martes 16 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2398

13/Ago/2015
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre InternacionalVER
Acceso libre PersonajesVER
Acceso libre EntrevistasVER
Acceso libre CorrupciónVER
Acceso libre EconomíaVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre TurismoVER
Acceso libre DeportesVER
Acceso libre TeatroVER
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Columnistas
Acceso libre Luis E. LamaVER
Acceso libre China TudelaVER
Sólo para usuarios suscritos Harold Forsyth
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

No se Queda Así

1 imagen disponible FOTOS 

Solo un cataclismo político podría impedir que el 28 de julio de 2016 ocurra una pacífica transmisión del mando supremo de la nación, por cuarta vez consecutiva, en un evento cuyo más cercano antecedente es la llamada república aristocrática, nombre con el cual el maestro Basadre bautizó al más largo período de estabilidad política que había conocido el país hace un siglo.

El corsi e ricorsi inexorable de la política peruana, por medio del cual transcurridos diez o quince años se produciría invariablemente una ruptura del orden constitucional, parece haber quedado atrás, al menos por ahora.

Pero eso opera solo en lo formal porque, de hecho, pueden darse situaciones en las que se mantiene la legalidad vigente pero se interrumpe el orden político establecido, lo que siempre puede verse estimulado por la carencia de un sistema de partidos sólido y por el agotamiento del proyecto político de las élites, lo que en buena cuenta se conoce como clase política.

Un claro ejemplo de lo anterior es lo ocurrido en las elecciones de 1990 en las que, con el mismo sistema constitucional vigente, el electorado propinó al orden establecido una especie de golpe, no militar pero sí electoral, con las consecuencias que todos conocemos. Son, finalmente, opciones parecidas.

Los movimientos españoles Podemos y Ciudadanos y el griego Syriza son claros ejemplos de lo que ocurre a nivel popular cuando las demandas ciudadanas no son satisfechas, con el consecuente debilitamiento del sistema.

Pero el Perú de 2015 está incomparablemente mejor que el de 1990, por lo que no parece fácil que los electores opten por un camino político que pudiera implicar retrocesos que hagan peligrar logros importantes.

No obstante, la cosa no es tan simple, ya que las principales opciones electorales tienen una identificación muy clara con el orden establecido y, por lo que se aprecia hasta ahora, constituyen salidas demasiado simétricas en las que no se encuentra el concepto de cambio, tan importante en todo proceso electoral. Por ello hay sectores ciudadanos que no se identifican con nadie.

Y es que al menú electoral pareciera faltarle cierta imaginación. Y todo esto se complica por la imperante cultura de escándalo, la percepción de corrupción generalizada, la desaceleración de la economía, el avance de la criminalidad, la falta de renovación de los actores y la tecnocracia permutable.

Cabe imaginar, entonces, aunque fuera como un simple ejercicio intelectual, que el proceso electoral que se avecina será menos maniqueo de lo que parece y que el electorado, a menos que las propuestas se revitalicen y puedan encarnar esperanza, imponga resultados capaces de plantarle cara al campo minado en que se ha convertido la política peruana. (Escribe: Harold Forsyth)

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista