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23/Dic/2014
 
 
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Bernd Zettel presenta vital, y sensual, novela: Purificación de Tomás, un relato de desarraigo y libertad. Aquí, suculento fragmento.

La Purificación de Zettel

Bernd Zettel
La llamada del conserje nos despertó cuando los rayos de sol ya lograban atravesar con fuerza las contraventanas. Nos encontrábamos apretados, con mi pecho fuertemente pegado a su espalda, mis piernas dobladas a la vez que las suyas, y mi brazo envolviéndola. Nuestra reacción al estridente ruido fue brusca, ella se sentó de inmediato al borde de la cama. Tardó solo un par de segundos en recapacitar y recuperar nuestra noche de vorágine sexual. Se volvió hacia mí, y aún medio sentada, giró y pegó su pecho al mío y me besó largamente. Nunca querrás a otra mujer, dijo, se levantó y desapareció tras la puerta del baño.

Aunque procuraba no fumar en ayunas, prendí un Marlboro, atónito todavía por la intensa noche. Me acababa de prender un segundo cigarrillo, cuando Puri se apareció en la habitación, duchada, peinada, perfectamente pintada, llevando una blusa verde y una falda blanca con ondulaciones hasta un palmo por encima de las rodillas. Mientras se ponía las sandalias de filudos tacones, se sujetaba con un brazo del armario. Doblaba una y otra rodilla, dejándome ver sus muslos y sus redondeadas pantorrillas. Apagué el cigarrillo y obedecí su orden de apurarme, ¡que tengo que pillar el tren a Sevilla! Para ganar tiempo, no me afeité y me duché sin jabonarme, total, tenía que regresar en moto a Barcelona e inevitablemente sudaría y llegaría mugriento.

Desde que despertamos apenas habían transcurrido poco más de veinte minutos y ya estábamos en la recepción del hotel para cancelar la habitación. Saqué cuentas, opté por usar la tarjeta de crédito que el recepcionista recibió refunfuñando mientras yo rogaba para que el sistema no la rechazara. Nos enrumbamos hacia Madrid en el Renault. No desayunamos. Hasta ese momento no habíamos hablado más que de lo práctico e indispensable, aunque sí dialogamos intercambiado esas miradas que le dan rienda suelta a la locuacidad de los ojos, más sinceros, directos, claros que la voz.

Ella iba conduciendo esta vez. Lo hizo con prisa, con buen estilo, pero poca prudencia. Paró en la plaza Castilla, junto a la parada de autobuses, y un policía le hizo señas que allí no podía quedarse. Hizo caso omiso a las advertencias y el guardia comenzó a acercarse, con la lentitud y prepotencia de los insignificantes cuando ejercen poder. Me bajé rápidamente del coche y nos estiramos para darnos un beso a través de la ventana abierta. ¿En qué quedamos?, logré preguntar ante la inminencia de la llegada del policía. Deséame suerte con lo de la consultoría. A ver si consigo ese trabajo, sería más independiente, y aunque viajaría con frecuencia, podría trabajar desde casa, también desde tu casa. Trataré de visitarte el sábado en Barcelona, dijo mientras volvió a poner en marcha el motor, agregando que me llamaría.

Ed. Mesa Redonda

La obra, publicada por Ed. Mesa Redonda, es la segunda novela del autor de Lima la fácil.

Hizo chirriar los neumáticos para salir disparada cuando el policía ya estuvo a la altura del coche. ¡Vaya genio el de su novia! El policía se había dirigido a mí, pero yo me encogí de hombros: no tenía intención de comentar el carácter de mi pareja con un desconocido. Pero, sí, tenía razón: ¡Vaya genio!

Entré en Rodilla para desayunar un café y un sándwich de queso. Antes de bajar a sacar la moto del aparcamiento, salí a fumar un cigarrillo, el mejor del día, el que se fuma después del primer café. Me quedé viendo la pequeña huella que había dejado el Renault de Puri al arrancar intempestivamente, y sentí una punzada aguda en el estómago, extraña expresión de dolor por haberla visto partir, de ansias por verla lo más pronto posible.

Saqué la moto del garaje y emprendí el camino de retorno. Dejé atrás el tráfico de las inmediaciones de Madrid y puse a trotar la Honda por la Nacional II. Divagaba, mientras mis ojos percibían automáticamente la línea blanca intermitente del centro de la carretera. Lo tenía claro: es una mujer posesiva, temperamental, astuta, con genio imprevisible, pero también es llamativa, risueña, cariñosa, optimista, inteligente. Tras la visera del casco dibujé una sonrisa: sobre todo es increíblemente sensual, cada uno de sus movimientos provoca, es dócil, maleable, voluntariosa, inventiva, intuitiva, ardorosa, apasionada y tierna, frenética y suave, y es de orgasmos muy fáciles. Todavía sonriendo concluí que poco importaban sus suspicacias y brotes temperamentales, su erotismo lo opacaba todo.

Llegando a los puertos de montaña, me volví a concentrar en la conducción. La moto te conoce a ti, como tú la conoces a ella. Responde a cada contracción de tus músculos, a cada destello de tus nervios, copia fielmente tu mente. Me hizo algunos extraños, tembló en la entrada de alguna curva, tuve que forzarla a mantener el rumbo en varias ocasiones. Decidí bajar la velocidad, ampliar mucho más el margen de seguridad.

Me había detenido varias veces en el camino para tomar cafés y fumarme unos Marlboro. Así llegué ya muy entrada la tarde a Barcelona. Mientras subía del garaje a mi apartamento, traté de llamar a Puri, para avisarle que había llegado bien. Me imaginé que estaría preocupada, pero ella tenía su teléfono desconectado. Le dejé un mensaje en su buzón de voz, a sabiendas de que en España casi nadie lo usa. Ya en casa me empecé a quitar la gruesa y pesada ropa para andar en moto, que fui dejando en el suelo mientras avanzaba hacia la ducha. Olía a pestes. Abrí el agua muy caliente, recosté mi espalda contra las baldosas, y dejé que el chorro me cayera sobre el pecho. Aunque la ducha era mi lugar predilecto para ordenar mis pensamientos, esta vez mi mente únicamente reflejaba la imagen de Puri. Me enjaboné, me enjuagué, casi no me sequé y fui directo a la cama, apenas atiné a acomodarme debajo de la sábana y me quedé dormido de inmediato.

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