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02/Set/2004
 
 
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Hija, me Bunrundanguearon

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Y nada, que todavía me duele la cabeza como si hubiera pasado la noche con Rafael Rey y mi lucidez aún anda medio flojona, al punto que ayer me llama Cholón Ugaz para invitarme a tomar un cafecito y yo le contesté que no podía porque estoy con la ruler. Todo por culpa de la burundanga, me tuvo que pasar a mí que me burundanguearon de la manera más vil y ya te paso a contar.

Me iba, hija, de la casa al consultorio hecha una bala porque estaba atrasadísima y mi primera paciente es Rebeca, que cada minuto de tardanza para ella es como la maldición bíblica de la lluvia de fuego y al final la pobre no sabe si echarse en el diván o bañarse con el extintor del edificio. Bueno, en la puerta del Golf, plaf, se bajó la llanta. Por la puta madre, pensé, yo soy la psicoanalista del asunto y estoy acá que tiemblo como una hoja porque se me vaya a molestar la paciente. Dejé el auto en la mitad de la calle y me subí... ¡a un Tico!, Créeme, yo en un Tico. Era tanta mi tensión que me vino a la mente la imagen de la reina Sofía de Grecia cuando Pachi de lo más lambiscón se caga en el protocolo y le zampa sus dos chapes, qué nervios los cambios sociales en el planeta entero.

Bueno, en esas estaba cuando el taxista (una especie de Gustavo Pacheco, tú me entiendes, un cara de champa lleno de orgullo incásico) en el semáforo en rojo se voltea y me dice, “Gringa, me han regalado un perfumador de ambiente bien chévere para el carro, ¿quieres que le eche?” Pucha, te imaginarás el conflicto de interculturalidad que me produjo el hombre, porque si le decía que no era capaz de herirse en su orgullo y sacarse el zapato; y si le decía que sí, pucha, corría yo el riesgo de llegar al consultorio oliendo a la sábana de abajo de Susy Díaz. En ese caso, pucha, opté por una solución de compromiso y le dije, “regio joven, pero eche poquito nomás porque soy alérgica”. ¿Poquito nomás? Cuando me di cuenta, no sabes, tenía al taxista haciendo puré la capa de ozono con los chorrazos de spray y a mí desmayándome mientras sentía que la vida se me iba y solo atinaba a decir, “joven, no se le ocurra violarme, please, que soy monja solo que estoy haciendo un trabajo pastoral para el que necesito estar vestida de seglar”.

Hija, ahí empezó la pesadilla porque yo no sé si tú sabes lo que es la burundanga famosa. Bueno, te cuento. Es la flor del floripondio que los cholos la secan, la muelen y la meten a un atomizador de laca de esos que seguramente usa la hermana peluquera y si te lo rocían en las fosas nasales no solamente pierdes el control de ti misma sino que te conviertes en la ejecutora del deseo del otro, en la muñeca de un ventrílocuo, ¿te puedes imaginar? Eso dicho con elegancia científica porque la verdad de la milanesa es que te zampan la burundanga y si el guanaco quiere te convierte en su reynita, como les encanta decir, aparte naturalmente de robarte hasta el píloro, por Dios qué inventiva para la cutra.

Bueno, comenzó el taxista a mandonearme como a una autómata y me llevó primero a siete cajeros automáticos de los que me hizo sacar quinientos dólares en cada uno, aparte de que en el Citibank entramos juntos a la oficina de Frank Holloway que no podía creer cuando me vio con cara de champa diciéndole, “es mi nuevo esposo, porfa, ponle todas mis acciones de Newmont, Antamina, Barrig, Coca Cola y Telefónica a su nombre y déjame a mí las de Kola Real que me encantan”. Hija, Frank me decía, are you sure?, don’t you prefer to decide tomorrrow about the issue? y yo dale conque me había casado y era feliz con semejante chungungo. De ahí, pucha, a mi depa donde nos recibió la Jessikah’s Jesseniah’s y me dijo, “señorita China, está bien que le falte huevo pero no es para tanto”. Chola, ni por esas yo volvía en mí y fui a la caja fuerte. Mi amo me ordenó, “dame lo más valioso que tengas” y saqué un sobre que no tiene precio, se lo entregué y ahora lo debes tener al desgraciado ese leyendo las cartas que me mandaba Diego desde El Salvador cuando vivía por allá y me recordaba lo bien que la pasábamos cuando hacíamos el sillón de peluquero y la codorniz que toma su agua. ¡Basta, abajo la delincuencia, que talen todos los floripondios del Perú aunque nos caiga encima todo Greenpeace, no es posible que la intimidad de una quede en manos del clon de Gustavo Pacheco! Siguen firmas. Chau, chau. (Rafo León)

 


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