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Escribe: Luis E. Lama | “Muestra es una oportunidad excepcional para comprobar cómo el arte y la historia están imbricados”.

La Muerte Como Una de Las Bellas Artes

Muestra del Hamann

Muestra del Hamann tiene como cordón umbilical al cuerpo femenino, su representación, su mutilación, su organicidad, su sometimiento a la naturaleza.

Partimos de una paráfrasis del libro de Thomas de Quincey para analizar la muestra de Johanna Hamann que reúne casi 40 años de trabajos en el ICPNA. Es una oportunidad excepcional para comprobar cómo el arte y la historia están imbricados, tanto por los acontecimientos de perturban nuestra vida como por los hechos que subvierten la red social en la que nos encontramos.

La expositora forma parte de la mejor generación de escultores que haya tenido el país, ese grupo en su mayoría mujeres que bajo la dirección de Anna Maccagno se iniciara en la década de los setenta, pero a diferencia de la mayoría, salvo excepciones como Margarita Checa, Hamann optó por la representación del cuerpo humano recurriendo a materiales ortodoxos de la época.

La muestra tiene como cordón umbilical al cuerpo femenino, su representación, su mutilación, su organicidad, su sometimiento a la naturaleza y particularmente las violencias que lo afectan. Desde la primera escultura de 1977 –la abstracción de un torso de madera y cuero en tensión– se deriva a la mujer de madera mutilada o a la máscara con el serrucho incrustado en la cabeza.

Pero esa violencia se vuelve mortuoria, una suerte de cadáver en descomposición, en una obra maestra (1988.1991) de travertino y fierro donde los tres metros de piedra se convierten en vísceras que de inmediato nos vinculan con nuestro interior. La museografía está tan bien solucionada que apenas a unos pasos se puede apreciar la descomposición en el ‘Esqueleto’ (1985) de fierro, cemento blanco, resina y cera, para después apreciar el monumental espinazo de 1985 que pudo haber servido de punto de partida para la ejecución de la piedra vertical. Finalmente se sucede la torre de fierro desmoronándose y es entonces cuando se vuelve imposible desligar la vida y la muerte con los acontecimientos de la época.

Muestra de Johanna Hamann

La Libertad (al centro) y Cuerpo Mutilado (derecha) forman un impactante contrapunto. La exposición está abierta al público en el ICPNA de Miraflores.

La obra más emblemática de Hamann, la de los tres vientres (1978-1983) que se van desgarrando, colgadas de ganchos para carne en un soporte de fierro propio de una carnicería, ocupa una parte central del espacio. La metáfora es feroz pero corresponde a esos tiempos que nos tocaron vivir, y que Hamann como otros artistas se encargó de representarlos a través de la violencia en sus obras.

A partir de lo que pudiera considerarse la segunda parte de la muestra se aprecian indagaciones que evidencian la maestría de Hamann, particularmente en el desnudo en cera, que luce ser un autorretrato (1994-1997)que constituye otra de las piezas notables de la exhibición. A ella se añaden las dos grandes piezas en madera que son las obras de libertad de una mujer en plenitud. Esa pieza que se inicia reproduciendo con fidelidad un cuerpo y que en la parte superior estalla es de un impacto extraordinario, tanto por el volumen como por la textura visual del olivo. Frente a ella se encuentra una reciente versión abstracta, ‘Libertad II’ formando un impactante contrapunto.

La curaduría de Sharon Lerner es modélica. Ella ha hecho un trabajo excepcional, no solo en la selección de las obras sino también en el planteamiento de un recorrido que nos va conduciendo a esos dibujos en el aire cuyas sombras rebotan sobre la pared. Son filigranas que reproducen ilustraciones enciclopédicas del siglo XVIII que Hamann convierte en arte contemporáneo. Puede ser que la pieza ‘Transiciones neuronales’ (2013) sea una suerte de conclusión de las indagaciones hechas con la ‘orfebrería’ de una década atrás. Es una obra en la cual es posible apreciar aportes del modernismo de los 50, en particular de David Smith o Henry Calder, pero revisitados por una artista en plena madurez.

La muestra cierra con los trabajos sobre piedra de Huagamanga como ocurre con La col o el libro con el cerebro tallado, para establecer un paralelo entre las formas de ambos. Y, finalmente, los botiquines. Herméticos, cerrados con piezas antiguas, como una laboratorio que condensa las curaciones del cuerpo y que constituye la mejor metáfora de todo aquello que hemos experimentado en un recorrido que demanda reflexión al espectador.

 


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