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Teatro Escribe: Alexandra Martens | Edgar Guillén interpreta a Ricardo III en la sala de su casa y lleva el arte a cualquier parte con su teatro delivery.

Retrato Calato

Edgar Guillén

Su primer montaje lo realizó en 1960. Hoy hace teatro delivery. “¿A dónde me ha llevado el teatro?”, se asombra.

Para mí, el éxito es haber logrado hacer lo que yo he querido y como he querido”, dice el legendario Edgar Guillén mientras se acomoda en uno de los muebles de su mítica sala en Paso de los Andes 1147, Pueblo Libre. El recinto que él considera “el teatro más pequeño del mundo” hace eco de 78 años cumplidos y casi 56 sobre los escenarios, 20 de los cuales han sido interpretaciones realizadas en casa. Nunca se tomó un descanso y, en estos días, a través del teatro delivery, da vida nuevamente a Ricardo III, el trágico rey shakesperiano, en un unipersonal adaptado por él mismo. Hoy, el incansable Guillén disfruta de una vida parsimoniosa al lado de sus mascotas (un gato y un perro), ausente de televisión y haciendo oídos sordos a las quejas del cardenal.

A los 78 años, Edgard Guillén es poseedor de una memoria envidiable. Recuerda todo lo que hace falta acordarse en la vida. Y por ello mismo recapitula el primer contacto que tuvo con el teatro. Fue casual. Es que él iba a ser médico. Fue admitido en San Marcos como pocos y, al ver que su futuro estaba planteado, caminó meditándolo hasta llegar al Jirón Lampa 833. Allí estaba el Teatro Universitario San Marcos. El arequipeño no dudó cuando el director de teatro Guillermo Ugarte Chamorro lo invitó a tomar clases dramáticas en esta escuela. “Hasta el día de hoy”, suspira.

Edgar Guillén
Luego, viajó. Primero fue a Colombia. Ahorró y tiempo después partió hacia Europa. Vivió tres años en España y uno en Ámsterdam, donde afirma que fue realmente feliz. Hizo teatro, pero no aprendió holandés. Volvió a Lima para apoderarse de los mejores escenarios y hacer suyos los más intrincados guiones. Es que Guillén habló de lo que nadie quería hablar. En sus montajes se hizo frecuente el tema de la homosexualidad y el sida. Famosas y recordadas son La escalera, de Charles Dyer y Sin paradero oficial, una historia polémica: “Había recogido el testimonio de un brasileño que se dio a conocer como persona homosexual al ser seropositivo. Tomé la historia, la hice mía. Mucha gente salía pensando que yo tenía sida”, cuenta. Pero como es evidente a él nunca le importó el qué dirán.

Y no le interesó cuando a mediados de los noventa decidió innovar los cánones establecidos: llevó el teatro a casa. A su casa. “Ha habido gente que ha pensado que hacer teatro en mi casa fue un recurso desesperado. Pero no, ¡a mí me pareció maravilloso! Me caractericé por hacer muchos unipersonales que rompían la cuarta pared. Un loquito que se afeita el pelo, se trasviste en el escenario, pero que es un hombre que se empieza a confrontar con el público y maneja sus propias lucecitas, fue tremendo”. Con 80 personas abarrotando su sala, pasaba el sombrero: “espero que lo que pongan no suene”, solía decir cuando el acto final ya se había descifrado. A la muerte de su perro Osito, se dio una pausa. Habían pasado dos décadas.

Misa de Hécuba

La misa de Hécuba, tragedia de Eurípides. Guillén la interpretó en el 2014.

Pero la vida de Guillén se ha visto ensombrecida por un fantasma que no lo ha dejado brillar completamente. La depresión lo acompaña desde hace 16 años: “Yo viví una depresión severa en el año 2000. Vino un largo tratamiento hasta que un día decidí no tomar más nada porque sentía que los médicos estaban experimentando conmigo. Lo que me curó fue nadar en la piscina y ahora estoy con ganas de retomar eso. Pero los años pesan. A pesar de eso, hablar del teatro es mi leitmotiv”, relata.

Aún así, nada ha sido impedimento para que afile las críticas hacia lo que no le parece acertado. Uno de sus dardos apunta hacia el teatro comercial actual: para él no existe el boom teatral. “No hay una mala intención, pero es así: es un boom comercial. Hay plata y nada más. A pesar de las críticas, yo tengo la visión objetiva de un viejo zorro del teatro”, dice. Guillén también arremete sobre otros actos sin telón: las palabras del cardenal Juan Luis Cipriani. “A ese señor deberían sacarlo. Es una vedette que le encanta el escaparate. Hasta el Papa está en contra de lo que dice él. Cipriani es un tipo que me parece despreciable por demás”, enfatiza.

Los años corren y Guillén no tiene freno que lo detenga. Ni a él ni a su pasión: “el teatro es una especie de amor loco con alguien que no te corresponde, porque no existe”, sentencia. Y este delirio lo hace seguir trabajando, ahora con el teatro delivery. Una llamada telefónica lleva a la leyenda viva a cualquier casa de la capital. Esta vez, pone a puesta al infame Ricardo III: “Shakespeare nos presenta un arquetipo de la maldad, un personaje que vive hoy. Es la ambición del poder”, asegura.

Tantos años sobre el escenario han hecho de su voz experiencia viva y dedicación. Por ello, cuando Edgar Guillén ejecuta una escena, confirma lo que muchos ya sabemos: que el teatro ha sido su vida. “De eso no me cabe la duda. Tengo 78 años y lo único que he hecho es girar en torno al teatro”, se emociona al recordarlo. Los aplausos no tardarán en llegar.

Sala de la casa

La sala de su casa puede albergar a una veintena de personas. Escenario ideal.



Pérfido Guillén

“El pérfido rey cuenta su historia y tratará de convencernos con su carisma”, dice.

 


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