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02/Set/2004
 
 
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Internacional La fuerza militar multinacional puede controlar los brotes de violencia, pero no garantiza la estabilidad política en Haití.

¿Y Ahora Qué?

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Los países del MERCOSUR decidieron asumir el mayor peso de la intervención militar.

El Presidente de la Corte Suprema, Boniface Alexandre, a quien le correspondía la sucesión constitucional frente a la renuncia de Aristide, asumió formalmente la Presidencia el 8 de marzo, mientras un “Consejo de Sabios” de siete personas se dedicaba a buscar un nuevo primer ministro, en consulta con los partidos políticos haitianos, incluido un representante del partido de Aristide. Mientras tanto, Aristide siguió un periplo que lo llevó a la República Centroafricana, de regreso a el Caribe acogido por Jamaica y luego a Sudáfrica donde se encuentra en la actualidad. Durante ese período ha denunciado “la ilegal ocupación de Haití” y afirmado que fue obligado a renunciar por presiones de representantes de Estados Unidos que también lo forzaron a abandonar el país. La designación de nuevo Primer Ministro recayó en Gérard Latortue, quien vivía en Boca Ratón, Florida. El CARICOM no lo reconoció ni tampoco aceptó a Haití nuevamente en su seno basándose en su política de aceptar sólo a los Estados con gobiernos elegidos democráticamente, a pesar de las alegadas presiones de Estados Unidos.

En el momento que Aristide abandonaba Haití, el Consejo de Seguridad adoptó la resolución 1542 que, entre otras cosas afirmaba “que la situación en Haití continúa constituyendo una amenaza a la paz y seguridad internacional en la región...” y decidía enviar un contingente militar con la participación de Estados Unidos (cuyos Infantes de Marina ya estaban en Haití), Canadá, Francia y Chile. Basándose en esta decisión se crea la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) cuyos objetivos serían buscar la estabilización de la sociedad haitiana, lo cual incluiría un proceso electoral democrático a fin de elegir sus nuevas autoridades. También contribuirían a superar los graves problemas de inseguridad a través del desarme de los numerosos grupos armados existentes en Haití y a realizar contribuciones en asuntos humanitarios que afectan agudamente a este país.

Resulta claro que para Estados Unidos una presencia militar continua en Haití constituía un grave problema, debido a su involucramiento militar en otros países, especialmente Irak y Afganistán. No resulta sorprendente, por ello, que haya buscado activamente un relevo que lo libere de esa función, pero que busque estabilizar una situación e impida los éxodos masivos que tanto afectarían a la administración de Bush, especialmente en víspera de elecciones.

Se ha especulado que Haití presentó así una buena ocasión para restañar algunas de las heridas abiertas por la oposición hemisférica a la invasión a Irak y demostrar, por qué no, una buena voluntad hacia la superpotencia que puede ser tan comprensiva en otros asuntos de interés. El primer país que aceptó ingresar a este arreglo fue Chile y el envío de tropas le costó un mal rato político al Presidente Lagos. El segundo envío, ya decidido, fue trabajado con mayor cuidado con el Senado chileno y con la activa participación de las ministras de relaciones exteriores y defensa. En este segundo envío, Chile se ha comprometido a enviar 640 efectivos.

Lo especial de esta situación es que ha sido el MERCOSUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) quien decidiera asumir parcialmente el rol de “fuerza armada” del operativo de estabilización de las Naciones Unidas. A esta decisión se sumarían Chile y Perú como Estados asociados al MERCOSUR. La MINUSTAH espera contar con 6.700 efectivos militares, comandados por Brasil que aportará 1.470, Argentina que participará con 614 y Uruguay con 572, a los cuales hay que sumar los 640 de Chile y 205 de Perú.

Haití siempre planteó un agudo problema a la comunidad hemisférica; no sólo son complicados sus problemas internos sino que ellos se ramifican y conectan con diversas posiciones en las sociedades vecinas, y, especialmente, en Estados Unidos y la República Dominicana. El CARICOM, hasta ahora, es el único que ha sabido sortear con éxito las trampas y seducciones del tembladeral haitiano.1 El dilema que ha planteado Haití en esta oportunidad parece haber sido el de estabilidad a través del respeto a las instituciones democráticas (CARICOM), o con intervención militar y planes políticos e institucionales cocinados en otros lares.

Difícil resulta comprender qué hace el MERCOSUR y sus asociados en Haití... y con fuerzas militares, no policiales, para promover el retorno a la democracia. Insólita y súbita vocación democratizadora en fuerzas armadas como las chilenas, las argentinas o las uruguayas. E insólito retorno a la democracia cuando ya existía una. Será necesario hacer un esfuerzo especialísimo para tener éxito en el ámbito de la institucionalidad democrática haitiana –aunque ella implique el eventual retorno de Aristide–, de los derechos humanos y del desarrollo económico que beneficie a los más pobres entre los pobres para justificar esta participación militar que es, cuando menos, muy dudosa pues ha supuesto pasar por encima también del principio de no intervención. (Luis F. Jimenez)

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