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Alfredo Barnechea

Colombia

Barnechea-(4)
Colombia. El riesgo es que quieras quedarte…

Caí, otra vez, bajo su influjo. Una noche en Bogotá y unos días en Cartagena bastaron para renovar el encanto, para volver a sentir la fuerza, el color, la magia del único país cuya cultura es a la vez andina y caribeña.

Conozco muchos de sus rincones. Curiosamente me falta el Socorro, donde surgió en 1780 la rebelión de los comuneros y de donde salió, muy joven, uno de mis tatarabuelos para guerrear en los ejércitos de la independencia, y así llegó a Ayacucho.

La noche en Bogotá le pedí a un amigo volver al lugar donde mataron a Gaitán, el 9 de abril de 1948. Entonces estalló el “bogotazo”. Ese evento partió en dos la historia colombiana del siglo XX: desde entonces la violencia fue, de verdad, la partera de su historia.

Se desarrollaba esos días en Bogotá la Conferencia Panamericana que creó la OEA. El jefe de la delegación venezolana era Rómulo Betancourt. Acababa de dejar la presidencia de la Junta Revolucionaria de 1945 y representaba al efímero gobierno de su tocayo Rómulo Gallegos.

Esta visita a Bogotá coincide con el regreso de Hugo Chávez a Caracas. Recuerdo entonces que a diferencia del reeleccionista Chávez, Betancourt anunció en 1964, al dejar la Presidencia, después de solo cinco años, que no volvería a postular a ella. La democracia no depende de hombres providenciales. Lección que conocían los colombianos. Hasta Uribe.

Quise volver a ver después la casa de Carlos Lleras Restrepo, en carrera 7 con la 70. Allí lo conocí en 1992, ya viejecito y con una voz casi inaudible, pero hablándome de la historia que había vivido como si fuese ayer. Fue el gran constructor del Estado colombiano. Ministro de hacienda de Eduardo Santos (1938-1942) y del segundo gobierno de Alfonso López Pumarejo (1942-1946), había representado a Colombia en tres grandes conferencias mundiales: la de Breton Woods, la de San Francisco cuando se creó la ONU, y en la que se creó la UNCTAD. Era, y sigue siendo, uno de mis íconos. Está en el grupo estelar de presidentes latinoamericanos del que forman parte su primo-sobrino, Alberto Lleras, creador del Frente Nacional, Figueres, Frei, Belaunde, y por supuesto el gran Juscelino Kubitschek.

Esa Bogotá que volví a ver a vuelo de pájaro es la Bogotá republicana. César Gaviria me recuerda siempre que era casi una aldea. “Colombia no creció sino en la segunda mitad del siglo. Nunca fuimos México y Perú”.

Luego, por invitación de un amigo, me alojé en Cartagena en una casa única. Aparte de una joya colonial, satisface los fetichismos literarios: en su balcón, García Márquez ubicó a Fermina Daza para que, desde la bella plaza al frente, Florentino Ariza leyera sus poemas de amor. Pasé de la Bogotá republicana a la Colonia en pocas horas.

La Colombia de hoy está sin embargo a leguas de distancia, a años luz, de ese pasado. Su tamaño es más o menos igual al del Perú, pero tiene 50 por ciento más de población. Tiene acceso a dos océanos. Si en 1903 no le hubieran cercenado Panamá, esta seguiría siendo colombiana. Esa es su dimensión estratégica.

Si comparo Colombia con Perú, tengo siempre la sensación que el Frente Nacional (1958-1974) creó un sistema de educación y uno de justicia que nos superan. Hay asimismo una calidad de la élite que no veo en Perú, por brillantes excepciones que haya.

Si uno mira el mapa de América Latina, ¿qué resalta? Por supuesto los países grandes: Brasil y México. Están en otra liga, en otra dimensión. Argentina debería estar con ellos: casi 3 millones de kilómetros cuadrados, inmensa riqueza natural, población que eliminó el analfabetismo en 1900. Pero los políticos argentinos se han empeñado en destruir valor desde Perón. Han puesto a su país en un limbo.
Quedan luego dos países muy interesantes, promisorios: precisamente Colombia y Perú. Si usamos bien nuestro presente, seremos dos países muy distintos a mediados de este siglo.

Paso un fin de semana con Juan Manuel Santos y le pregunto cuáles son sus grandes desafíos. “La paz”, me dice. “La paz siempre en Colombia. Y la creación de infraestructura, donde estamos atrasados”.

Santos ha devuelto a su país (e indirectamente al continente) un talante diferente al de Uribe. De alguna manera, el talante consensual del Frente Nacional. Representa aquello que hace unos años denominé como “centro progresista”.

En sordina, Colombia tiene un “problema de la tierra”: concentración, legalidad en la propiedad, después de tantos años de violencia, narcotráfico, paramilitares. Pero tiene una “resistencia” social, una fuerza institucional que promete futuro.
Pensaba por supuesto en mi país mientras hablaba con Santos. También tenemos que crear infraestructura. Es ahora el momento para hacerla, usando los altos precios de materias primas para financiar la competitividad de futuro.

Pensaba también en nuestras alianzas históricas de comienzos de las repúblicas. Hoy renovadas en una alianza moderna, como la del Pacífico. Las cuatro economías hacen dos Brasil, aproximadamente. Estamos colocados frente a la cuenca económica donde reside la mitad del producto mundial. Juntos somos un contrapeso a Brasil, y podemos así asociarnos mejor a él en la gran plataforma sudamericana. En ambos países es donde la clase media más ha crecido.

¿Qué nos falta? ¿En que nos saca ventaja Colombia? Colombia hizo reformas “no-económicas” durante el Frente Nacional. Incorporó por ejemplo a la mujer al primer plano. Se dotó de una afortunada gestión pública. Perú crece, exporta, está lleno de recursos, pero tenemos un déficit de gestión.

Mientras sobrevolaba con Santos en helicóptero los alrededores de Cartagena, y me hablaba de cómo veía su gobierno en la historia de su país, pensaba además otra cosa: largo plazo. Mirar lejos. Y grande. Así, la pregunta global es: ¿dónde estaremos parados, en el mundo, el 2030? Cuando aterrizamos, aterrizo también mis divagaciones: la política peruana carece de esa mirada de largo plazo. ¿No dijo el gran Riva-Agüero que la política peruana no era sino “pobre entremés, farsa sin ideal y sin mañana?”. Hay que cambiar esto. (Por: Alfredo Barnechea)

 


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