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Extracto de “El Día del Relámpago” (Planeta) con que el español J. J. Benítez cierra serie “Caballo de Troya”.

La Última Cabalgata

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Con más de cincuenta títulos a cuestas, varios de ellos con tirajes de hasta tres millones de ejemplares, J. J. Benítez (Pamplona, 1946) visitó Lima para presentar el tomo final de su célebre y discutida serie sobre la Operación Caballo de Troya: oficiales de la Fuerza Aérea de EE.UU. viajan en el tiempo para conseguir una muestra del ADN de Jesús. En esta última entrega, El Día del Relámpago, la misión retorna a la tierra en 1973. Benítez, que afirma que su relato se basa en hechos factuales, deja en manos de sus lectores la decisión sobre si creer esto o no. “Y ya no pienso pelear más al respecto. Pero que pasó, pasó”, afirma.

Aquel miércoles, 4 de julio (1973), todo volvió a oscurecerse. El dolor regresó, y sin piedad.

La hematemesis (vómito de sangre) se hizo intensa. Fue una sangre negra, de claro origen gástrico, precedida por una tos sospechosa y extraña. Las heces también eran negras, como el alquitrán.

No tuve dudas.

La sangre estaba siendo digerida.

El diagnóstico, a mi entender, parecía claro: era víctima de una hemorragia digestiva. Mal asunto...

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“Si pretendía escribir sobre lo que habíamos vivido en la Palestina de Jesús de Nazaret, era necesario volver a la base de la Fuerza Aérea. Tarde o temprano se enterarían de que me hallaba vivo...”.

Si era lo que suponía, y si deseaba salir con vida, no tenía otra alternativa que ponerme en manos de los médicos, y con urgencia.

Lo vi claro en cuestión de minutos...

Para cumplir el gran objetivo, si pretendía escribir sobre lo que habíamos vivido en la Palestina de Jesús de Nazaret, era necesario que volviera a la base de la Fuerza Aérea en Edwards (California). Tarde o temprano se enterarían de que me hallaba vivo...

Además, estaba el asunto de la «perla». Para desencriptar y conocer el contenido no tenía más remedio que acudir a la tecnología de Caballo de Troya. Solo así podría «abrir» el «DR».

En Edwards, por supuesto, podía ser atendido por los mejores médicos y especialistas.

Eso haría.

Y me pregunté: ¿por qué sentía temor? ¿Por qué me preocupaba el ingreso en Mojave?

Traté de serenarme.

Yo había cumplido mi parte. Nadie podía reprocharme nada.

Contaría la verdad...

Y el Destino, supongo, sonrió, burlón...

Marcos y los beduinos no tardaron en percatarse de mi precaria situación. No fue posible evitar los vómitos de sangre. Me sentía nuevamente débil. Casi no me tenía en pie.

Y el árabe hizo los preparativos. Me trasladaría de inmediato a un hospital.

Digo yo que el cielo me iluminó y conseguí convencerlo para que, antes que nada, me permitiera hablar con la embajada de mi país en Ammán, la capital de Jordania. Marcos aceptó. Eso nos pillaba de camino hacia el hospital.

No hizo preguntas.

Lo agradecí.

Y a media mañana, a lomos de mulas, divisábamos la población de Mathlütha. No hubo forma de contactar con la legación norteamericana. El único teléfono de los badu no funcionaba. Marcos decidió. Nos desplazaríamos, en vehículo, hasta Ammán. Era lo más sensato. Allí hablaría con la embajada.

En Mádabá tuvimos que cambiar de transporte. La vieja camioneta, alquilada en Mathlütha, era un suplicio añadido. Se detenía cada kilómetro...

Finalmente, bien entrada la tarde, nos detuvimos frente a la embajada USA en Ammán. Simulé que me hallaba mejor y rogué a Marcos que regresara al Mujib. En la embajada me atenderían.

Fue una despedida breve y emotiva. Y comprendí mejor al Maestro: las despedidas no son buenas...

«Regresaré», le dije.

El buen árabe asintió con la cabeza. Quiso sonreír, pero no lo logró. Dio media vuelta, entró en el vehículo y arrancó a toda velocidad.

En esos instantes no imaginaba que Marcos se convertiría en un hombre clave a la hora de la transmisión de mi legado. Pero eso sucedería algún tiempo más tarde... (10)

El pulso aceleró. Y la frecuencia superó los 110. No supe si se debía a la pérdida de sangre o a la lógica agitación, al responder a las preguntas del policía militar que me interrogó.

Mostré la placa metálica. Me identifiqué y, tras un par de llamadas telefónicas, la maquinaria USA se puso en movimiento. El mismísimo embajador se colocó al frente de la operación de rescate de aquel explorador. Dean era discreto y eficaz. Había sido cónsul en el Congo Belga y embajador en Senegal y Gambia. Sabía qué hacer...

Vereker, la esposa, se desvivió por aquel compatriota enfermo y perdido...

Siempre estaré en deuda con ellos.

Ya anochecido, una ambulancia, fuertemente escoltada, me trasladaba a la frontera con Israel. Allí, en el puente Allenby, fui sedado. Mis recuerdos son confusos...

Nos dirigimos al sur. Vi los carteles de la ciudad de Be’er Sheva. Después nada. Quedé dormido.

Cuando desperté me hallaba en la cama de un hospital.

Interrogué a las enfermeras que entraban y salían, pero ninguna respondió. Solo lo hacían con interminables sonrisas

(...)
Tras el ingreso en el hospital de la base judía (?), todo fue de «primera clase»: rápido, positivo y amable.

Fui sometido a las correspondientes analíticas y a primera hora de la tarde del jueves, 5 de julio, entraba en quirófano. No disponía de historia clínica y eso complicó, al principio, el diagnóstico diferencial. Los médicos sospechaban cuál era el problema, pero no tenían una seguridad total. Podía tratarse de una úlcera péptica o quizá de varices esofágicas.

Un médico joven y negro quiso tranquilizarme. «Estas intervenciones —susurró— las hacemos doscientas veces al día... ¡Ánimo!»

Mentía, pero lo agradecí.

(...)
Tras el desayuno me vi sorprendido con la visita del general Curtiss, jefe de Caballo de Troya. Vestía de uniforme. Lo acompañaban dos directores del proyecto y un tercer hombre, de paisano, al que no conocía.

Permanecieron unos segundos en la puerta, desconcertados.

Comprendí.

Aquel mayor no era el que habían despedido el 10 de marzo (1973), cuando se llevó a cabo el segundo «salto» en el tiempo (14).

Lo sabía bien. Mi aspecto era el de un anciano.

Caminaron despacio hacia la cama, sin dar crédito a lo que tenían a la vista.
No sonreí. No lo merecían. (Escribe: Juan José Benítez)

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