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Maldito el Ying y el Yang

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Ay, cholita, ¿por qué todo en esta vida tiene un lado bueno y otro malo? ¿Quién fue el huevón que inventó el ying y el yang, seguro en una pasada de vueltas de opio? Porque te digo, o sea, lo de ayer ya colmó toda mi santa y extensa paciencia. ¿Tú te imaginas estar sentada en tu deck de casa de playa, más precisamente en Totoras, confiadísima en la realidad porque desde que te instalaste ahí hace más de una década, pucha, tus vecinos eran gente conocida y como una (Jaime Althaus a un lado y el embajador de Francia al otro), y que de pronto de la segunda casa salga el grito de una mujer del Mercedes Cabello promoción 56, clamándole a alguien una respuesta a la pregunta de, “Jaqueline, ¿pechuga o pierna?”. Hija, en ese momento yo estaba escuchando a Stokhausen y llegué a pensar que eso que acababa de ocurrir había sido un efecto dodecafónico de mi músico preferido, pero cuando se repitió el grito, me levanté de la tumbona como si me hubieran dicho que Hugo Chávez se había curado gracias a los oficios de la Virgen de Chuquinquirá, me puse un pareo y me fui a la casa de al lado dispuesta a investigar, pero eso sí, con mis mejores modales, porque en tolerancia ahora no hay quien me gane, chola, no sabes. Bueno, paso a la terraza vecina y me encuentro con Jaime, que ni siquiera se había quitado las medias con que duerme (lo único que objeto en un hombre perfecto como él), tan sorprendido como yo, tratando de entender lo incomprensible. Pero el misterio se fue develando desde que vimos la decoración de la terraza que el nuevo vecino estaba aplicando, ya que el embajador había decidido vender la casa por la crisis europea, como si tuviera que ver una cosa con la otra, y se la había comprado –después me enteré– un primo de su chofer que tiene negocios de camiones que llevan y traen insumos para la minería, au nque ya un par de veces le han descubierto que dentro de las fresadoras se escurrían unos kilitos de coca que bue…, a nadie matan, y todo se arregló. Pero reina, la decoración. ¿Tú has visto en esas ferias navideñas donde compras los regalos para la muchacha, unas campanas de cerámica que cuelgan en círculo pero que se van haciendo cada vez más chiquitas y que cuando sopla el viento joden con un ruidito como si Mao te hubiera estado interrogando por sospecha de disidente? Bueno, ya me entiendes. De esas colgaban por lo menos doce desde el borde del techo de la terraza, pero además cada una pintada de un color distinto. Los muebles, qué te puedo decir: chinos pero con Ch gótica, o sea, sillones de plástico imitación ratán de esos en los que te sientas y te suda la raya del poto hasta hacer estalactitas, yo sé que tú me entiendes. Los cojines eran, uno de Mickey Mouse, otro de la Pata Deysi y el resto, de la Sirenita y las Princess. En la pared, al lado de un pez sierra de madera del tamaño del Titanic, el retrato de unos señores, tomados hace por lo menos medio siglo, ella con trenzas y él con los pómulos de Sayri Túpac, las fotos retocadas de modo que ambos tenían ojos azules y chapas rosadas y el marco era un cuadrado de madera pintado de dorado. Cómo te explico que Jaime y yo íbamos descendiendo a un letargo que corría el riesgo de hacernos perder la capacidad de reacción, hasta que apareció la autora del grito que desencadenó toda esta historia. Mezcla a Carmen Losada de Gamboa con el gorila de King Kong y la Doña Cañona del Risas y Salsa de nuestra infancia y te quedas corta. Estaba metida en un camisón de dormir de percala floreada lila con lila más oscuro que hija, se le adhería a una barriga tipo terma de cooperativa que era para caer privada. Patizamba, con sayonara rota pegada con esparadrapo, el pelo pegado de la almohada y una cara de protestona de La Parada que era para foto de informe de Los Angeles Times. La mujerona esa nos miró, se acomodó como pudo la barriga, ensayó una sonrisa y nos dijo, “ay, ustedes son los vecinos, ¿no? Qué pena que ahorita no les puedo invitar una cerveza, porque justo tengo que echarle el arroz al arroz con pollo. Pero pásense en la tardecita y les preparo un lonchecito”. Y se fue, así nomás, como si la vida fuera tan fácil. Jaime me miró con sus ojos glaucos medio abrillantados por un llanto que quería y no quería salir, y me lo dijo: “China, esto nos pasa por endiosar a Von Hayeck. Para la próxima temporada habrá que inspeccionar en las playas del norte, o recuperar Ancón”. Bueno, ahí está el ying y el yang, pues. ¿Querías igualdad de oportunidades y un crecimiento del PBI de Primer Mundo? Ahí lo tienes. Pero mira el paquetito con el que viene. En fin, pero regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

 


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