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22/Set/2016
 
 
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Cine

Caos Agridulce

Margarita

Margarita: cuando el conflicto parental es un Macguffin.

Los problemas de Margarita saltan a la vista desde las primeras secuencias. Su realización está lastrada por los tics de las series o novelas de la vieja televisión. A un encuadre abierto y referencial de la escenografía, le sigue una sucesión de planos de acción y reacción. Uno tras otro, y más y más. Y cada “reaction shot” –la imagen cercana de un rostro–, trae un gesto marcado de sorpresa, ternura, enojo, contrariedad, o lo que fuere. Mejor dicho, de una mueca subrayada, como para que nadie dude de la emoción que posee al personaje, justo antes de pasar al corte publicitario; mejor dicho, a la siguiente secuencia.

Pero a diferencia de la rancia televisión, que podía darse el lujo de desenrollar varias líneas narrativas, aquí las acciones transcurren en forma vectorial y sin turbulencias.

La trama débil aspira a la comedia de confusiones. Dos personajes se atraen, pero antes de unirse intentan romper con sus enojosas parejas. Desde su primera aparición adivinamos lo que viene. No es extraño que ello ocurra en un género de tramas formularias como la comedia de enredos. Lo que sí importa en este tipo de películas es la energía de la confusión y el incremento del delirio. Eso no ocurre aquí. Los incidentes se alinean, siempre iguales, como cuentas en un collar.

Lo único que se altera es el destino de la niña. Y no como resultado de algún giro inesperado del guion. Se modifica por extravío, por abandono. El conflicto parental de Margarita se convierte en un Macguffin, un pretexto argumental, el hilo suelto que, al cabo, se zurce con puntada apresurada. Zurcido muy visible, a fuerza de apurar un montaje que une retazos, pero no articula. (Por: Ricardo Bedoya)

 


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