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Entrevistas

La Versión de Ketín Vidal

6 imágenes disponibles FOTOS 

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Guzmán le dijo a Ketín Vidal: “Podrán matarnos, pero las ideas quedan”. “No se equivocó”, opina el general.

La captura de Guzmán, la reacción de Montesinos y las lecciones para el presente.


“No dejemos que el tiempo borre los recuerdos”, pide el general PNP (r) Antonio Ketín Vidal Herrera (68). Los éxitos de 1992, y en especial, la captura de Abimael Guzmán, tienen su correlato con las reformas que se introdujeron en el transcurso de ese año en la Dirección Nacional Contra el Terrorismo (Dincote). Vidal asumió la jefatura de ese organismo en diciembre de 1991 y asegura que los cambios que realizó permitieron que el GEIN desarrollara su trabajo adecuadamente, atrapando al ‘Cachetón’. La historia, alega Vidal, es una sola y no puede olvidarse.

Las fotografías de Abimael Guzmán están desperdigadas sobre la mesa. El general Ketín Vidal las observa detenidamente. Lleva un sobretodo negro de espía y habla sin prisa, igual que siempre. Han transcurrido dos décadas, pero la memoria permanece intacta. Vidal recuerda que el sábado 12 de septiembre de 1992 la gente celebró en las calles y agradeció a la Policía. Todo el Perú evoca lo que hicieron en ese momento como lo atestigua el Facebook de CARETAS. Y todo cambió desde entonces, incluso para el propio Vidal. Hoy está enfrentado públicamente con algunos miembros del GEIN. El general se defiende apelando a sus recuerdos. Esta es su versión.

¿Cuál es su reflexión a 20 años de la captura de Abimael Guzmán?
–La captura de Guzmán para mí, ahora ya visto de forma retroactiva, es el comienzo del fin de una etapa muy difícil. A partir del 12 de setiembre de 1992 surgió la esperanza de que podríamos estar más unidos y construir un país mejor. Significó un antes y un después.

Lea: El Honorable Colegial – Caretas No.1396, 11 de enero 1996

–Usted fue nombrado director de la Dincote en diciembre de 1991. ¿Cómo encontró la unidad?
–Esa es una buena pregunta. Yo encontré a la Dincote en una situación precaria. No tenía ni un sol de presupuesto. Había un pequeño grupo de cuatro o cinco personas que después se ha venido a hacer famoso, el GEIN, que trabajaba de una manera muy esforzada, pero al mismo tiempo artesanal, sin recursos, sin equipos, sin ninguna calificación técnica. Entonces comprendí que había que replantear la estrategia de la lucha contra Sendero Luminoso y el MRTA. y por eso tomamos la decisión de reorganizar la Dincote.

–Pero los grupos Delta y las escuchas telefónicas funcionaban desde 1989. Eso significa que había todo un trabajo previo.
–Había ocho grupos de trabajo que se llamaban deltas, pero venían trabajando muy a la criolla. El esquema no respondía. Además de una mala organización, la Dincote carecía de lo más elemental para trabajar. Había un solo baño para 600 personas. No tenía ni grupo electrógeno, de tal manera que cuando se producían apagones, que eran casi a diario, el personal tenía que alumbrarse con velas, fíjese.

–¿Qué hizo usted?
–Se me ocurrió hacer un contacto con la empresa privada, que es representada por la directiva de la CONFIEP. Fui y les hice una exposición de poco más de dos horas y los empresarios quedaron sorprendidos y asustados de lo que significaba Sendero Luminoso en esos momentos difíciles y de lo que podría significar, sobre todo, si no se tomaban las medidas adecuadas más adelante. No era broma. Era una cosa complicada, difícil. Creo que a los mismos senderistas de repente les sorprendió el crecimiento tan rápido, ¿no? Les pedí que apoyen a la Dincote y ellos se comprometieron a hacerlo.

–¿Acaso no es cierto que la CIA norteamericana ya apoyaba a la Dincote desde antes que usted asumiera el cargo?
–Creo que existía un convenio con el SIN. Porque la CIA trataba con el SIN, como su par en inteligencia. El asunto es que nos apoyaban en la preparación, en la instrucción del personal. Eso sí es verdad.

–¿Y entonces qué logró usted, general?
–Adquirimos un sistema de comunicaciones independiente, propio, que no estuviera adicionado ni siquiera al de la Policía. Eso significaba que teníamos que tener, incluso, una torre en Chorrillos, por la necesidad de trabajar con mucha secretividad los operativos. Conseguimos equipos de walkie-talkies en cantidades necesarias para todo el personal. Porque antes se hacía vigilancia con señas. Transformamos la Dincote, incluso en su infraestructura, que era una cosa tan horrible. Convertimos una choza en un hotel cinco estrellas.

–¿Sin ese soporte se hubiera podido capturar a Guzmán?
–No sé, quizás de casualidad, pero no de una manera sistemática, planificada, profesional. Lo que hicimos fue vital para el éxito.

EL DÍA D

–¿Dónde estuvo usted cuando se intervino la casa de Surquillo?
–Estuve todo el día en el comando de la Dincote. Recuerdo que cuando se produjo la intervención escuché al mayor Luis Valencia gritar, pero no decía nada. Yo imaginé que de repente recibió un balazo. Llamé a Benedicto Jiménez y me dice: “¡El Cachetón, el Cachetón!”. Jiménez y yo nos fuimos volando en el mismo vehículo a Surquillo. Al llegar a la casa yo subí primero. Vi al técnico (Walter) Capa filmando. Ese es el momento en el que me acerco a Guzmán. ‘Soy el general Antonio Ketín Vidal, jefe de la Dincote. Le comunico que está usted detenido’, le dije. Él se paró, me alcanzó la mano y me dijo “Abimael Guzmán Reynoso”. Le dije: “En la vida se gana o se pierde. Hay que saber ganar y hay que saber perder”. “Sí”, me contestó y añadió: “Nos han detenido, puede detener a los demás, puede matarnos, no importa, pero lo que el pueblo tiene aquí (tocándose la sien) jamás lo van a borrar”. Parece que no se equivocó, ¿no?

–Ya usted ha dicho que ni el ex presidente Alberto Fujimori ni Vladimiro Montesinos supieron del operativo. ¿Cuándo y cómo les informó que Guzmán había sido capturado por la Dincote?
–Yo me adelanté y salí con Abimael Guzmán y Elena Iparraguirre. Subieron a mi carro. Éramos el chofer, un copiloto de seguridad y yo atrás con ellos dos. Por supuesto que estaban enmarrocados. Al poco tiempo de llegar a mi oficina en la Dincote, Canal 2 soltó el primer flash sobre la captura. Al rato me llama Montesinos para confirmar lo que vio por televisión. Le digo que es verdad. El se sintió muy mortificado y colgó el teléfono. Llamé a Palacio y me comuniqué con el edecán de servicio. Me avisó que el Presidente estaba fuera de Lima y que no era posible comunicarse con él, quizás a través del SIN. Como Montesinos ya estaba muy incómodo, le pedí a él que por favor lo llamara. Luego Montesinos se comunicó conmigo: el Presidente ya se había enterado. Lo que ocurrió después merece contarse: el entonces jefe del SIE (Servicio de Inteligencia del Ejército), coronel Alberto Pinto, apareció en mi oficina burlando la seguridad que pusimos. Entró asegurando que venía de parte del Presidente para llevar a Abimael al Pentagonito. Yo me opuse. Le dije que eso no iba a ser posible en cuanto yo era el responsable de la vida de Guzmán y lo invité a retirarse. Lo hizo.

–¿Por qué querían llevarlo al Pentagonito?
–No lo sé, pero en el trayecto podían haber pasado tantas cosas. Chocar contra un auto, accidentalmente. Guzmán podía morir. Las FF.AA. tenían su propia metodología que no coincidía con la nuestra. A Guzmán no se le puso ni un dedo. Fue un trabajo civilizado.

–¿No le resulta paradójico que en 1992 haya dos equipos, el GEIN y el Grupo Colina, buscando terroristas con diversos fines?
–La Dincote hizo inteligencia y el Grupo Colina no. La Dincote buscaba terroristas para capturarlos, no para matarlos. Para mí es una cuestión de formación profesional y humana. Cuando capturamos a Guzmán dejamos un mensaje claro: que no hace falta matar terroristas para lograr los objetivos y pacificar un país.

–Se ha dicho que usted ayudó a Montesinos a desactivar el GEIN.
–¿Quién salió primero de la Dincote? Yo, en diciembre de 1992. Me mandaron al huesero de la Policía Nacional, a la Inspectoría General como jefe. Ahí estuve tres años arrinconado y marginado. Marco Miyashiro, en cambio, se fue a trabajar a Chiclayo y él lo ha interpretado como un castigo, pero ese es un lindo sitio para trabajar. A Benedicto Jiménez, Montesinos lo llamó para trabajar en el SIN. Ahí trabajó un año como Director Nacional de Pacificación. Miyashiro volvió de Chiclayo y se incorporó a la SUNAT, fíjese.

–También lo han acusado de quedarse con parte de la recompensa que se le entregó a 80 miembros del GEIN.
–Yo doné mi dinero para los niños huérfanos de Ayacucho. El único testigo presencial fue monseñor Cipriani. Estaba allí en Ayacucho. Y él me escribe dos cartas que las tengo ahí. O sea, hay actas de la entrega total del dinero para esos niños huérfanos del terrorismo que muy poco se acuerda la prensa y la gente. Pero yo lo hice sin buscar ningún rédito. ¿Por qué se enteró la prensa? El Presidente nos convocó para felicitarnos públicamente por nuestro trabajo. ¡Y llega con unos costalillos de dinero! Yo renuncié a ese premio en mi discurso de agradecimiento y dije que en lo que a mí me correspondía se lo dono a los niños huérfanos. Eso no era figurettismo.

–¿Por qué cree usted que no lo han invitado a las celebraciones por los 20 años de la captura? ¿Por qué algunos importantes miembros del GEIN se han enfrentado con usted públicamente?
–Hay un tema de resentimiento y envidia. Porque la gente y el pueblo comenzaban a saludarme, a demostrarme su aprecio de mil maneras. La gente me mencionaba y me tenía en cuenta y eso generó incomodidades tanto con mi propia gente como en La Fábrica (el SIN). Yo no me he aprovechado para nada de la captura de Abimael. No busqué salir en el video a propósito. ¿Para qué?

–En 2006, se difundieron unos audios de sus conversaciones con Guzmán en el GEIN, grabadas con micrófonos ocultos que donó la CIA, y allí usted se muestra extrañamente concesivo con él.
–Gran parte es cierto. Fue para ‘ablandarlo’, como se dice en inteligencia. Mire usted que igual crítica me hicieron con Montesinos. En primer lugar, él ha sido mi compañero de promoción. Yo a Montesinos lo trataba de ‘Vladi’. Era mejor tenerlo cerca que de enemigo. Para mí, los corruptos son mucho más peligrosos que los terroristas.

–Para usted, ¿el Benedicto Jiménez de hoy es distinto al de hace 20 años?
–No lo sé. Yo diría que él se la buscó. Pero eso no quiere decir que no me cause un poco de tristeza, porque ha trabajado bajo mis órdenes. A veces el afán bolivariano de brillar, de traspasar los límites normales, de trascender, lo lleva a uno a veces a elegir caminos no muy adecuados como en los que él ha incurrido. Es muy triste.

–Se habla mucho del Movadef. Algunos piensan que es parte de un “resurgimiento” de Sendero. ¿Qué opina usted?
–No lo descarto por su comportamiento, por los momentos en que aparece. En Lima hay muchos edificios, mucha modernidad. Pero habría que ver cómo están en los cerros, en los alrededores de Lima. De repente todavía quedan en el interior del país algunos elementos que puedan seguir alimentando el discurso de esta gente demagoga que se aprovecha del dolor humano para manipular. En eso son expertos. Esta es una guerra prolongada. (Américo Zambrano).

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