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18/Abr/2013
 
 
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En las narices de todo el mundo, y en especial de esta parte del continente, el fallecido comandante Hugo Chávez dejó las órdenes para perpetuarlo por sobre la voluntad de su pueblo y así hoy en día el registro electoral organizado por él dictaminó el triunfo de su candidato, el poco carismático Nicolás Maduro, sobre el joven candidato de la oposición, Henrique Capriles, que levantó a pulso su candidatura hasta amenazar muy, muy de cerca la candidatura oficial, superándola. Capriles supo levantar su candidatura y hacer tambalear la oficial, que habrá tenido que inventar malabares para no aparecer perdiendo, cosa que los oficialistas tratan de impedir a toda costa. Este es uno de los fraudes más conocidos en América Latina.


Esa es la desdicha de los dictadores: creen tanto en sí mismos que son capaces de fraguar una reelección. Así casi ocurre en el Perú, cuando Fujimori trató de hacerse reelegir. Pero gracias a Toledo y la marcha de los 4 Suyos el pueblo peruano se lo impidió.


Ahora todos los que observamos con preocupación lo que sucede en Venezuela, miramos a ese país y constatamos la fragilidad de los gobiernos autoritarios, que parecen fuertes en un momento pero que resultan enormemente débiles apenas se les pone a prueba. Ni Chávez, con todo el poder que tenía en las manos gracias a los petrodólares, habría podido perpetuarse como era su deseo. Lo malo es que deja detrás suyo la descomposición creada por él.


Lo que sin duda hizo en su momento Chávez fue preguntarle cómo durar a los hermanos Castro, que llevan sesenta años en el poder. Pero lo que le hayan dicho no sirve para otros.


Ha muerto Armando Villanueva, el longevo líder del APRA, cuya vida y trayectoria es un ejemplo para su partido, por más que puede haberle cabido oportunidades para arrepentirse. Tuve el privilegio de conocerlo: fue en el departamento de mi padre en Buenos Aires, expreso, aprista y deportado como él, cuando saliendo del Panóptico llegó a la capital argentina y visitó nuestro hogar. Era entonces un hombre bien plantado, al que las ropas parecían hechas para alguien con veinte kilos menos. Macilento, como que había salido recién de la prisión ordenada por Odría, de pocas palabras pero conversador después de todo, también como quien acaba de salir de un encierro injustificado. Era un hombre de batalla, y rápidamente se granjeó la simpatía de los miembros de mi familia, hasta de mi madre que no era muy afecta al partido. No lo volví a ver más por entonces salvo a la muerte de mi padre en que estuvo presente en el funeral primero y en el cementerio luego. Después, cuando García inauguraba su primer gobierno, Villanueva me llevó hasta él y me lo presentó. Luego he seguido sus pasos en la política peruana, sin mayor acercamiento ni de mi parte ni de la suya. Hoy que se ha ido, lamento su fallecimiento porque él fue siempre un pilar del aprismo, modelo de honestidad como lo fue mi padre. ¡Adiós, Armando!


Así se va construyendo la historia de los partidos políticos peruanos, con líderes importantes que en un momento se van de baja. Hoy que vemos el actual Parlamento, lamentamos que muchos de los mejores de antes ya no participen ni estén para al menos iluminar el camino con su buen ejemplo. Podría hacer una lista, pero sería larga y ocuparía todo el espacio que tengo destinado.


Los auténticos políticos deberían provenir de la universidad, o de las fuerzas laborales, que están al tanto de lo que sucede en la calle. ¡A ver, menciónenme uno solo!


Hay gente que se prepara para figurar, como el señor Malson Urbina, del que me he ocupado. Tiene el aplomo y la sonrisa cachacienta de aquellos que están dispuestos a ir hasta las últimas consecuencias para lograr un lugarcito en la sociedad. Me sentaré en la acera para verlo prosperar y conocer a quienes lo manipulan, que son varios evidentemente. Ese juez se las trae, sin duda. Y de repente no hay nadie que lo manipule, sino que es él mismo, gran manipulador de la opinión pública. Porque parece imposible que un magistrado como él actúe con tanto descaro y que se ufane de sus logros. Para eso deberían estar actuando los mandos intermedios de la legislatura. Para pararle los machos, digo. (Por: Augusto Elmore)

 


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