguirán siendo producto de presiones, aventurerismos, caudillismo o imposiciones a son de cuartel y pisco turiferario.

Sin embargo, la ilusión que una Carta Magna le da al país identidad, permanencia, unión y felicidad, es plausible y seguramente necesaria. Pero para saber a ciencia cierta qué buscan los peruanos de su país, de su sociedad y de su futuro hay que comenzar por aceptar enseñanzas e ideas que no vienen precisamente de la política partidaria cuanto de los hechos sociales, culturales, las conductas y los comportamientos cotidianos. No somos aún una nación unida en torno a ideales comunes y, lo que es peor, desconfiamos de los caudillismos de otrora como de los predicamentos actuales.

Nuestra función es vivir del cuoteo diario, es decir, sobrevivir, sin percibir claramente metas para el mediano y largo plazo. Toda constitución, dicen los especialistas, es una refundación de la república y del pacto social por el que nos sentimos parte de un conglomerado con vocación de ser. ¿Creemos sinceramente que es llegado el momento para emprender este intento?

La historia nos demuestra que se precisa, junto con el aporte de hombres esclarecidos, de una voluntad de afirmación que no se produce por el claustro parlamentario únicamente, que se debe apelar a la voz y el voto de todos los ciudadanos y que, mediante recursos e instancia, se viva con intensidad un ciclo de educación cívica y de aprendizaje de nuestro propio país tan desconocido para los unos y los otros, enceguecidos por banderías e intereses menudos.

Pareciera que lo prudente sería en este caso discutir primero la ley electoral, donde están cifradas las mayores preocupaciones de los políticos y de los aspirantes a políticos. ¿Debe haber dos cámaras, senadores deben elegirse por distrito único y diputados por múltiple, ya basta de voto preferencial, es conveniente la renovación por tercios, etc...? Luego vendrán los auténticos debates sobre el Perú múltiple y plural que está urgido de nuevas definiciones y que probablemente requiera consultas ciudadanas que cobren forma en Asamblea Constituyente o en el Acuerdo Nacional y en los Consejos Regionales ampliados. Una constitución es una forma de mirarse a sí mismo –a la postre país que ha rehuído reconocerse en su unidad en la diversidad– y de proyectarse en conjunto luego de un examen en profundidad sobre las fuentes de donde partimos y hacia dónde queremos ir. Suena excesivamente teórico, pero quizá sea la oportunidad para intentar un diálogo nacional –como ha ocurrido en la España postfranquista y como viene ocurriendo en la transición chilena– que nos haga cumplir con el viejo sueño de ir en pos de un Perú reunido en torno a ideales comunes. Sólo así estaríamos garantizando un 2006 promisorio y distinto a los viejos enconos y los gastados cánones.

 


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