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23/Ago/2012
 
 
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Jaime Bedoya Delboy (1930 – 2012)

La Brújula Invisible

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Hay padres que mueren y dejan dinero. Hay padres que mueren y dejan deudas. La mayoría de ellos dejan de ambos, justo equilibrio de una vida respetablemente gozada. Hay de los que dejan espacios en blanco, distancias irreparables u oportunidades perdidas que perversamente suelen repetirse de generación en generación, incrementando la legión de gente dañada.

Mi padre ha muerto y lo más valioso que deja es un código de comportamiento no escrito. Una manera de conducirse por la vida guiado por una brújula invisible que, ahora reparo, nos fue construyendo a lo largo de su vida.

Como es invisible no se rompe. Se lleva puesta y llega el momento en que funciona sola. O mejor aún, se va instalando además en los hijos, los amigos, los amores e inclusive en uno o dos enemigos que nunca debieron serlo.

El dolor por la pérdida, que es duro, entonces se hace extrañamente dulce. Esto no fue una cuestión de suerte. Fue fruto del trabajo de un hombre que crió a sus hijos, tarea muy distinta a la trabajosa recolección de cobre que supone mantener a estos adorables ingratos.

Sin alcanzar a descifrar del todo su inexistente manual de funcionamiento, me toca ahora atreverme a señalar algunas de las bondades varias de este cuadrante. Una modesta manera de honrar y agradecer lo impagable.

COMER EMPIEZA POR SABER PARTIR UN PAN.- El sentido del gusto se extiende hasta el corazón. Jalar una silla más a la mesa, compartir un tenedor sin que alguien lo pida, son señales universales de que el futuro del planeta no tiene por qué ser patrimonio de las cucarachas.

TODO HOMBRE TIENE DERECHO A UN TRAGO.- Una enfermedad no define a una persona. La define su carácter. Ese temple intimida a la muerte y espanta la incertidumbre. Mi padre, con un cáncer a cuestas, tomaba su contraindicado pisco sour a escondidas bajo el irrefutable lema de me lo merezco.

NI CON EL PÉTALO DE UNA ROSA.- Coqueto sin ser incómodo, galante de antigua elegancia, conquistó a todas mis novias, cautivó a las más severas enfermeras, y sobrevivió con alegría 54 años de matrimonio. Sin una sonrisa, imposible.

LA SANGRE PESA MÁS QUE EL AGUA.- En el peor naufragio, la familia es lo que siempre flota. Por eso cada nieto era una joya: la posibilidad futura de navegación segura hasta en la peor tormenta.

TU PALABRA ES TU FIRMA.- Si lo dices, lo haces. Y si lo haces, te callas. No hay alarde digno en cumplir la palabra.

LA ILUSIÓN ES COMESTIBLE.- Recién casado y sin presupuesto, le daba papelitos a mi madre que decían “vale por una cocina”, “vale por una licuadora de tres velocidades”. Ya enfermo, fantaseaba con ir a Madrid de tapas y de paseos sin rumbo por el Retiro. Lo imposible. Un día me recibió con prosciutto Braedt, una copa de vino, y una taza de emoliente para él. ¿Y esto?, pregunté. ¡España¡, respondió apretando play para que sonara el flamenco.

PEDRO VARGAS TENÍA RAZÓN.- De niños recuerdo que nos repetía más de una vez que el venerable cantante mexicano del que un niño no podía tener la más mínima idea, acababa cada presentación siempre igual: “muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido”. Esa era la clave, no el cantante. Nunca olvidaba un favor recibido. Mientras que jamás mencionaba los que él hacía.

Lo último que le escuché decir fue un día que hablábamos sobre las olimpiadas. Interrumpiéndome, cogió mi mano y dijo gracias. Me desconcertó. "Hasta que entendí a qué se refería".

Las gracias eran para sus míticas aventuras juveniles en la selva, para su querido perro Lobo, al genio y figura de Clementina Delboy, a la dulzura de Don Augusto Bedoya, al viento en cara durante sus paseos en el esbelto Buick Skylark, a su mezcla perfecta del pisco sour, a sus infaltables lapiceros y libretas, a las risas con amigos como José Dibós, Augusto Elmore y Eugenio La Rosa, a la poesía de Machado y de Alberti, a la voz de Pavarotti ganándole al examen de Roe, a la locuaz sapiencia médica de Felipe Rodrígez Larraín, al malhumor protector del doctor Carlos Mendoza, a la lealtad cusqueña de Aurora, a la solidez cañetana de Esluvia, a los nietos que se le subían encima buscando chocolates mágicos, a los cinco hijos que a ver qué hacían, y a su Rosita de toda la vida. Lo que agradecía era lo bailado.

Cuandó notó que me había dado cuenta de eso guiñó un ojo, una de su maneras de sonreir en secreto. (Por Jaime Bedoya)

 


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