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30/Ene/2014
 
 
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Mensaje Ético

Acaba de emitirse, por el más alto tribunal de justicia del mundo, un fallo claramente favorable al Perú, lo cual es un motivo de honrosa satisfacción para todos los peruanos y ha estimulado un regocijo patriótico casi sin precedentes en nuestra historia.

Mucho se ha dicho, y con amplia autoridad, sobre los alcances jurídicos y políticos del veredicto, por lo que me abstendré de abundar en estos temas. Pero hay un hecho colateral que sí debe llamarnos la atención y que tiene que ver con el inusitado clima de unidad que vive el Perú al cual se ha referido el Presidente de la República y que es preciso enarbolar como una extraordinaria consecuencia directa del proceso de La Haya, tal vez de una importancia similar al fallo mismo.

Los peruanos, como pueblo, no nos caracterizamos por nuestra vocación de unidad, lo que se debe, tal vez, a las enormes disparidades sociales, económicas y culturales que tipifican el tejido social del Perú. De allí la terrible frase “el peor enemigo de un peruano es otro peruano”.

Vivo el recuerdo del enfrentamiento entre Huáscar y Atahualpa, la ambivalencia de las clases dirigentes en la emancipación, nuestras dudas y resquemores en abrazar al unísono la causa de la independencia, nuestros enfrentamientos antes y durante la guerra del Pacífico y la constante lógica virreinal de las élites vigente hasta nuestros días, constituye una sorpresa admirable que los peruanos hayamos sido capaces de sentirnos como un solo pueblo.

Obviamente, si queremos encarar el futuro con confianza y forjar un país grande tenemos que hacer un esfuerzo sostenido por acortar nuestras diferencias. Eso implica, por lo pronto, aceptar y promover nuestra condición de país multicultural y asumir este hecho como un extraordinario valor agregado de la cultura peruana, porque las disparidades culturales son mucho más difíciles de vencer que las sociales y económicas.

Hace algún tiempo cayó en mis manos un hermoso ejemplar del libro “El Perú en el primer centenario de su independencia”, editado con motivo de las fastuosas celebraciones que se organizaron para conmemorar tan magna fecha, y faltan sólo 7 años para llegar al bicentenario. Eso hace necesario que seamos capaces de forjar una visión que incluya las grandes metas colectivas y defina qué país queremos lograr en 2021.

Y esto va más allá de los objetivos macroeconómicos y estadísticos. Nos referimos, más bien, a la necesidad de fomentar vínculos solidarios entre nosotros mismos y de evitar, a cualquier precio, que los avatares de la vida política estimulen una cultura disolvente, tema en el cual somos especialistas.

En todo caso, el ejemplo de La Haya es sobrecogedor. El pueblo peruano ha sido capaz de unirse en torno a un sentimiento colectivo y cabe apostar por que este episodio inédito sea la base de nuestro superior destino. (Por Harold Forsyth*)

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(*) El autor es Embajador del Perú en los Estados Unidos de América)

 


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