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El General Giap

Gustavo Gorriti - Canabis
A principios de este mes murió el general Vo Nguyen Giap. Tenía más de cien años de edad (102, quizá 103) cuando se le apagó la vida. Sucede a veces. Él, que vio morir decenas de miles de jóvenes en batallas terribles. Que aceptó la muerte de más de tres millones de personas en las guerras que luchó y venció en Vietnam, sobrevivió hasta a su recuerdo.

Cuando leí la noticia de su muerte, pregunté a varias personas qué sabían de él. La respuesta fue caras en blanco, lo cual en realidad no es para sorprenderse. Hasta en su propia nación, Giap fue en sus últimos años, como expresó el obituario del New York Times, “el recordatorio vivo de una guerra que es historia vieja para los vietnamitas, muchos de los cuales nacieron después de que aquella terminara”.

Giap fue uno de los grandes generales del siglo XX. Entre 1940 y 1979, las fuerzas comunistas vietnamitas bajo su mando directo o su supervisión, derrotaron a los japoneses, vencieron a los franceses, prevalecieron sobre los estadounidenses, destruyeron la fuerza armada sudvietnamita, invadieron Camboya y barrieron al Khmer Rouge, y finalmente resistieron una invasión de China y contragolpearon hasta expulsarla.

Uno pensaría que se puede ser autodidacta en muchas cosas, pero no en el arte militar. Sin embargo, eso fue Giap, un joven profesor de historia y periodista hasta que Ho Chi Minh descubrió su talento. “La única academia que he tenido ha sido la selva”, diría luego Giap.

En su notable libro publicado en enero de este año (‘Invisible Armies: An Epic History of Guerrilla Warfare from Ancient Times to Present’) Max Boot recalca que, igual que otro sorprendente autodidacta en estrategia militar, T.E. Lawrence, Giap fue un ‘soldado genial que se enseñó a sí mismo’. Estudiante apasionado de la Historia, Giap citaba los textos de Lawrence como su “evangelio de lucha”, además de haber logrado un conocimiento erudito de las campañas de Napoleón.

Ho Chi Minh y Giap se formaron bajo la influencia de la cultura francesa, pero sufrieron su más brutal expresión colonial. La exesposa de Ho murió en una cárcel francesa; y la esposa, la cuñada y el padre de Giap fueron torturados hasta la muerte por las autoridades coloniales francesas en 1940 y 1947.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, Francia decidió mantener sus colonias a toda costa y costo. Ante la insurrección en Indochina, envió a sus mejores soldados para sofocarla. Luego de los primeros años de intensa lucha y continuo desgaste, los militares franceses buscaron atraer a las tropas de un ya destacado Giap hacia una batalla de grandes unidades, donde confiaban que su superior capacidad militar les haría relativamente fácil barrer a los insurrectos del entonces llamado Viet Minh.

En medio de la selva formaron una base a la que solo se podía llegar y abastecer por aire, un sólido grupo de varios fuertes con nombres de mujer y formidable equipamiento. Las mejores unidades de paracaidistas, entre ellas el regimiento del legendario Marcel Bigeard; y la Legión Extranjera tomaron posiciones para tentar al general Giap a presentar batalla.

Giap había aceptado el reto desde que supo de los planes franceses. En una de las mayores proezas logísticas de todos los tiempos, decenas de miles de soldados y campesinos transportaron a través de la selva, pieza a pieza, la artillería que China y la entonces URSS habían entregado al Vietminh; y mientras sus zapadores avanzaban excavando túneles hasta las primeras líneas francesas, un sistema logístico de hormigas concluyó en el asedio inesperado de los fuertes franceses, con un potente anillo artillero y las mejores tropas del Viet Minh, dirigidas por un espartano, intenso general Giap.

La batalla de Dien Bien Phu comenzó en marzo de 1954 con el ataque de Giap. Hubo prodigios de valor por ambos lados, como el desesperado contraataque de los paracaidistas de Bigeard, para recapturar el fuerte (no es broma) Eliane I. En pocas horas, como relata Boot en su libro, Bigeard perdió la mitad de su unidad y recapturó por corto tiempo la altura. Ni un solo Viet Minh se rindió. “¡Qué maravillosos combatientes, estos hombres entrenados por Giap!”, recordó luego Bigeard.

Ocho semanas después, el 7 de mayo de 1954, la guarnición francesa de Dien Bien Phu se rindió. Fue la última gran batalla de una potencia colonial por mantener sus dominios y concluyó en total derrota.

El libro clásico de Bernard Fall: “Street without Joy” (no he visto traducción al español) relata, documenta y explica esa derrota. En sus batallas de Indochina, Francia sufrió más de 90 mil bajas (y otras 27 mil de naciones francófilas). Las tropas de Giap, por su lado, perdieron un cuarto de millón de soldados, 25 mil de los cuales solo en Dien Bien Phu. Pero vencieron.

Los franceses se retiraron, entraron los estadounidenses y la guerra se prolongó, con mucho mayor intensidad y costo humano hasta el triunfo final de Vietnam del Norte y la unificación del país en 1975. A lo largo de esos años se acusó a Giap de haber lanzado ofensivas militares apresuradas, en por lo menos tres oportunidades, en las que tuvo que retirarse con grandes bajas, sin el resultado que buscó.

La ofensiva del Tet, desde fines de enero de 1968, sin embargo, aunque fue un contraste en cuanto al terrible costo en bajas que sufrió Giap, concluyó en una victoria psicológica: Estados Unidos decidió retirarse y ahí se decidió el curso de la guerra.

El costo de la victoria fue, para Vietnam, de más de tres millones y medio de víctimas en todas sus guerras.

Luego, vino la paz, las reformas económicas, que el ya anciano Giap aplaudió. Se abrieron maquilas y los nietos de los héroes de Dien Bien Phu pudieron confeccionar, por ejemplo, zapatillas Nike en largas y baratas jornadas laborales.

Había mucho terreno que recuperar. Según dijo el propio Giap en 1989, en cita del New York Times: “Nuestro país es como un enfermo que ha padecido (la enfermedad) por un largo tiempo. Nuestros países vecinos progresaron mucho mientras nosotros estábamos en guerra”.

Me pregunto si Giap alguna vez pensó en si aquel inmenso sacrificio había valido la pena. Casi no hay general en guerra que no haya tomado repetidamente decisiones que suponían mandar a sus jóvenes soldados a la muerte. Por cientos, por miles, decenas de miles o cientos de miles, como sucedió en algunos campos de batalla en la Primera Guerra Mundial. Y a veces, a pesar de eso, el soldado adora a su general y recibe con emoción la orden que lo envía al matadero.

Extrañamente, los dos jefes paradigmáticos de Dien Bien Phu: Giap y Bigeard, que vivieron tan cerca de la muerte entonces y después, alcanzaron notables longevidades: 102 años Giap y 94 Bigeard. Y me parece, no creo equivocarme, que ambos disfrutaron sin culpas ni ambivalencias su vejez. (Escribe: Gustavo Gorriti)

 


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