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18/Abr/2013
 
 
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Alfredo Barnechea

Mírame, Lima

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Morgana Vargas Llosa, Jaime Travesán, con la dirección de David Tortora, retrataron en sugerente exposición los mil y un oficios de la metrópoli limeña.

Leí hace años, no sé dónde: el primer jardín lo hizo Abel, y la primera ciudad la hizo Caín.

Pero las ciudades son también oportunidades de encuentro, celebraciones del futuro.

¿Cuál de las dos acepciones suscribirían los limeños de hoy? O los que viven en Lima, ya que una gran parte de quienes vivimos en la ciudad no nacimos en ella ni nos reconocemos, por supuesto, “limeños”.

Las imágenes de Lima que nos han llegado del pasado no han sido del todo edificantes. En 1964 Sebastián Salazar Bondy publicó lo que era, digamos, un ensayo sobre el criollismo, que tituló Lima la horrible. Lo había tomado de César Moro, el gran poeta surrealista que, antes de sumergirse como profesor en el Leoncio Prado, donde lo encontró el cadete Vargas Llosa, había tratado de huir a París y a México.

Mucho antes que Moro, Humboldt y Darwin la encontraron desagradable. Un marino mercante norteamericano desembarcó en ella en el siglo XIX, sin duda en una noche de invierno, y no la encontró precisamente encantadora. En la novela mítica que escribiría después, Moby Dick, Herman Melville dijo que era una de las ciudades “más extrañas y más tristes”: “the tearless city”, la ciudad donde nunca llovía. Poco más tarde, Benjamin Vicuña Mackenna dijo que Lima era una “ninfa del ocio”. Probablemente no era un elogio –lo que no le impidió aconsejar a las tropas chilenas qué libros robarse de las bibliotecas.

Quizá esa ciudad de la leyenda negra, de espaldas a su Hinterland andino, era una ciudad más cerrada que la de hoy, que es el resultado de una larga migración desde ese Hinterland. Una migración que comenzó, sostenidamente, hacia 1940, y que constituyó, dijo alguna vez Basadre, la única verdadera revolución peruana que tuvimos. Puso cara a cara las dos mitades del Perú, costa y Andes, cuyo diálogo inmemorial forma el corazón de la civilización peruana.

Los migrantes reprodujeron en la ciudad por supuesto todos sus atavismos: sus comidas pero también sus clubes, sus orquestas y, cómo no, sus cofradías. No se apoyaron en el Estado, que los ignoraba, sino en todas esas fraternidades, y sobre todo en las familias: la red primordial de soporte de todos los migrantes del mundo.

El producto es una urbe inmensa, una de las grandes ciudades del mundo. No tan grande como Tokio o México o Sao Paulo, pero en una liga cercana a Londres y París.

Un auténtico melting-pot, o crisol de razas y culturas. Una ciudad que, más que una ciudad, es más bien una suma de ciudades. Acaso una ciudad sin centro, de guetos diversos, a la que las redes sociales proveen, ahora, de aquello que también son: un poderoso instrumento para la tribalización.

¿Cómo, a través de qué instrumentos se produjo ese meeting-pot? Los recién llegados se encontraron en el bazar, como en el Medio Oriente: fue la economía informal la que abrió las compuertas. La educación, a menudo también informal, prolongaría esa expansión. Se reprodujo por esas vías el progreso intergeneracional que el Perú formal había obstruido.

Al mismo tiempo, entonces, que una ciudad sin centro, des-configurada, la ciudad proyectó una explosión de creatividad.

Había ya muchos estudios escritos de este proceso, pero tal vez faltaba un persuasivo documento visual que retratara ese crisol. La magnífica exposición de Morgana Vargas Llosa y Jaime Travesán, con la dirección de David Tortora, Mírame, Lima, cubre ese vacío.

Son precisamente cincuenta retratos de familias, que representan los mil y un oficios que tiene una metrópoli. Están retratados, y la elección es muy inteligente, con todos sus instrumentos: los de esos oficios, los de sus aficiones, los recados y vejestorios que trajeron de la provincia. Sus cosas materiales. Como si quisieran seguir las recomendaciones de Fernand Braudel, que destacaba la importancia del estudio de la vida cotidiana, y por eso publicó sus estudios sobre capitalismo con el título agregado de “civilisation matérielle”. “Sigo siendo un historiador de origen campesino y lo digo con orgullo”. Tal vez algo muy pertinente para hablar de Lima.

La exposición no solo sigue, acaso sin saberlo, a Braudel, sino también a la gran pintura holandesa del XVII. Ese mundo de naturalezas muertas, de pescados frescos, carnes, licores, todo lo que se encontraba en Ámsterdam, el mercado más competitivo de su tiempo. Y rodeados de todos los utensilios, cortinas, enseres, lujosos o sobrios, de sus habitantes (porque esa pintura no pintó solo a las élites ricas sino a modestos burgueses, de lo que se llamaría después las clases medias). La exposición tiene la riqueza visual, la suntuosidad, al mismo tiempo que la intimidad, de esas buenas pinturas. Además de una extraña calidad onírica.

Recomiendo vivamente esta exposición, primero como placer simple, el fin primordial de toda buena exposición, y luego como reflexión de qué somos, o qué hemos terminado siendo.

Muchos en México, Samuel Ramos por ejemplo, querían descubrir una “esencia”, pero Octavio Paz les recordó con El laberinto de la soledad que no había propiamente una esencia sino una “historia”: gente en movimiento. Más que solo la ciudad-capital, este es el país que somos: multicolor, megadiverso, un poco caótico pero interesante.

Recorriendo las sugerentes fotografías, destella de ellas una luminosidad, una alegría. No la neblina limeña, sino una luz de veranos. La luz de una ciudad reconciliada al fin, no por un proyecto político sino por la fuerza de la demografía, con su Hinterland andino. Ojalá que fuera la adivinación de un futuro, una casa por fin común.( Por: Alfredo Barnechea)

 


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