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Deportes Las dudas y la especulación no distrajeron a Nadal de su mejor costumbre: ganar Roland Garros.

Rey de la Tierra

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Rafael Nadal

Nadal solo ha perdido un partido de 89 jugados en Roland Garros: en el 2009 ante Robin Soderling.

"Try my best”, repite Rafael Nadal (28) una y otra vez en sus entrevistas en inglés. Muletilla o deficiencia en el vocabulario, no le faltan los recursos para expresarse con propiedad en una cancha de arcilla. Diez años después de su primer título de Grand Slam en París, estaba de vuelta en la final sin una gran antesala y con molestias físicas latentes. Al frente, su principal rival, el que tiene los medios para desarmarlo en cualquier escenario. Así lo ha hecho en 12 de las últimas 19 oportunidades, pero no en Roland Garros.

La tradición se acerca a su fin cada año, pero nunca ocurre. En el choque número 42 de la rivalidad Nadal-Djokovic, el serbio anuló los planes de Nadal en el primer set, pero decayó en el segundo, víctima de la presión de Rafa y de su propio cansancio. Cuando el partido se hizo más físico, los nervios traicionaron a ambos, pero Djokovic nunca pudo recuperar la ventaja. Rafa ganó su noveno Roland Garros, conservó el número 1 del mundo y se puso a tres títulos de Grand Slam del récord de Federer (17). El tiempo todavía está de su lado.

A LOS GRITOS

Si Nadal y la arcilla están hechos el uno para el otro, sucede lo contrario con Maria Sharapova. Sus golpes planos no son la mejor opción para la superficie, y su deficiente movilidad provocó que, por años, Roland Garros fuera el gran vacío en su currículum. Ajena a las sutilezas de muñecas más finas, la tenista rusa practicó y disparó tanto que se transformó en una suerte de especialista. Completó el Grand Slam –los cuatro majors– hace dos años en París. Esta vez, sin Serena Williams en el camino, repitió el plato ante Simona Halep –una de la nueva generación–, en una final más entretenida y reñida que la de los chicos. ¿Aperitivo? Nunca más.

 


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