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20/Dic/2012
 
 
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La versión heterodoxa y sensible de una ciudad lúdica y asimétrica en Los hombres rana del poeta Rafael Espinosa.

Tierra de Nadie

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Espinosa: “El pensamiento genuino se basa en una experiencia corporal intensa acompañada de vacilación, y es en ese traspié que extrañamente puede surgir una idea nueva”.

En uno de sus brincos espirituales y críticos de esta sociedad que carcome, el poeta Rafael Espinosa escribió que “la mayor generosidad de los mejores de nosotros es no arrojar basura a la calle”, según aquellos koalas que asiduos a sus copas de eucaliptos bajan la mirada, mas no la voz. Autor de los libros Geometría, Pica-pica, Amados transformadores de corrientes, etc., no se desprende de esa observación visceral hacia el barullo colectivo de la urbe sino que se alimenta de ella para transformarla en poesía sobre lo lúdico que es despertar (o no dormir) en esta sociedad de metáforas informales. Donde observar es oler, raspar, ansiar.

No sorprende, entonces, que Espinosa haya nombrado este último poemario Los hombres rana (Álbum del Universo Bakterial, 2012). Manadas de humanos que urgen en impulsarse y aterrizar en puntos que, aunque esbozados en un mismo mapa, solo comparten entre sí las diferencias que los relacionan. La contaminación visual absorbiendo a sus observadores como un agujero negro cuya oscuridad se alimenta del marketing y de la indiferencia en las interrelaciones humanas. Paraderos, cibernautas o bizcochos chinos. Todos sumidos en una crónica urbana que rescata y se confunde con la inquietud por crear una historia común en donde rastreros o voladores puedan acceder a la capacidad de intercambiarse. Caminando por las bermas junto a un comedido pero circulante dialecto político que, lejos de imponerse, se desplaza por sus improvisados circuitos. Es de esa manera que “el alegato político se disfraza bajo un manto de trivialidad y desenfado, cuando no se reviste de extravagancia. Todos son recursos, poco empleados en nuestra poesía política, que parecen precisamente anular la protesta”, explica Espinosa.

Es así que Espinosa debió despojarse de fantasmas esenciales para poder pasar la página hacia otras páginas. Siendo la costumbre la más difícil de las contiendas para limitar esa aventura que más pareciera la creación de un cordón umbilical que lo alfabetiza con su vereda quebrantada, con la “angustia horizontal” del mar que se asoma desde su casa miraflorina o con el pudor de las hormigas que “ejercen su identidad local en sus palacios de troncos donde el tiempo es una rama de bonsái”. Todo lo que fuera un dibujo del “tuiteo interior” que vive de inventar formas para un paisaje que no es de todos, es de nadie. Los hombres rana es un corresponsal de catástrofes o virtualidades de personajes que llevan pendientes sin orejas, de autos que paran en luz verde y que pasan en luz roja o de peces que dibujan tornados y que forman ese todo que es el Perú, “con muchedumbre de pisos ecológicos que soportan el dolor de un número todavía mayor de brazos y piernas”. (Ailen Pérez)

Letanía Antiminera

Para mí es muy simple. Las lagunas están formadas por agua, el agua aparece poblada de bacterias, las bacterias, ciertos días acústicos, son arrojadas a la mente y crean poemas. Y se siente bien. Otras veces el mundo, cansado de una fase lineal, desea una pequeña catástrofe. Queremos ir a bañarnos. Queremos recordar que somos oscuros y trágicos, y que la zambullida, además de piedras con macrocefalia, nos conceda más años de vida. Es tan sencillo como amar y ya estar sumergidos, encadenados al destino de un autómata. Sin esa experiencia del tacto no existen bañistas, sin bañistas tiritando no sobrevive el júbilo, sin júbilo no suenan en los alrededores los pastos.

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